Celebración

Dueños de la realidad,
Entren, muevan, vengan
a la nochecita de una fiesta.
Es el primer día
de un largo adiós.

Tiempo atrás perdí el acento,
persiguiendo las luces.
Pero no me olvidé
de mi casa con un pino
y aún
en el sur hay un lugar.

Celebración.  
Está mi alfombra,
dando pelotudos por sentado.
Tanta gente
Tanta gente
Tanta gente
Postergada.
Con el pecho hundido.
Con su ración de libertad pendiente.
Con su miedo de tanto cargar gárgolas con el hombro.
Con sus preguntas abandonadas al aire que nada saben fecundar.
Con la mirada desorientada tras las confusas huellas del cuerpo social.

Dueños de la realidad, ahora váyanse,
la fiesta terminó.  Adiós, adiós.

Y brotan otra vez
las flores de mi alfombra
minutos antes sembrada de boludos.
Este es el mambo bien.

Hijo nonato, un consejo:
Hay que leer mucha mierda,
leamos juntos
mucha mierda
principalmente para nunca,
pero nunca, leerlos a ellos.

Trenes

Sentada los vi llegar.
Azules
Después partir.
Y blancos.

A veces supe llegar.
Sentarme y que ya estén ahí.
Suspendidos.
Para después partir.
Inmensos.

Porque fui
la que supo una vez llegar.

Y estaban ahí.
Azules.
Listos para salir.
Blancos.  

Supe también girar
antes de verlos partir.
Renunciando.

Supe subir, y después bajar.
Eufórica.
Aprendí a subir.
Y después a bajar.
Deshonrada.

A cuál subir.
De cuál bajar.
A cuál mirar sentada.
A cuál dejar pasar.
Supe, mi vida,
sin saber jamás
cuál era el último.

Cíclope.




"ellos mueren /no quieren morir
morirán igual/ lo digo yo
quién soy yo"
Luis Luchi.

Escucho subir a  un cíclope al 95 Ramal 1.  Con toda su familia. Barderos, se gritan, se empujan, se sientan y levantan y sientan. La hija del cíclope tendrá unos dos años, se va para atrás, cerca de donde conseguí ventanilla yo, y juega a sentarse y dejarse resbalar de a poco en el asiento, una y otra vez se deja caer;  cuando apenas sus zapatillas tocan el suelo saltito vuelve a posición inicial. BIP. Es metódica, se hace el robotito. Mientras tanto los otros se ríen a carcajadas, toscos, chistes malos, pero la hija del cíclope parece no escuchar nada agarrada del asiento se resbala BIP vuelve a enderezarse. Me entretengo mirándola, los mocos colgando, su conjunto de jogging y remera de Violetta los dos igual de sucios de comida de cíclope y tierra y mugre indefinida de ciudad. Se bardean, son varios. Yo sólo escucho la voz del cíclope, y sólo veo al cíclope: sus zapatillas relucientes y sus carnes que se asoman desde un jogging con el tiro muy bajo, su cabeza mitad rapada. Si no fuera por las tetas y los aros de fantasía pensaría que el cíclope es un patovica del Mbreté. Pero no. Esa mole sin muelas con brazos de mortadela no tiene nada entre las piernas. Y yo la odio. La odio desde que se subió. Mi espada se pone azul cuando aparece un cíclope.Cada tanto aparece la hermana de la mocosa a molestarla. Yo sigo entretenida en la sincronicidad que tiene para dar saltitos y con su altura de maceta volver al asiento.

El hijo de puta del 95 da un coletazo y la nena pierde el equilibrio. Sin que yo pueda protegernos con mi escudo anti-cíclopes, el monstruo carnoso agarra a la mocosa del brazo y le da dos golpes con la mano de pegar. Llora y grita un poco, trata de agarrarse de la supuesta mano de acariciar pero el cíclope la tiene ocupada en el asiento. Empujón “Salí de acá”. La nena vuelve a su posición inicial de resbale sincronizado, pero se aburre y empieza a caminar por el colectivo. “Pegále” le dice el cíclope a la de ocho, señalando con la mano de acariciar a la mocosa que pasea. La hermana obedece, no vaya a ser cosa que el cíclope cambie de mano; el que no da, cobra. Y soplamoco a mi amiga robot.

