06/12/09

Caputxas. O de cómo Osvaldo se hizo Ser.

Como cada día hábil, Osvaldo camina a su casa desde el trabajo. Toma passeig de Gràcia (a esa hora la avenida está libre de turistas) y con las manos en los bolsillos mira hacia el estanco: Jaume, su colega de la universidad, opera como vendedor de “paper” y tabaco hace algunos meses, producto de la incipiente crisis económica y mental que atraviesa el país. A las 12:09 la mirada de Osvaldo busca encontrar a Jaume antes que este último lo haga, ya que si no lo ve detrás del mostrador no entrará a buscarlo (jamás lo ha hecho).

Afortunadamente hoy Jaume está ahí, ordenando cromáticamente los mecheros bajo la vitrina. Osvaldo le sostiene la mirada un segundo desde la vereda, mueve la cabeza hacia abajo sin sacar las manos de los bolsillos, como acostumbra a saludar a través de los vidrios, y prosigue su camino.

Llegando a la esquina enciende su cigarrillo, sincronizado con los dos semáforos que cruzará y las cuatro calles que quedan por recorrer después de eso. Terminará, como lo hace de lunes a viernes, el cigarro en la puerta de su casa; con la misma mano con la que Osvaldo siempre se deshace de los blancos filtros, tomará las llaves del bolsillo derecho del pantalón y abrirá la puerta saludando, ya con la nariz en alto, al portero del edificio.

Osvaldo obedientemente sube uno a uno los escalones que lo separan de la puerta del piso que comparte con su mujer y su perro, Garufa. Escucha desde el primer escalón (que sube con el pie izquierdo sin dudarlo un momento) a Garufa ladrar; la nobleza de los perros siempre le dio a Osvaldo una mezcla de falsa culpa e irritación; nunca logra decidir si la nobleza canina es fruto de la bondad cristiana o la estupidez.

Decide, por hoy, alterar los patrones habituales y sacar al pobre diablo ladrante a pasear antes del almuerzo. Al abrir la puerta un ruido seco que proviene de la habitación lo sobresalta (igualmente Osvaldo nunca está pensando en nada que no pueda ser interrumpido, por lo que el sobresalto es mínimo). Probablemente, al abrir la puerta la corriente de aire empujó alguna otra hacia el estruendo haciéndola estallar en chasquidos individualmente imperceptibles.

Su mujer (que no está en la cocina, ya que Osvaldo ha tomado la correa de Garufa que siempre deja sobre la heladera y no la ha saludado) debe estar en la habitación, secuestrada por la pereza de abrir la puerta culpable del sobresalto hasta finalizar la tarea que no podemos determinar ahora (ya que, como dijimos, la puerta se encuentra cerrada).
Osvaldo saluda, avisa sobre el paseo imprevisto, y recibe de su mujer una respuesta entrecortada, por los autos que transitan Travessera de Gràcia y los ladridos de Garufa que mueve la cola, el culo y la cadera acompasadamente (por momentos también sus patas, al tensarlas, se deslizan a ritmo en el piso prolijamente encerado; hasta cabría pensar que las gotas entre ellas son ansiedad materializada).

Comienza a bajar las escaleras con el pie derecho y toma la correa con la mano izquierda; atrapa al perro ya casi en la puerta del edificio; aprovechándose de su imbecilidad habitual le coloca la correa y abre la puerta de calle parándose unos segundos en el umbral que lo separa del ruido de las motos.

Irritado y sorprendido de sí, palpa su bolsillo izquierdo y descubre que le faltan los cigarrillos. Indignado aunque un poco más tranquilo (sería algo así como una indignación privada) se toca el derecho: tampoco están allí. La ira se apodera de Osvaldo, que repite una y otra vez: “No me lo puedo creer. No me lo puedo creer”.

Tener que atar a Garufa, o pedirle al portero que se encargue de él unos minutos, es un exceso que jamás se permitiría. Se reprocha haber decidido, contra su inercia habitual, dar el paseo antes del almuerzo. Pero nuestro hombre es astuto y no pierde el tiempo enredado en historias contrafácticas. Castigándose por el error, decide entrar con el perro al edificio y subir con él también hasta el piso (sabe que a Garufa le costará soportar el imprevisto y se volverá intolerable. Entonces, el arrebato del paseo adelantado junto a la punición del fastidio que le producirá a Osvaldo el can, equilibrarán las cosas de modo que todo volverá a su neutralidad elemental).

Abre la puerta de casa y suspira repetitivamente, sabe que tendrá que explicarle a su mujer que se ha olvidado los cigarrillos; que no puede pasear al perro sin ellos, que no cree que dejar de fumar sea sano en un caso como el suyo, que no estaba pensando en otra mujer en el momento del olvido, que ha tomado la medicación esta mañana.
Para completar el castigo, Garufa gira en torno a él y da saltitos hacia la cocina. Osvaldo ya fuera de sus cabales se agacha para tomarlo por el pescuezo y sacarle la correa, pero un mal movimiento hace que pise una media azul recostada sobre el mosaico encerado y, con un estruendo al nivel auditivo del portazo de hace un rato, cae con un grito, de espaldas.

Olvida por un momento al perro, y mira la media inocente, dormida como una tripa vacía y azulada sobre el mármol blanco de su hall de entrada. Se odia a sí mismo por segunda vez en el día, ya que se da cuenta que antes de salir también vio a esa media, insolente. Para colmo, algo en ella lo detiene: una etiqueta que versa “hecho en Argentina”. Él, aún siendo nacido y criado en San Telmo-Buenos Aires, no tiene medias argentinas. Su mujer, asturiana sin viajes en su haber, tampoco.

En vez de levantar la cabeza del suelo mira hacia atrás y ve, patas arriba, a su esposa que lo mira desde el marco de la puerta recién abierta. Si no estuviera viendo de revés, y desde abajo, el semblante de ella explicaría toda la media azul sobre el mármol blanco. Pero sólo llega con esfuerzo a hacerse una idea de la mirada femenina que lo escruta y la atribuye a lo sorpresivo de su paseo adelantado con Garufa, la vuelta inesperada a buscar los cigarrillos y su nefasta caída en el hall.

No logra abarcar el rostro de su mujer, pero algo detrás de ella explica finalmente todo. De izquierda a derecha (y esta vez sí favorecido por el ángulo de perspectiva que permitió su caída) ve pasar por la puerta, a dos metros de su esposa, un pene con piernas y camiseta. El semierecto y furtivo péndulo duda en el umbral una micronésima de segundo al, probablemente, percibir que ha sido interceptado por el campo visual de Osvaldo (aún así el miembro viril prosigue su camino, tal vez confiado en un golpe de suerte por el cual el cuerpo en el mármol no se haya percatado de su presencia, tal vez porque ante otra posible realidad lo más importante es esconderse en unos pantalones que no revelen su paradero).