Acá hay llantos, algunos gritos, pero nunca silencio: entre unos y otros chistes malos seguidos de risas atronadoras. Estos hijos de puta son como un escape de gas gigante que inunda el colectivo, te miran de tanto en tanto, no vayas a decir algo, no vayas a callarlos, no vayas a decir “nolepegues”, acá en el 95 ramal uno la gente nunca estuvo tan piola un domingo. La de ocho ahora le agarra el pelo a la mamá, ni suave ni fuerte, tal vez el único modo de agarrar al cíclope. El colectivo, inoportuno, frena después de pasar la cárcel de Caseros, y la de 8 no llega a soltar el mechón. Y tira. La mano de pegar se levanta, tengo miedo, empuja fuerte “Te voy a romper la boca, la concha de tu hermana” la de ocho terror. Yo terror. Yo piola.
El cíclope me mira, yo ya tengo los ojos llenos de bronca.

Porque ahí estoy che, que llegando a la plaza del Muñiz, ya me levanté cinco veces con mi 45 cromada y le metí bala al cíclope. Las cinco veces dije frases distintas “bajáte la concha de tu madre que te lleno de plomo” y mientras se baja le doy por la espalda, “a ver si sos tan pilla ahora la puta que te parió”, y la lleno de sesos a la estudiante que va asustadísima en el asiento de la ventanilla. En todas me arrepentí de reventar al cíclope en el bondi, en todas terminé pegándole un tiro en el pie, en la mano, más de Rorschach onda “te voy a estar vigilando, gorda y concha de tu madre”.

Y de cada tiro que yo le metí en el viaje me despertó con ese golpe de cíclope que mueve todo el 95. Ramal 1. Que da tumbos. La gorda golpes. Con el pie POM POM POM. Tiembla todo. Yo igual me levanto, le meto plomo, pero un golpe seco de zapatilla y vuelvo atrás, y del asiento  a levantarme y meterle plomo, a despabilarme con otro POM. No aguanto más. Cinco veces. Yo no llego a cruzar el puente.  Y ya llegando a la confi que abre 24 horas me doy vuelta y ya estoy llorando. “Yo me quiero bajar”. Nahuel me mira desde ese asiento, más alto que el mío y antes de que yo termine la frase él sí. Él “sí yo también”. Es que no llego ni a Constitución.


Tomemos el 134,ya va a venir. El 134 que pasa por Salta y la gente está contenta porque va al baile. No me importa esperar. A mí tampoco. Te quiero mucho. Yo la cagaba a tiros, lo llené de bala al cíclope, Nahuel, la dejé sin mamá a la nena. Yo me imaginaba su casa. ¿de verdad? ¿su casa? No te entiendo. Yo solamente le reventaba la mano con una 45 cromada. Yo también te quiero mucho. ¿Qué arma usa la policía? Ya veo que usé la misma, y yo soy Anto, yo nunca seré policía de provincia ni de Capital. Pero pienso que era robada. Si era de la policía, si los policías usan 45, era robada, ya fue, no me voy a comer la cabeza. Yo no soy policía. Yo no soy tumbera tampoco. Yo nada más quiero reventarle las manos a los cíclopes, para que no puedan usar la mano de pegar nunca más.      

Nunca seré policía/ de provincia ni de Capital*.

*Texto leído en el Medias y Sombreros #10: "La resurrección", en El Emergente Bar el 5 de julio de 2013, subido al blog a pedido de Vila, pero que en principio no tenía como propósito más que el de ser un comentario sincero sobre el estado de mi escritura en el marco del Medias, que no es más que un acontecimiento del compartir entre amigos algo así como un "en qué andamos" escribiendo. Por esto mismo, decidí mantener intactos los fragmentos que refieren a mi(este) comentario desvergonzado en nuestra reunión de cómplices). 