De su laringe, el español argentinizado de Osvaldo grita “Puta. Me has cagado. Me has cagado. Te voy a recagar a trompadas”. Como un completo idiota repite exactamente la frase dos veces más, mientras se incorpora tirando la correa (que pudo, ahora sí, sacarle al perro) por la ventana de ese piso de 1910 que alquilaron con tanto esmero hace algunos años. La mujer se acomoda sutilmente la babeada ropa interior, apoyada contra el marco verde de la puerta, sosteniendo en la mano izquierda un preservativo lleno pero sin nudo aún, tal vez todavía tibio. Lo mira ahora a Osvaldo de frente, se para derecha y bajando la vista acaricia la cabeza de Garufa que percibiendo el ambiente tenso decide irse a la habitación. Parece sonreír, pero es sólo una alucinación, las situaciones en la vida a veces rebalsan, mas no tanto.

Osvaldo gruñe. Esquiva todo contacto visual con su mujer y de tres zancadas cubre la distancia de tres metros que lo separan de ella, la empuja hacia un costado y entra a la habitación. Como en una película, espera encontrar a la impertinente y ancha erección enemiga, exagerada en la cama esperando paciente una segunda (o, quién sabe, la tercera) embestida de la mujer. Más su suerte jamás permitiría escena semejante: lo único que encuentra es la ventana abierta y la cortina que, gracias a la corriente de aire que la acaricia, le indica el camino que tomó el fugitivo falo. Se inclina por la ventana con el ceño aún endurecido y ve, al otro lado de la calle, al pene impertinente y ancho ahora escondido tras un cierre relámpago, subido a una moto ya en marcha. Con dos bocinazos agudos y el acelerador apresado bajo una bota tejana, súbitamente se aleja doblando en la esquina.

Se vuelve hacia la habitación conyugal, testigo de recientes felaciones y la promesa amorosa de un cowboy afeminado. Está desierta. Su adúltera y puta mujer probablemente esté haciéndose un té marroquí, de ese que ella misma compró en Cádiz en unas vacaciones hace poco tiempo, en las cuales (todo se le hace a Osvaldo más evidente) no hubo habitación que atestigüe labios rojos sobre su pene, ahora humillado hasta la base.
Garufa lo mira con ojos engrasados, la tristeza del labrador lo contagia. Osvaldo repentinamente se da cuenta. Renueva las tres zancadas hacia la ventana del hall, y milagrosamente logra rescatar de entre unas plantas, que la adúltera escogió la semana pasada, la soga para pasear al perro. Vuelve a la habitación y una mirada burlona lo detiene. Es allí donde termina de decidirse: Con un movimiento veloz (ya muchas veces antes ensayado) pasa la soga por la parte delantera del pescuezo y lucha contra las patas que con su desesperación lo lastiman. Aprieta decidido la soga, no es mucho el esfuerzo físico que requiere que la trompa sorprendida y asustada empiece a despedir una espuma blancuzca y los ojos se hagan más redondos. La muerte es aburrida y una sola, tanto para los nobles como para los adúlteros.

Garufa, que presenció la escena con la solemnidad que caracteriza a los de su raza, ahora toma la soga ya abandonada en el parquet de la habitación y busca la mirada cómplice de Osvaldo. Éste, toma el cuerpo de la muy hija de puta y pacientemente lo cubre de papel film transparente, depositándolo tres horas después en la bañera del piso que tanto les costó encontrar en las páginas de avisos.
En una hora siete tiene que entrar a trabajar (cree que el horario partido es un invento insalubre) y decide tomar un café en la esquina con su amigo Jaume, que de vez en vez logra escaparse unos minutos del estanco colocando un cartel de “en seguida vuelvo” en la puerta de vidrio que Osvaldo nunca se atreve a franquear camino a casa. Toma las llaves y esta vez procura no olvidar los cigarrillos. Enojado con Garufa, cree que está en su derecho de negarle el paseo que inicialmente pensaba darle, aunque el perro con la soga en la boca comience a ladrar; lo deja entonces, encerrado en el baño con su mujer, tendida y envasada.

-nada relevante acontece en el café con Jaume-

Faltan diez minutos para el comienzo del segundo turno en el restaurante, Osvaldo no caminó al trabajo como todos los días: se encuentra aproximadamente en el medio del segundo vagón del subte de la línea verde, a veinte segundos de que el conductor invisible comience a aminorar la velocidad y anuncie la llegada a la estación Plaça Catalunya y sus respectivas posibles combinaciones. Lo que empieza desde sus dientes como un balbuceo se escucha en su última frase por todo el vagón, y tal vez un poco más allá: “(…)eo eo é. A trabajar Osvaldo. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Eo eo é.”.

A las 21:03, el cuerpo de su mujer imperceptiblemente comienza el lento pero inexorable proceso de descomposición natural. Mientras tanto, Osvaldo se posiciona detrás del cocinero contemplando las manos que con papel film, cubren un roast beef. El restaurante abre sus puertas al público más selecto de toda Barcelona (y sus alrededores).

17/11/09

Get Domestical: Foto policromática

Psts iuuu… la tv.
Mrmrr – mrmmrmr- mrmr: subo la persiana

Desde el Living: “.. que estoy en territorio apache…” (guitarra acústica). Recuerdo:
-Hay quienes se meten para adentro, y estamos los que nos metemos para afuera.
-La vida para afuera, pero no para los otros, para el “más afuera”, para el titiritero (no, no! Dios no eh!) Ante las presiones es más fácil olvidarme de mí que de la mirada de los otros.
Masa y Poder, Elías Canetti. Sobre la mesa de luz, al lado de la cuchara.

MTV, otro reality guionado, mejor Mute. Huele a perfume.
El living, me olvidé de callar la música: “Take you as you are, have you as you are, take you as you were”.
Puré instantáneo, medio tomate, una lata de atún, una banana. Agua tibia, las sábanas enrolladas. 13:08. Braguitas verdes gigaaantes, sábado sin horquillas ni rimmel; la mano sobre Ezeiza, Horacio Verbitzky, sobre Los reventados, sobre La posibilidad de una isla. Sólo la mano.

El teléfono: cortado. Internet: cortado. Entra un poco de sol en la habitación, sólo en esta época del año. Silencio, pero el living: “…sin piedad dejás atrás, un séquito de vana idolatría…”. Calláte. Calláte ya.
Pero no me muevo. Cierro los ojos y recuerdo: todo mojado, en el lavarropas hace horas. La mano sobre Ezeiza es la mano sobre el vientre: giro fetal. La mano sobre el vientre es la mano que desenrosca la sábana. La sábana sobre Verbitzky, sobre Los reventados, Así. Todos adentro: pero la vida para afuera.

Silencio, pero el living: “…su soledad es una vieja enjuta, rodeá de hijos de puta…”. No resisto. Una pierna baja y, ciega, se aferra al parquet. Giro y miro al techo, me levanto. 13:38. Mareo de horas de reality guionado mute: puto sábado de programación continuada.

Como no intencionado: de paso hacia la cocina un click en el i-tunes. Silencio (del verdadero, no soporto apagar los parlantes y saber que la música sigue reproduciéndose en silencio). Exceso de mandarina en la boca, y regando las plantas. Las semillas cítricas que vuelan desde mis labios hacen ruido en el techo del primer piso. Rociador: juego. Beso una hoja de palta, cuelgo la ropa mojada (me la paso por las piernas, está fresca) me saco las braguitas verdes y las meto al lavarropas.

Baño: abro el vapor: fffhshsssssshhh. Trago la buscapina con agua caliente de la ducha. Jabón líquido: muy pequebú. Pero “Carlo se vendió, al barrio de Lanú…” y la guitarra invisible que toco bajo el agua.

10/11/09

Gipsy Punk

Mientras caminamos por el Clú Ciudá, on the way al escenario(s), hay gente extraña que regala mate taraguí o que itinera entre el stand top de Phillip Morris acolchonado (donde podés tomar en tus manos una guitarra eléctrica y sacarte una foto que después suben a una página para que te busques a vos mismo entre mil fotos y desde esa página se la mandes a tus amigos y después phillip morris tenga una gran base de datos para rompernos las pelotas) y otros stands similares (rock&pop, mega, etc).


Los Tipitos hacen lo suyo, Los Auténticos igual. Todo está dispuesto para que este sea un festival como tantos otros, hasta que podamos poner los ojos en aquello que vinimos a contemplar: los bíceps del cantante de Calle 13. Llegado el momento, será evidente que perrear es imposible: la fiebre de estrógenos adolescente mojará mi camiseta y ls cabelleras rubias Sedal por primera vez sudadas me taparán la mitad de los abdominales de nuestro tótem boricua.


A esa altura mis amigas habrán desistido, pero mi ímpetu punk y mi terquedad violenta (siempre impulsada por estupefacientes o recitales) me harán luchar, utilizando todas mis destrezas pogueras en contraposición a la temeraria imposición de las fans con el día de mi cumpleaños en las mejillas, hombro con hombro con las malditas niñas hasta llegar a traspasar con un brazo la valla. Claramente Calle 13 no era para tanto, es tan sólo ganar.


Pero antes, mucho antes, vi el mejor reci del año: Gogol Bordello. Contra los argumentos de mi amigo Ido, quién vapulea la actitud, algo en este cantante ucraniano pirata le ponía espíritu punk a la noche, mientras insistentemente un violín se hacía presente y, como un balde de cerveza en la cabeza, segundos después de esa intro la primer canción se rompía en mil pedazos de colores astillándose el los oídos del público sorprendido.


Una mezcla de Kusturica y The Clash nos hizo saltar sin descanso, al ritmo de una tailandesa y una china que apretaban las piernas mientras hacían estallar un bombo y unos platillos, el toque mágico e inolvidable de un violinista salido de la segunda guerra mundial y un acordeón imparable rociado de aceite. Contra toda la cultura de letra argenta, la mitad de las canciones en lenguas del este mezcladas nos hacían, por fin, olvidar su importancia, para abandonarnos a la pura voz de tinto del cantante y su bigote que se movía con un tic de fonos incomprensibles bien piratas. INOLVIDABLE. Así fue Gogol Bordello. Así se la dejó picando a Los Fabulosos después de un gol que nadie vió venir pero que levantó un Pepsi que pintaba como cualquier otro.


Para los curiosos: www.myspace.com/gogolbordello

http://grupomuu.com.ar/2009/11/09/gogol-at-the-pecsi/

Tip: Hay una buena versión de "mala vida" en un CD que se llama Eastern Infection, pero recomiendo bajar antes que nada Super Taranta!

















05/11/09

El Exámen

Primer parcial de Teoría Literaria III, Noviembre 2009.
Escrito en 28 horas con interrupciones (ninguna para dormir) y mucho mate.
Mucha fiaca arreglarle las citas... lo siento.


De Metáforas Motores y Spleen

O.

Grado Cero: La primera persona: Releo, una y otra vez: “En la Atenas de hoy en día, los transportes colectivos se llaman metaphorai: Para ir al trabajo o regresar a la casa, se toma una “metáfora”, un autobús o un tren”[1]. Algo de un recuerdo involuntario aún latente zumba insistente, y súbitamente, como morder una torta frita húmeda de mate cocido. Entonces: Un libro verde en la biblioteca blanca se lleva toda la atención. Primeras Invenciones. Felisberto Hernández. Página noventa y ocho. “El taxi”:

“He tomado una metáfora de alquiler y me dirijo a “la oficina”. La metáfora es un vehículo burgués, cómodo, confortable, va a muchos lados; pero antes tenemos que decirle al conductor dónde vamos a concretar el sitio: si le digo que quiero ir a lo incognoscible sabe dónde llevarme: el manicomio”[2].

1.

Pulsión: ¿Qué figura podría llegar a concentrar suficientes elementos como para ser considerada una característica de la experiencia de la ciudad moderna?
Disparamos una bengala. Figura elegida: El shock. El shock de la multitud, el shock de la misma configuración urbana. La crisis táctil, la crisis perceptiva.

2.

La circulación. Es la circulación un principio que hasta hoy prima en la planificación urbana de las ciudades modernas, a pesar de la proliferación de esos tan venerados por la burguesía “espacios verdes”: las plazas. “El espacio se ha convertido en un medio para el fin del movimiento puro –ahora clasificamos los espacios urbanos en función de lo fácil que sea atravesarlos o salir de ellos”[3]. Aún las plazas (uno de los pocos lugares generalmente construidos, en teoría, con un fin no comercial) son víctimas del mandato urbano de la constante circulación peatonal: se trazan en sus superficies cuadradas, diagonales que nos permiten cruzarlas “más rápido”; a veces sus planos arquitectónicos se anticipan a este mandato, otras, el caminar apurado de los transeúntes es el que dibuja sobre el espacio verde perfectas transversales marrones uniendo sus vértices. La circulación se impone en la ciudad, hasta, a veces, más allá de su propia materialidad inicial.