A mis amigos, esos notables adolescentes crecidos.  


Personalmente creo que la peor muerte es la de los Ferreyras.
Una muerte anónima, por más nombre que hoy se haya hecho Mariano en su militancia.
Es definitivamente la peor la muerte absurda de no haber sido elegido siquiera por tu asesino, un fofo, culeado por la burocracia sindical, al que le dicen “tirá, vos tirá”.
Un gordo con chumbo legal al que lo cuida tu policía, tu policía que le dice “ahora tirá ahora” y sale de entre los ratis a reventarte la cabeza.
Qué muerte de mierda. Una muerte al pedo.
Imagino eso de tirarle así como el gordo, envalentonado como venís, a un grupo de gente desbaratada.

Tirar sin elegir a Mariano.
Yo al menos, si voy a morir tan para el orto, querría que me elijan. Aunque sea por mi remera, pero que me elijan.
Tengo que ser honesta, a veces pienso en que alguien debería agarrar un chumbo y llenar de plomo a los Pedrazas. Al fin y al cabo lo que más irrita de la violencia es quien la ejerce.
No estoy a favor de la pena de muerte, estar a favor de la pena de muerte es seguir estando a favor del monopolio estatal de la violencia. Pero ponerle un tiro a Pedraza, y hacerse cargo de cargarse un tipo, eso es otra cosa. Otra cosa muy mal vista, por supuesto, pero otra cosa al fin.
De igual modo, en ese caso a Pedraza le estaríamos dando el privilegio de elegirlo. Ni siquiera así podríamos acercarnos a la muerte de mierda que tuvo Mariano.
 Cargarse a un pibe sin nombre ni apellido.

Es como la muerte de los Bulacios.  Y yo digo “los Bulacios” porque siempre hay uno que es el primero, uno que tiene nombre y apellido.
Después no tienen nombre, lo pierden, en las zanjas en las que quedan desparramados. Nadie se acuerda ya en la calle de cómo se llamaba el pibe al que le reventaron la cabeza cuando iba a ver a Viejas Locas. Es que yo tengo algo con los nombres.
El pibe que mataron a palos cerca de Vélez se llamaba Rubén, y tenía 17 años, hay pocas fotos de Rubén en internet. Y poco se lo nombra.  

Y los ratis de la misma comisaría, la 44, mataron al hincha de San Lorenzo, Aramayo.
Lo que pasa es que los muertos del fútbol ya son 256, andá a acordarte de 256 muertos.
Y yo me paso horas a la noche después de comer, o a la mañana temprano colgada en la computadora diciendo “mirá este chabón que mataron acá…” y me leo todo, cliqueo, voy de acá para allá, y me agarro la cabeza y me invade una especie de responsabilidad de saber el nombre de cada uno.
Por supuesto, debo tener algo con los nombres. 

Lo que pasa es que ahora, hace muy poco, se cagaron a tiros en el puerto,
más sindicalistas con chumbos, cinco heridos de bala,
no sé si se murieron, no sé los nombres, no entiendo bien qué pasó,
y la barra de independiente, y más armas, y más fútbol, y menos nombres.
Y el culo se nos debería cerrar un poco a todos porque Mariano Ferreyra sigue bien reventado y la burocracia sindical bien armada en el puerto, en la calle, en su casa, y los buitres que odian a los sindicalistas bien agazapados y esperándonos.
Y yo fumando, cliqueando, leyendo y buscando los nombres. Porque tengo algo, algo fuerte, con los nombres.