Ahora bien, esta circulación es maquínica y rítmica, cual caja musical (de melodías que aturden); posee un tempo particular, debido a la constante atención que el caminante debe poner al peligro que lo acecha y el apuro con el que traza su itinerario. Dentro de la búsqueda incesante de Le Corbusier de una planificación urbana donde pudiera garantizarse la ausencia de este constante sobresalto, expone:

“El problema queda planteado por la imposibilidad de conciliar las velocidades naturales, la del peatón o la del caballo, con las velocidades mecánicas de los automóviles, tranvías, camiones o autobuses. La mezcla de ambas velocidades es fuente de mil conflictos. El peatón circula en perpetua inseguridad, mientras que los vehículos mecánicos, obligados a frenar constantemente, quedan paralizados, lo cual no les impide ser ocasión de un peligro de muerte permanente”[4].

Por otra parte, Walter Benjamin introduce la idea de un entrenamiento para sumergirse en la multitud. Con respecto al tráfico escribe “Moverse en éste condiciona a cada uno con una serie de shocks y de colisiones. En los cruces peligrosos le contraen, iguales a golpes de batería, rápidos nerviosismos (…). La técnica ha sometido al sensorio humano a un entrenamiento de índole muy compleja”[5].

El tempo de la circulación es el que marca los límites de la libertad que brinda la ciudad; la libertad de uno comienza donde termina la del otro. El pasajero de la metáfora percibe: “si vamos más lentamente que los demás, nos rompen los oídos con alaridos artificiales los que vienen detrás; si vamos más ligero podemos chocar (…)”[6].

Este moverse con libertad que propone la ciudad “disminuye la percepción sensorial, el interés por los lugares o la gente. Toda conexión visceral profunda con el entorno amenaza con atar al individuo (…) para moverse con libertad, no se pueden tener muchos sentimientos (…) el individuo móvil contemporáneo ha sufrido una especie de crisis táctil, el movimiento ha contribuido a privar al cuerpo de sensibilidad”[7].

3.

El embotamiento de los sentidos. Una regla de tres. Simple. A mayor libertad, más desafilados los sentidos. ¿Qué hacer, qué hacer? El taxi, la metáfora. El taxi se presenta como un refugio, pero también como un encierro, el mismo que mantiene al hombre del café de Poe ( en “El hombre de la multitud”[8]) detrás del cristal del lugar, sentado, mirando a la multitud pasar[9].

En el taxi se da un movimiento inverso, pero el efecto es similar: “La metáfora pasa por lugares parecidos a los que yo he recorrido a pie y sin atenderlos mucho, pues en esos momentos atendía a tipos determinados. (…) la metáfora tiene la ventaja de la síntesis del tiempo, y de la provocación de recuerdos”; los recuerdos en el relato se configuran como “sombras”. “Las sombras que veo ahora no son iguales, pero me hacen acordar a aquéllas y misteriosamente (…) me despiertan sombras que he visto y me hacen ver otras nuevas”[10]. La metáfora facilita la percepción, el recuerdo involuntario, -motor de la experiencia- al mismo tiempo que refugia, encierra, protege al hombre del café del embotamiento de los sentidos.

El recuerdo involuntario es posible dentro del taxi, a través del cristal del bar, en el refugio de la metáfora (pensando en Baudelaire), en el tranvía en el caso de Benjamín, o, pensándolo mejor, en Baudelaire en el caso de Benjamin. Es ese pasado con el que eventualmente tropezamos, “y es cosa del azar que tropecemos con él antes de morir o que no nos lo encontremos jamás”[11]. Este recuerdo involuntario que posibilita la experiencia puede sostenerse tanto dentro del refugio de la metáfora, como a través del cristal del spleen[12], uno de los pocos casi perpetuos productos de la modernidad, acogido con (sí, un oxímoron) entusiasmo en la actualidad (especialmente el spleen sexual y spleen artístico).

4.

To spleen or not to spleen.

“Ahora, miro las calles, y veo que por otro lado, la metáfora, en su velocidad, en su síntesis de tiempo en el espacio, en esta ilusión de achicar el espacio, tiene también, algo de provisorio que me exaspera; atropella demasiado al cruzar las calles: tendría que pensar y sentir con otro ritmo y con otra cualidad de pensamiento; el misterio de las sombras se transforma demasiado bruscamente en el misterio de lo fugaz”[13].

La velocidad es excesiva en relación al “afuera”, las sombras se cruzan con una rapidez que es difícil de soportar. El encierro exaspera, la experiencia parece acontecer allí afuera, a otro ritmo: la velocidad de la multitud, no la del chofer de la metáfora. “Claro que hay muchas clases de metáforas. ¡Caramba! parezco un paisano que nunca hubiera andado en metáfora. Y eso que he subido en metáforas que andan por el aire y que me han empequeñecido las cosas mostrándomelas desde una altura inconveniente, y eso que he andado en subterráneos de gran profundidad donde no se ve nada para los costados”[14]. No sería arriesgado pensar en la diferencia entre ésta y las otras metáforas en las que ha viajado el pasajero; la mirada puede posarse lo suficientemente cerca como para captar la presencia de las sombras, cosa que difícilmente sucede desde las alturas y mucho menos desde una metáfora subterránea. Lograr mantener esta mirada contemplativa y la potencialidad de la aparición de recuerdos involuntarios tiene un precio si no se quiere contagiar uno de spleen, y es el de vivir a un ritmo diferente al de la multitud.

5.

Sobre cómo tener una experiencia de la metrópolis. Itinerar. Moverse por la ciudad, hacer en contraposición a ver; o hacer para mirar, itinerar para “cartografiar”, circular para recién ahí erigir un espacio.
Para moverse por la ciudad hay que generar este entrenamiento que introdujo Benjamin. Él mismo desarrolla en su viaje a Moscú diversas destrezas que le permiten “levantar la mirada” hacia la ciudad: caminatas sobre el hielo, intentos fallidos de orientación, reconocimiento de la grafía rusa, viajes urbanos en diversos medios de transporte. No sólo eso, también debe familiarizarse con la ciudad, crear pequeños hábitos: la visita reiterada a un café hasta convertirlo en “el café de siempre”[15].

Una vez dado el proceso de apropiación de la ciudad, la mínima comodidad necesaria, lo nuevo se deja ver: aparece lo antes inadvertido por haber tenido que caminar adquiriendo el ritmo del gentío, sin poder levantar la mirada hacia la metrópolis. Esta mínima comodidad siempre se encuentra en tensión con la incomodidad que produce la multitud y las velocidades encontradas en la ciudad. Las destrezas servirán entonces para esto último: girar a tiempo sin dar “ninguna señal de impaciencia”[16].