Hace no mucho, mi último día de vacaciones en Brasil, balearon a un pibe al lado de la casa donde yo estaba parando.  Separada por un paredón de no más de dos metros,
lo mataron contra la misma pared atrás de la cual yo estaba sentada,
tomando mate, seis de la mañana, acariciando a un gato blanco canceroso y feo,
leyendo El mapa y el territorio. Yo escuché como se cagaban a palos en el patio,
un poco me sonreí al principio, con las puteadas en portugués que entendía a medias.
Hasta que se cagaron a palos fuerte. Después una moto y tres tiros.
Una chica gritaba “lo mató lo mató lo mató lo mató” mientras yo corría en ropa interior a pedir que alguien llame, paradójicamente, a la policía.
A la policía. Uno piensa muchas pelotudeces en esas situaciones y yo quería desesperadamente llamar a la policía.
El nombre del pibe era Zimar.
Averigüé todo lo que pude sobre él esa tarde con una amiga de Tibao que había conocido en la playa.
Zimar tenía 25 años y dos hijos, la chica que vi  gritando desde una ventana era su novia. A Zimar lo mataron por error, el que se salvó y que estaba marcado era su vecino.
Conocidos de florcinha me preguntaban si yo había visto al que lo mató: “que no” decía yo, una y otra vez, en un pueblo de cuatro mil habitantes.
Cuatro mil habitantes y al patio de Zimar la policía llegó cuatro horas tarde.

Capaz ahí me agarró algo con los nombres, sentía que la muerte tendría que ser algo íntimo, que si yo había estado ahí escuchando como Zimar se le moría a su novia en el patio al menos tenía que saber el nombre.

Hace bastante tiempo que no puedo escribir poemas ni ficciones, o al menos no puedo escribir nada que no termine pareciéndome estúpido, y se debe un poco a estas impresiones, de que algo demasiado grande para mí está pasando ahí afuera,
al otro lado del paredón,
y yo leo El mapa y el territorio. Quiero escribir y miro las hojas en blanco
y no me puedo concentrar en nada más que en estar atenta. Escuchando.   

Iba a leerles una monografía de ciencia ficción, Agamben, marcianos, Vonnegut y beatniks, después pensé en leerles unas partes de una novela que escribí hace mucho ya. Pero la verdad es que tenía más ganas de hablar de los Ferreyras, y los Bulacios y Zimar. O de esto, que errado o no, les guste o no, es lo que ellos representan para mí.
Enrique Symns escribió, sobre la muerte de Walter Bulacio: “Todo asesinato es político. Y todo el pueblo debe exigir justicia cuando el estado asesina a un adolescente, a quien debería haber protegido. Los miserables dicen: “Están usando la muerte de Walter”. Sí, yo estoy usando la muerte de Walter. Para que no haya otra. Para que el próximo no sea yo, ni tampoco uno de mis amigos, ni los amigos de mis amigos, ni nadie que ande por ahí intentando vivir”.

Yo sé que siempre ando enojada con los poemas de mierda que tenemos,
y las bandas veganas del orto de Cabo Polonio que no van a ningún lado,
las fotos artísticas de boludas anoréxicas y forros con jopo,
y esculturas e instalaciones pelotudas que no me dicen absolutamente nada.

Pero no tengo razón en dejarme estar en este lugar: dejar de escribir es un acto de cobardía, una parálisis pelotuda, o una discapacidad,
porque hay que escribir igual, pelotudeces, hacer instalaciones alegres que nadie entiende, sacarle fotos a las boludas anoréxicas y a los forros con jopo que se dejen,
no importa qué, pero hay que hacerlo igual, copiar a Drexler, comprar un sintetizador, usar remeras de Barreda organizar medias y sombreros, compartir un poco,
materializar esas “complicidades inéditas” de las que hablan los Tiqqunes.

Tal vez solamente haya que aceptarlo, y escribir por sobre todas las cosas, en este caso por sobre todas las muertes de mierda, sea un don.

Tal vez escribir sobre los pibes que mata la policía mientras a los pibes en este momento los esté matando la policía, tenga más sentido que no hacerlo.

Y como hoy carezco de este don (don sin contrapartida, como el de Blanchot), don de la poesía, porque yo nada más vine a charlar, voy a leerles un poema que hace varios medias y sombreros leyó Luciana, un poema al que siempre vuelvo en tiempos como este. Es de Luis Luchi, que conocía muy bien las zanjas de la república independiente de Parque Chas, al que no conocí pero con el que tengo una amistad muy profunda, que sabrán algunos comprender muy bien.


Ellos son malos
                                                                 egoístas
                                                             perversos                                  
                                                         antisemitas
                                                     antinegros
                                                 superficiales                          
                                             ignorantes
                                         ahorrativos
                                      insidiosos
                                  cuenteros
                              solitarios
                         repulsivos
                      calculadores
                   fusiladores
              propietarios
           sarcásticos
      mentirosos
   sensuales
respetan los símbolos
pegan a los hijos
pegan a los hambrientos
pegan a los inseguros
pegan
         a los versificadores
         a los prosistas
acumuladores
escribanos
turistas
son y lo cuidan
son y no mueren
son y son viejos.
Saben calcular
saben lo que les espera
saben leer
saben pagar
saben.
Mienten a las esposas
mienten al fisco
mienten a los hijos
mienten a las amantes
mienten al médico
mienten.
Temen a la muerte
en el hospital
en la cama
en el satélite
en las películas
temen la poliomielitis
temen al ajedrez
temen que ocurra lo que no esperan
temen.
Ellos son
                                                         ministros
                                                      jefes de policía                                  
                                                  masculinos femeninos
                                              ebrios a las seis
                                           solitarios
                                        malos
                                    egoístas
                                 ambiciosos
                               ignorantes
odian a los inquietos
a los inseguros
a los que dudan
a los que pegan fuerte
a los que no pagan
a los que no siguen
a los que no quieren
a los que leen
a los que dudan
no son dóciles
                                       la horca
no son canallas, fusilarlos
no son carneros, expulsarlos
no son propietarios, expulsarlos
no son incondicionales, expulsarlos
no son solitarios, aislarlos.
Ellos sobornan
                                                   televisión
                                               revistas
                                           diarios
                                        cigarrillos
                                     cocaína
                                preservativos
                            comidas
                         sueños de viajes.
Ellos sobornan
mantienen      bebidas
                 mujeres
               vinos
                      y canto
pagan
                      Viena
                   pagan
técnicas sexuales de amor incondicional
                   pagan
las experiencias.
Compañeros: ellos mueren
                    no quieren morir
                    morirán igual
                    lo digo yo
                    quién soy yo
                    en esta época de la
                    decadencia absoluta
                    del capitalismo
                    financiero imperialista
                    lo digo yo
                    que tengo un poema
                    completo preparado
                    sobre lo que somos nosotros
                    en esta época
                    del capitalismo
                                                 agonizante
                                                 decrépito
                                                 agonizante
lo digo yo y  basta
soy responsable únicamente
ante mí
                         ante mi mujer que quiero
                         ante mis hijos
                         por quienes tiemblo
ante mis amigos
unos notables adolescentes crecidos
que son rebeldes
porque el mundo no les gusta
en cuanto les guste
firmarán mi orden de ostracismo
soy responsable ante el
                                    almacenero
a la vez bolichero
descendiente directo de los antiguos bolicheros que expendían
el alcohol cuando Juan Moreira, Martín Fierro, José
Hernández, Federico Wernicke, podían caer en cualquier
momento de sorpresa
ante el estado federal comunal provincial
ante el crepúsculo
que no sé bien por qué me persigue.
Responsabilidad
ante las mujeres que amé
y nunca se enteraron
las que se enteraron
y me rechazaron
las que vivieron conmigo
las que me acunaron
las que me delataron
las que me quisieron.
Pero sepan yo no como más
                                              no bebo más
                                           no lloro más
                                        no espero más
                                     no grito más
                                  no lamento más
                               no quejo más
                            no más
                            bebo más
                            bebo más
                            bebo más.


Aunque Fidel Nadal hace poco filmó un video hablando de lo recuperado que está y en ese video se lo veía caminando hacia donde en los 80 funcionó el parakultural. Igualmente me gustaría recuperar, entre otras cosas sueltas que quería leerles, ya que yo no puedo escribir, un fragmento de un tema que todos conocemos de todos tus muertos, además de otros pedacitos de cosas, Clarice Lispector, Sumo, Sartre. Así bien pasticho, y en el medio, la letra de un tema de mi viejo, que yo creo que era un tipo muy sincero.