El itinerario se mantendrá entonces en esta tensión entre el reconocimiento producto de una conciencia despierta y el dejarse llevar por la ciudad y sus señales (que difiere de dejarse arrastrar por la multitud). Cancelar las intenciones, pero no desoírlas. “(…) quería aprovechar el viaje en metáfora; y cuando el hombre se pone a intencionar los hechos, es terrible, es peor que Dios, acaso él es el mismo Dios. Sin embargo, hay que intencionar. Si no intencionas, te intencionan”[17]. Si uno no itinera, lo itinera la amenazante multitud.

6.

Sobre las amenazas de la multitud a las que deberá enfrentarse si decide itinerar. El deseo del pasajero de la metáfora por “liberar el cuerpo de resistencias, lleva aparejado el temor al roce”. Preservar el orden, y el orden significa “falta de contacto. En la multitud moderna la presencia física de los otros seres humanos es sentida como algo amenazante”[18]. El hombre del café de Poe transforma su contemplación distraída en una minuciosidad alejada del realismo –más bien deformante-, sumergida en lo fantástico, que logra materializar la amenaza que siente el sujeto de parte de los transeúntes de gestos indiferenciables que recorren el ventanal.

“Mientras más uniforme se vuelve el espacio exterior en la ciudad contemporánea, y apremiante debido a la longitud de los trayectos cotidianos, con su señalización terminante, sus molestias, sus miedos reales o fantasmagóricos, más se reduce el espacio propio y se valora como lugar donde uno se encuentra finalmente a salvo (…)”[19].

A salvo en el taxi, a precio de mirar desde adentro de una metáfora, desde afuera de la multitud: encarcelado en una constante contemplación que ni siquiera conlleva las privaciones de libertad que padece el conductor del vehículo que, según Horkheimer, son regulaciones externas con las cuales paga la velocidad de su desplazamiento. Tan sólo mirar por la ventana, intentando captar las sombras de cuando en cuando, es “exasperante”.

7.

De gestos y uniformidades. “Los gestos son los verdaderos archivos de la ciudad, si se entiende por archivos el pasado seleccionado y reutilizado en función de los usos presentes. Cada día rehacen el paisaje urbano”[20]. El hombre detrás del cristal del bar no distingue gestos, sólo ve “uniformidades en la expresión” de los rostros[21]. Por su parte, el pasajero de la metáfora se hizo víctima de la velocidad y la homogeneización de las sombras (imaginemos un conductor de metáfora que conquista ahora uno a uno los semáforos de una “onda verde” en Av. Paseo Colón).

Un rostro (que finalmente será lo mismo que cualquier rostro) hace que el hombre del café se intencione y decida introducirse en el afuera, al acecho del misterio del rostro avistado a través del cristal. Se pierde en la ciudad del mismo modo que Baudelaire lo hizo, girando entre la multitud, odiándola; “Baudelaire ha colocado la experiencia del shock en el corazón mismo de su trabajo artístico”[22] para culminar como “un hombre fatigado cuyos ojos no ven más hacia atrás”[23]. Pum spleen.

8.

“El precio de la metáfora ha aumentado demasiado para mi bolsillo. Aprovecho las circunstancias de que el “varita” hace señal de que los vehículos se detengan; pero mis ideas siguen: ellas han comprendido que ya han estado demasiado tiempo adentro y que si no quiero que me encierren, deben trabajar para afuera. Entonces, he abierto de pronto la portezuela del taxi y me he perdido entre la multitud”[24]. Mejor itinerar, que ser itinerado; más aún, mejor arriesgarse al spleen, como Baudelaire, y tal vez hallar esa velocidad de exactitud matemática que le permita recordar involuntariamente, perdido en la multitud. Al fin y al cabo, la experiencia no se configura como figura retórica y la literatura no es un metalenguaje de la ciudad, sería estúpido para el pasajero seguir intentando transitarla subido a una metáfora (más aún cuando hay poco dinero para pagarla).





[1] Michel De Certeau, “Relatos de espacio” en La Invención de lo Cotidiano vol I., Universidad Iberoamericana,
[2] Felisberto Hernández, “El taxi” en Primeras Invenciones, Siglo XXI, México, 2007. Pág. 99.
[3] Es mucho lo que puede decirse en torno a la circulación y la relación entre cuerpo saludable-ciudad saludable –en torno a los, en esa época, pensamientos higienistas-. Sennet realiza una genealogía de la ciudad que no parece necesario reproducir en este texto pero que de alguna manera se infiere.
Richard Sennet, Carne y Piedra, Madrid, Alianza, 2003. Pág. 20.
[4] Le Corbusier, Principios de urbanismo (La Carta de Atenas), Planeta, Buenos Aires, 1993. Pág. 92
[5] W. Benjamin, Sobre algunos temas en Baudelaire, Pág. 147
[6] Felisberto Hernández ob cit 99
[7] Richard Sennet, ob. cit, Pág. 274
[8] Edgar Allan Poe, “El hombre en la multitud” en Cuentos I, Alianza, Buenos Aires, 1970.
[10] Felisberto Hernández, ob. cit, Pág. 100
[11] Marcel Proust en W. Benjamin, Sobre algunos temas en Baudelaire.

[12] spleen como un híbrido de melancolía y hastío, tedio. Spleen clásico: Marcel Proust. Spleen siglo XX: Michel Houellecebq, (alto contenido de spleen sexual, entre otros, en Plataforma) con la pretensión de vida del autómata; la cancelación total de la experiencia. El spleen del poeta guarda estrecha relación con la conservación de su conciencia además de la frustración que le produjo la experiencia.
[13] Felisberto Hernández, ob. cit, Pág. 100-101.
[14] Felisberto Hernández, ob. cit, Pág. 101.
[15] “Tan solo en la medida en que se consigue esta clase de reconocimiento pueden hacerse descubrimientos en la ciudad; mientras no se reconoce nada, tampoco se descubre nada”.
Martín Kohan, Zona Urbana. Ensayo de lectura sobre Walter Benjamin, Buenos Aires, Norma, 2004. Pág. 158
[16] Edgar Allan Poe, “El hombre de la multitud” en Cuentos I, Madrid, Alianza, 1970. Pág. 247.
[17] Felisberto Hernández, ob. cit, Pág. 102.
[18] Richard Sennet, ob. cit, Pág. 23-24.
[19] Michel de Certeau, “Espacios privados” en La invención de lo cotidiano vol. II, Universidad Iberoamericana, Pág. 149.
[20] Michel de Certeau, “Los aparecidos de la ciudad” en La invención de lo cotidiano vol. II, Universidad Iberoamericana, Pág. 149.
[21] W. Benjamin, ob. cit., Pág. 148,
[22] W. Benjamin, ob. cit. Pág. 132
[23] W. Benjamin, ob cit., Pág. 169
[24] Felisberto Hernández, ob. cit, Pág. 102,

20/10/09

Non, Je Ne Regrette Rien

Hace poco escuché en el colectivo una conversación poco interesante sobre la tenencia de un perro, último bien tangible y repartible de la pareja conformada por la muchacha de los pechos ficticios y el ente abstracto al otro lado de la línea. La charla terminó con un simple: “Mirá Pancho, todo lo que decís está de más, porque yo no me arrepiento de nada, así que venís a buscar al perro y la cortamos con esto”.
Querría obviar toda caída en la fisura sensiblera que propone el “todo lo que decís está de más” y quedarme con el “yo no me arrepiento de nada”.