Hay gente que te escucha, gente que no
gente que te banca, gente que no
gente que te invita a su casa a dormir
gente que te deja en la calle morir.

Que carajo estás haciendo de tu vida
qué carajo vas a hacer con vos

Querés ser policía!
querés ser policía!
querés ser policía!
querés ser policía!

Yo no, gente que no.

Clarice Lispector:
El vía crucis no es un desvío, es el paso único,
no se llega sino a través de él y con él.
La insistencia es nuestro esfuerzo,
la renuncia es el premio.
A éste sólo se llega
cuando se ha experimentado
el poder de construir,
 y, pese al sabor del poder,
se prefiere la renuncia.
Renunciar tiene que ser una elección.
Desistir es la elección
más sagrada de una vida.
Desistir es el verdadero
instante humano.
Y sólo ésta es la gloria propia de mi condición.
La renuncia es una revelación.

Sumo:
Mañana de sol,
bajo por el ascensor,
calle con árboles,
chica pasa con temor.
No tengas miedo, no,
me pelé por mi trabajo,
los lentes son para el sol
y para la gente que me da asco.
No vayas a la escuela
porque San Martín te espera,
estás todo el día sola y mirás a mi campera. 
Y entregándome con la confianza de pertenecer a lo desconocido. Pues sólo puedo rezar a lo que no conozco. Y sólo puedo amar la evidencia desconocida de las cosas, y sólo puedo unirme a lo que desconozco. Sólo ésta es una entrega real

Año 87, mi papá:
"Si salgo de casa aturdido/ pensando que no tengo nada que hacer
estoy realmente confundido/ pero ciego de placer.
Entrego mi plato a un mendigo/ que se está muriendo en la vía del tren
estoy realmente confundido/no tengo nada que hacer.

Si veo una pandilla/ partir un caneo en el bulevar
estoy realmente confundido/ hoy deseo verlos pelear.
Si salgo del trabajo derecho a casa/ derecho para el hogar
estoy realmente confundido/ no tengo nada que hacer.

Jean Paul Sartre:

“No nos haremos eternos corriendo tras la inmortalidad; no seremos absolutos por haber reflejado en nuestras obras algunas principios descarnados, lo suficientemente vacíos por pasar de un siglo a otro, sino por haber combatido apasionadamente en nuestra época, por haberla amado con pasión y haber aceptado morir totalmente con ella”.


Medias y Sombreros #10 "La resurrección"
5 de julio de 2013, El Emergente Bar, Gallo 333.  




En el principio fue el verbo


En el principio fue el verbo. 

Y el verbo era Amor,
y su muerte la cancha
donde esperábamos 
a los pingos.

En el principio era la molotov,
                        contra tu puerta  
y la bomba estaba con Dios
                       contra tu puerta
y la bomba era Dios
 (golpeando) contra tu puerta

En el principio era el Verbo,
y el Verbo estaba con Dios
y el Verbo era Dios.

Los pingos. No se ven.
Cuando murió
fue el principio.
Y estaba el verbo.
Y estaba Dios,
                   parado solo
                   a media cancha. 

Salvo por una tarde de sol.


Once días de lluvia salvo por una tarde de sol. Las cosas son, las palabras parecen. Siempre intentando ser uno en el poema, los verbos y las cosas. 

Once días de lluvia salvo por una tarde de sol: parecen haberse sucedido en un orden determinado, parecen haber sido contados uno a uno esos días de lluvia. Pero no, eso es sólo un efecto de mi enunciado. No estuve contando las mañanas.  Sólo los conté hoy a los días de lluvia, recién, después de hacer café y antes de prender el cigarrillo. Es más, tomé un calendario y verifiqué que sean once, y no diez, ni nueve. Y que haya llovido en todos, al menos una vez.