Según la Wikipedia, el arrepentimiento es “una sensación que se experimenta tras darse cuenta de que se ha cometido un error. Este sentimiento puede causar distintas emociones, tales como la culpa, la verguenza o el remordimiento. Puede afectar a la persona en distintos grados, desde ser algo pasajero, sin mayores consecuencias, hasta provocar el suicidio del arrepentido” (Las bastardas son mías).

Esta definición deja de lado, evidentemente, el arrepentimiento de aquél que alguna vez nos dijo “me arrepiento de haberle puesto tanto de mí a esta relación”. Ese tipo de arrepentimiento conlleva una voluntad ya no de redención, sino más bien de provocar en el otro aquél arrepentimiento del cual la Wikipedia versa su definición. No sólo eso. La cita, completa en lo que respecta a una caracterización no religiosa del término, no alude a las disculpas. La persona afectada por el remordimiento puede llegar al suicidio. Sólo así dice. Sería interesante reformular esa última frase por “Puede afectar a la persona en distintos grados, desde ser algo pasajero, sin mayores consecuencias, hasta provocar en el arrepentido la voluntad de pedir disculpas”.

Mágicamente el no arrepentirse es motivo de vanaglorio. Edith Piaf canta en Non, Je Ne Regrette Rien, “Je me fous du passé!” ( puede traducirse como “Te voy a devolver el perro, mierda!”); los Jóvenes Pordioseros no se arrepienten “de haber venido hasta acá/ de haber viajado una hora” (nada más) para volverla a ver, Gilda no se arrepiente de ese amor aunque le cueste un órgano y en Nao me arrependo Caetano dice “Eu não me arrependo de você/ Cê não me devia maldizer assim” (Sacando el lamento constante del bahiano, cosa que hace evidente que las cuarentonas lo dejen, creo que se acerca un poco más a lo que tal vez nuestra muchacha en el colectivo quería decirle a Pancho).

No me arrepiento de nada
en este último contexto, que es el que nos interesa y el que, ahora sí, se relaciona un poco con el “todo lo que decís está de más”, no tiene que ver con un “no me voy a suicidar por esto” ni tampoco con “no me siento culpable, así que metete la lengua en el culo”. Lejos de sentimientos de culpa o verguenza, es en todo caso una de las tantas manifestaciones de A mi manera, canción que tanto agrada a la gente de más de 60 años, preferentemente en su traducción al español que, como las traducciones de la editorial Terramar, nos llega (en la mejor de las circunstancias) del francés al inglés, y del inglés a nuestro idioma. Creo que explica mejor que yo la frase chorreante de grasa que subliminalmente sobrevolaba el comentario de nuestra jóven viajante:

Estoy mirando atrás /Y puedo ver mi vida entera/ Y se que estoy en paz /Pues la viví a mi manera... (...)
Jamás me arrepentí /Si amando di todos mis sueños /Lloré y si reí, fue a mi manera.../ Que pueden decir, /o criticar /Si yo aprendí a renunciar /Si hay que morir /Y hay que pasar /Nada deje sin entregar /Porque viví /Siempre viví a mi manera

Si el ávido lector llegó hasta acá sin vomitar el desayuno del mes pasado y no se arrepiente de haber leído, puede hacerse merecedor del premio “Le mome Piaf”.
Eso sí, no deje de buscar la versión más acorde a su género musical preferido en nuestra selección de versiones de “A mi manera”, o más bien “No me arrepiento de nada, así que calláte y lleváte el can”.

Versiones*:
(Algunos títulos son míos)

1. Cacho Castaña "A mi manera"
2. Sid Vicious (Sex Pistols) "Booze my way" (Letal)
3. Don Omar "Siempre perrié a mi manera"
4. Gipsy Kings "olei aididitmaiwei olei" (cho sei, que no vendráns, por eso chá...)
5. Elvis Presley también "Booze my way"
6. Nina Simone "my way" (tamborilero)
7. María Marta Serra Lima "A mi manera" (por ATC!!!)

* Son las versiones que chusmeé guiada también por la wikipedia (jamás encontré una versión de my way de Radiohead o de los Strokes, alguien dirá si la wiki iba bien o no).

Wiki tiró la data: "La identificación de la canción con Sinatra se volvió tan fuerte, que la canción se tranformó en un ícono, y así el Gobierno Sovietico de Mijaíl Gorbachov bromeando se refería a su política de no-intervencionismo en los asuntos internos de los demás países firmantes del Pacto de Varsovia como la "Doctrina Sinatra".

02/10/09

Globos

(Octubre: problemas inspiratorios)


I
¿Y si soltáramos un globo de gas por cada pelo que se va por el lavabo?


II
Contaré entonces una historia que se me ocurrió mientras pensaba en cualquier cosa con tal de no rascarme la psoriasis. "Había una vez un cura que se ató un montón de globos inflados con helio y decidió viajar por la costa de Bras…" ah... ¿posta?


III
- Mirá negro, tengo que decirte algo. Me parece que estoy embarazada...
- Nuuuu miraaaa Marcela! largaron un montón de globos!!!!!! ves??? los ves??? Eh ¿porqué llorás ahora? ¿ves que no se puede compartir nada con vos? siempre andás depresiva.

IV
Todo lo que sube tiene que bajar. Tengo un vecino señorfuncionariopúblico que me presentó a su cuñada ministradesalud. Un día íbamos con ella casualmente saliendo de lo de la peluquera del barrio, esa que atiende en Aráoz entre Güemes y Charcas (sí, la que por la tarde en secreto atiende a domicilio). Bueno resulta que ella, un poco maleducada a decir verdad, iba con uno de esos aparatitos en la oreja izquierda escuchando el programa del mediodía de Lalo Mir. Me estaba comentando lo que este tipo decía sobre el próximo show del imitador de Marco Antonio Solís cuando algopum-lehizoplaf en la cabeza. Era un cacho de globo, sabés? Así, un plástico, naranja. Yo lo primero que pensé fue “acá nos cae encima el finado del cura brasileño ese que se colgó los globos”. Y claro, es justo eso que le dicen “resignificación” lo que me pasó esa vez, ahora cada vez que veo un globo no pienso más en los cumpleaños, pienso el pobre tipo ese, que debe andar ahí muerto por la selva. En una de esas se lo comieron los indios amazónicos, o capás todavía anda cagado de hambre, ¿qué sabés? Mirá a los de Viven, los tipos de esa película estuvieron como 13 días ahí meta nieve y nalga; este cura de la inanición se debe haber comido los dedos por lo menos te digo. Yo igual lo llegan a bajar y me caso, con eso te digo todo, te digo. Tanto ímpetu, tanta fuerza de voluntad no se ve hoy en día. Eso sí, debe estar un poco loco también, lo llevás a tu casa y después de tanto tiempo al aire libre se te pone como gato enjaulado. Bueno, la cosa es que cayó el globo del cielo y cuando miramos para arriba nada, nada eh, yo creo que…


V
Quiero creer que hay algo allá arriba, algo con silueta de lugar. Ese espacio a donde llegan todos los globos de gas que presurosos se escapan de las oenegés en busca de su destino último.

06/09/09

Bent

When there is only lust, there are men.
When you can only trust, that is when:
jump and bend, into my bed.
When you don’t enjoy, just pretend.
When you forget, the message you send.
Dumb and bent, come. Clean my head.

When you run, hope I won’t mind.
When the gun, slides from your hand
falls and bangs, shoots your glands.
I’ll heal your heart, sow your crust.
I’ll see your mom lick out your lust.
She must come. She must.
I wasted my hands into the moist, at last.
You forgot my number, sick girl, too fast.




01/09/09

La piba de papel

A la piba de papel le faltan las guadañas de unos dedos que froten su piel de arcilla, pero no se inquieta. No le importa. Se conforma con el relato de las decisiones ajenas. Se conforma y con las sábanas hace una carpa de celulosa y tinta; a la mañana despierta entre páginas arrugadas bajo las cargadas caderas. Consume y se sume en sintaxis
hasta el hastío,
hasta que la aplastan,
hasta que los verbos no bastan.
Áspero el papel de la resma Ledesma.
Ásperos los dientes.
Pero si hasta el vientre…
…todo áspero es papel en potencia, siempre.

No será depósito de decisiones nupciales ese vientre acartonado y, abandonado el delirio de la trascendencia humana, no hay razón para ayudar a que una mano ajena se pose ahí, con la inútil excusa de propagar la especie. Qué chabona.

La piba de papel prefiere no simbolizarse, sino repasarse en voz alta.
Ante el placer, escéptica, contemplativa e impía:
Se queda con ser motivo de fantasía;
fantasía que sabe, por sus propias ordinarias condiciones, absurda.
Se queda con mantener diestramente el secreto y, despidiéndose misteriosa, acariciar la cabeza de sus adictos alegando una trama argumental casi poética (casi patética) de diferencias irreconciliables por la cual el goce sólo conduciría a la destrucción de los personajes al final. (Nota del trad. : Otra piba aburrida, temerosa del fracaso).
Ante tan nauseabunda realidad, es mejor empujar a los fieles por el trampolín de un amistoso “adiós”, y seguir leyéndose, oral, yéndose, con un zarpazo de barco que se lo lleva todo.

Ley Nº 384 art. 3: Para ser deslumbrante NUNCA revelar el artificio.
(En el margen derecho se lee, en tinta azul: “inolvidable”. A continuación, una carita feliz)
Sabe que no será su mano receptáculo de un mechón de pelo que huela extraordinario, “No, piba. Podrías tomarlo con los dedos equivocados y ser motivo de frustración ajena”.


Abandonada gentilmente la praxis a los otros, procederá a escribir cómo las manos son inútiles, ¡Ni hablar de los mechones de pelo aromáticos! ¡Insolentemente frágiles! Mejor para precipitarse es la carpa literaria de cuatro patas a la que se aferra, como colgada de la rama de un cerezo-vientre privado de posibilidad frutal.
Y cuando por fin su piel no sea más que cuaderno y se le terminen las palabras, le sonreirá una vez más al relato de las decisiones, como una amigable intrusa en “la vida”, homenajeándolas humildemente.

(telón)

La resma Ledesma se acaba,
y las putas hojas no hablan de nada.

A la piba de papel las horas se le pasan.

20/08/09

Siesta

- No encuentro la posición…
- Yo puse las manos arriba de la panza.

Plaza Armenia está siempre llena de chicos, aunque sea jueves. De a ratos viene un olor a caca de perrito con tierra, pero uno se acostumbra. Ya casi llega la primavera, o por lo menos eso anuncia el sol que pica un poco en la cara. Aún así, el clima no permite todavía sacarse el suéter, aunque se llene de pasto. Todavía siento el helado de chocolate con almendras en los labios. Hay un desnivel en el suelo hacia mi derecha. Unas rejas y más allá, demasiado cerca, Nicaragua y sus taxistas que se saludan.

- Yo también puse las manos arriba de la panza, pero la panza me creció tanto este año que los brazos se me caen a los costados. A ver. Quedáte así. Sí. ¡No! ¿Qué te movés? ¿No ves que me agarra la neurosis? Ahí va…

No me es difícil dormirme al sol. Es más, el naranja de los párpados cerrados me induce al sueño. Decido que es más cómodo ceder y mover la cabeza hacia mi derecha, aunque anule la posibilidad de que la piel pierda algo de su blancura invernal.

- Che, despertáte.

La odio un rato, después comentará que dormí más de media hora. Sin abrir los ojos, escucho voces cercanas de chicos jugando. Quiero preguntarle por qué me despertó, y en cambio digo “Se fue el sol. Matá al nene”.
Sin mover la cabeza pero esta vez abriendo los ojos, veo al nene mirándome con la cara más seria que alguien de 5 años puede poner. En verdad, tal vez tenga 3 o 7, nunca fui buena con las edades.
El nene estaba demasiado cerca, y ahora implora que retire la orden que impartí a mi amiga. Me da lástima haberlo asustado y quiero sonreírle, pero me paralizo cuando veo que los padres están todavía más cerca que los chicos.


- ¿Qué onda? ¿Nos vamos?
- Si, volvamos y hagamos unos mates.

Sincronizadamente miramos a los nenes, a los padres y nos miramos a nosotras mismas. La complicidad es grande. Las dos nos reímos, es bastante desagradable para los padres ver a dos chicas cirujas llenas de pasto y de ojos hinchados pidiéndose mutuamente matar al nene. Al mismo tiempo algo me dice que esos cuarentones extrañan estar tirados en esta alfombra verdosa y se avergüenzan de habernos despertado.
Nos levantamos de a poco. Yo me vuelvo a tirar dos veces, remoloneando como si estuviera en la cama.