Once días de lluvia salvo por una tarde de sol. ¿Habrá prestado atención la ciudad a la cantidad de días de sol? ¿O a la cantidad de días de lluvia? Tal vez en este momento en Barracas alguien escribe: Once días feos interrumpidos por un granizo. ¿Pensará que el granizo es un descanso absoluto del gris? ¿Vendrá alguien a retarme a duelo por tener el tiempo libre de contar cuántos días de lluvia y cuantos de sol? No lo creo. La gente que tiene tiempo libre para atormentar a quienes tienen tiempo libre está muy mal vista y yo soy de las que, entre las espada y la pared, prefiere caer bien y escribir mal. O no, tal vez no.

Once días de lluvia y ninguna flor ¿eso dije? Y sí, no sé por qué no habría de decirlo, al fin y al cabo ese granizo disparó contra las últimas rosas chinas de mi balcón, y ya no le queda ninguna flor. No sé si es éste el lugar ni el momento, pero me gustaría recordar antes de dejar a mis flores ir por completo, antes de abandonar el reflejo de salir a sentir el aire y verlas a medio abrir. Porque mis rosas se olvidaron de florecer. Esperen. ¿La rosa es rosa cuando florece? ¿o siempre? ¿o es rosa en el parecer y la cosa nada tiene que ver con su color? Tal vez ser flor sea tan sólo un movimiento, como florecer o estirarse al sol, o quizá también como marchitarse. Tal vez ser rosa sea tan sólo morir en el intento. Once días de lluvia y ninguna flor, murieron antes de florecer, las cuatro. Cerradas. Y ahora podridas flotando por el balcón. Yo las miro con un poco de culpa, como a los perros atropellados en la autopista.

Once días de lluvia salvo por una tarde de sol. Me pregunto por el futuro, sentada sobre la sombra espesa que tiñe este invierno que se apuró tanto. Pura añoranza de esos inviernos que solamente parecían, que soplaban vapor en las paradas de colectivo pero como un conjuro secreto eran movimiento hacia el calor. Este invierno es también sólo un movimiento. Pienso en el futuro, que es puro parecer. Por qué el invierno se apuró tanto no lo sé, lo importante es que podamos todos morir en el intento. Vamos, amigos, nadie quiere quedarse en el invierno cuando el invierno ya se está yendo.

Once días de lluvia salvo por una tarde de sol. Yo esperaba reírme más de mí. Decir “yo sabía, yo sabía” y no esta sensación de tener en la punta de la lengua a la cosa, sin poderla aparecer. Once días de lluvia eran perfectos para burlarme en falso autoflagelo, para decir “era evidente” con los anteojos puestos y encender la oscuridad con un botón cuando se me antojara, y prender el sol si así lo quería, salteándome la amargura como quien salta un charco.

Once días seguidos de lluvia menos uno. Puedo reírme de mi estupidez, de lo inútil que es saltar el charco amargo cuando hace once días que llueve. Todo mojado. Es que ya no me causa gracia, y me distraje por primera vez pensando en el futuro, como quien se cae en la vereda y le da al charco un trago amargo.

Once días de lluvia salvo por una. Por una lluvia que no fue. Pensemos en la primavera, que se está moviendo impaciente bajo la membrana de las terrazas. Hagámoslo, para no quedarnos en este invierno espeso que se empeña en dejar marca. Pienso en el futuro, sin saber para qué, si al fin y al cabo al futuro de esta misma tarde llegaré más vieja. Más cansada. Más fea tal vez. Más llena de la lluvia de esa tarde que no, pero que para mí sí. Esa tarde que no yo seguí lloviendo más allá del sol, atrás del sol, del lado del futuro. Porque por el pasado no me lamento cuando llueve, somos de un nuevo siglo en el que el pasado es un vicio de mal gusto. Ahora lloramos por lo que hay atrás del sol, sabiendo que vamos a llegar más viejos y cansados a ese lugar donde probablemente me encuentre con mis rosas que se pudrieron sin abrirse, desheroizadas, privadas de la mirada profunda que se nos regala antes de la muerte.  

Once días de lluvia salvo por una tarde de sol. 
Escribo por miedo al silencio, un invierno espeso pretende dejarme muda. 
Le doy batalla y grito, porque aunque lleno de sordos, este invierno también me pertenece.  









Lista.


Consumé el acto primero
Luego el ínfimo, como dice Ella.
Después el mínimo.
Probé la renuncia del acto íntimo.
Amé su evidencia
desconocida de las cosas.
Me fijé en el vuelo último
de los cuervos.
Curé mis hélices heridas.
Probé su tensión máxima. 
Fue brutal la eternidad
(aún insistí).
Me hice intocable en las letras.
Pálida desplegué
mis hélices golpeadas. 
Como el vuelo último de los cuervos,
me cedí al acto primero.
Y al último.
Probé su brutalidad máxima.
Amé la exclusividad anónima de las cosas.
Renuncié y me comí.
Temí a la soledad de la consagración total
y me derroché.


Puse la mesa,
y probé mi carencia recién servida.

Fingí el milagro


Fingí sentir el milagro,
mientras estaba ocurriendo.
Fingí lo amargo
del fotográfico encuentro.


Y yo acaricié a un perro:
te dije que por favor,
que por favor nos fuéramos lejos.
Que la cuidad perdía su esqueleto,
y a mí todo se me iba yendo. 

no quisiste

Se estremecían nubarrones
más rápidos que el tiempo.
Se burlaban de vos, de mí,
de tus manos tanteando lento.
Como las hojas, nos cedí.
Nos regalé al viento.

Fingí sentir el milagro
mientras el milagro estaba ocurriendo.
Tus manos delataban
lo que buscaba tu cuerpo.

¿Y qué si te aspira el viento,
o si me aspiro lo que tengo?

Si te dejo darme el milagro,
o si me dejas fingir que lo siento. 

Para querer quedarse.


La palabra es el único pájaro
que puede ser igual a su ausencia
R. Juarroz



Algunas veces es necesario hacer las valijas para quedarse. Para querer quedarse. Para darse cuenta que hay que quedarse. 

Parece que a veces basta con cocinar para matar el hambre, levantarse de la cama para soñar un poco. Para querer soñar. Para darse cuenta que hay que soñar un poco.

No puede uno emborracharse
sin probar el vino,
pero a veces nos basta su color 
para los ojos estallar.

Es sano sonreír antes
y después de llorar,
y las lágrimas algunas veces necesitan caer con la risa
para que se desprendan las hojas en otoño - haciendo ruido de valijas.

Parece que a veces basta con deshacer las valijas en el otro para quedarse, pero es al revés. 

Se necesita mucho más que amarrar la boca a su mate, más que limpiarse los zapatos en la espalda de su perro, más que llenarle los bowls de medias limpias y dejar el cepillo de dientes en el espacio equivocado del baño.

Para quedarse hay que tener siempre las valijas hechas. 
Para querer quedarse. 
Para darse cuenta que hay que soñar un poco más. 




Llegando el fin del otoño.


Derrota en la derrota (o no).


A Luis Luchi, que lo gritaba mejor 
más fuerte.


Se compran amistades, se compran tiempo. Relojes, ellos se compran.
panes que se ponen duros, patines,
se compran votos, ocasos con la piba, 
vacaciones compartidas,
el Oeste, tiempo separados se compran.
Quieren más. Se compran chalets, dietas, compañía a las cuatro.
el Perdón, se compran, y se lo chupan camino a casa. 


Pero se venden. Ellos se olvidan - nosotros nos acordamos.
Nos acordamos porque a veces nos compran (y algo nos roban)
                     y decimos "nosotros". y tenemos bronca.


Pero ellos también se venden, aunque se olviden, o no lo sepan, 
o no lo entiendan, ellos se venden.
Y se venden peor. Se venden sin necesidad, no saben de necesidad, 
se venden por amor a la transacción.
Por amor al Lincoln de celulosa. A las veredas sin baches y el gel íntimo importado. 


¿Qué digo que se venden por amor? ¿por amor?
¡Si hasta el amor se les fue chorreando sangre!


Por eso yo, señores, me abandonaré de una vez y para siempre. 
No juego más con ellos. Tómenme: no sé ustedes, pero yo me regalo.