- Mirá como se besuquean esos dos. Ésa, la del uniforme. Que están acostados. Ahí.

No me quiero levantar, apuntando a la pareja busco una distracción para mi amiga. Miro a la colegiala una y otra vez. Él parece contarse los nudillos de la mano derecha señalándolos uno por uno, probablemente acompañando el conteo con un relato estúpido, besos intermitentes y sonrisitas afeminadas.

- Estás envidiosa.

Prefiero cuando manejamos implícitos, pero sí, un poco. Ella me acompaña:

- Mirá, ahí hay otros besuqueándose.

Nos ponemos el tapado. Claramente no nos sienta bien el tapado después de una siesta linyera desmoronadas en la plaza.
De camino a casa, tenemos que pasar frente al banquito donde la segunda pareja avistada juguetea. Como escudo y como siempre, le pido un cigarrillo. Ella tarda mucho y, sin saber bien cómo, pasamos delante de la pareja sin crisparnos. De alguna manera encontramos algo más interesante de qué hablar.

05/08/09

Doce

Pronto no quedarán sino personas y cosas inofensivas,
lastimosas y desarmadas en torno a nuestro pasado,
tan sólo errores enmudecidos.*


Camino rápido, con el cigarrillo semiprendido en la boca, con un brazo rígido aferrada a mi mochila y con el otro extendido, agitándolo, mirando suplicante al conductor del 12. La mala predisposición para abrirme la puerta me es indiferente, sólo quiero sentarme y escuchar música. Deslizo las monedas obedientemente y, como una máquina tragamonedas, siento una gota de sudor que cae por mis lumbares. Imagino como la gota diligente se disuelve, rozando la cadera, entre las fibras de mi jean.

Sé, porque es rutina (y de las rutinas se aprende poco, pero se aprende) que en una de las tantas cuadras que haré saltando en mi asiento amortiguado de cuero identificable, te voy a recordar. Como siempre será una sola policromática imagen que se repite una y otra vez, yuxtaponiéndose, como un dibujo animado inmóvil. Hace tiempo que la animación dejó de tener sentido, que tus caras se superponen con un sonido de ametralladora continuo y seco que me indica que el tiempo en el cuadro transcurre, pero las figuras estáticas, aunque vivas, siguen interrumpidas. Si intento detener el movimiento del papel el efecto es devastador: tus rasgos comienzan a hacerse borrosos, y se me escapan. A veces a esto le sigue un baldazo de alivio, alivio de no verte; pero la imagen obstinada vuelve a emerger y con ella sus multiplicadas facsímiles infinitas, una sobre otra, a velocidades cinematográficas.

Comencé hace unas semanas el segundo experimento de extirparte de mi vida, por lo menos de mi vida cortada como un bife, es decir, de mi vida cotidiana. Esta vez, a diferencia de la anterior, opté por no informártelo. Tal vez así si fracaso no tendré que verte verme fracasar.

Algo me dice que todo funciona “de pelos”, porque hace dos semanas que, al subirme al 12, el recuerdo-cuadro yuxtapuesto una y otra vez es el mismo: no varía, no me toma por sorpresa. Supongo que sería natural decirte que no es ninguno de los repugnantemente tristes y, si lo pienso en el conjunto, es de los menos significativos: Es (como creo no podría ser de otra manera) el primer día que decidimos, por arte de tu inercia y mi escepticismo, dormir juntos. Nos veo, mientras el 12 toma Gallo y dobla en Güemes, buscando a pie un Bar, a esa hora de la madrugada en que los bares cierran, y mirando de refilón a nuestro amigo en común que se va después de las primeras tres cervezas, semidespidiéndose, extrañado un poco de las circunstancias. Una y otra vez pienso en tu cara esa noche, cuando tu risa de dibujo animado no significaba nada; pienso en mis gestos aturdidos cuando todavía no significabas nada y en las ganas de que duermas en mi cama sin que signifique nada. Como verás, en estos días fui reviviéndonos rebobinativamente, siempre hacia atrás, siempre al primer gusano, primitivo y superficial.

Esa madrugada es mi último recuerdo recurrente, al que algunos días me abrazo como el último tablón de este barco que se hunde. Lo que pasa es que, a veces, dejar de extrañarte se siente como un delito, y la angustia que se robó tu forma cuando dejé de verte pasó a ser un refugio, escudándome de otras nuevas y amenazantes tristezas.
Mejor malo conocido que siento volando.

Te escribo para contarte que ya me olvidé del resto. Que no me acuerdo siquiera qué tenías puesto. Ni sé más de ese día en que quisiste exhibirme a tus amigos y olvidé sus nombres. (No olvidé así sus caras. A decir verdad logré saludar a una parejita hace poco en una plaza).
No me queda ni siquiera la imagen que me acosó en los días más fríos, imagen cruda, escarchada de julio, tiritante de palabras huecas. Sigue siendo gélida, sí, pero inaccesible. Me gustaría explicarme mejor: es que ya no siento palpitante mi desnudez de arterias verdes pegada a vos y vos pegado a tu instrumento; ahora solamente nos veo a los tres desde la ventana descomunal de tu casa, como una película que de tantas veces narrada olvidé. En estas últimas semanas llegué a dudar si alguna vez hubo un lapsus en que nos besamos cada día realmente; si es verdad que a la tarde nos invadían rayos de luz de la plaza, cacheteándonos el sueño; si es verdad que me gustabas tanto.

Solamente subo al 12 y me veo una y otra vez jugando en ese primer Bar, con mis dedos en las órbitas de tu oreja, fisurando la posible amistad, presentando mi orden de allanamiento para registrarte, a ver si de una buena vez querías besarme. Invitándote a dormir, sin jugar todas mis fichas; más bien incendiando el casino. Jugando con fuego, le dicen. Uno nunca se da cuenta de los desgarros irreparables que puede provocar el fuego en la cabeza.

Después del Bar, en el 12 no hay nada. Fue otra mina la que en estos meses respiraba entrecortado cada vez que sonaba el teléfono sabiendo que no eras vos; no estoy segura tampoco de haberte llamado, ni quiera sé el número de tu casa y mucho menos en qué piso vivís. No recuerdo el color exacto de tu pelo, ni qué tono de rosa tenía mi cara cada mañana en tu espejo. Me cuesta pensar que fue mi cuerpo el que lloró varias veces al ritmo de tu respiración dormida, contemplándome, patética, patrullando mis próximos movimientos heroicos. Si no es autodesctructivo, man, no es amor.

En este tiempo tan íntimo como reciente, deambulé avanzando de espaldas día tras día, volviendo de a poco al Bar, recreando uno a uno todos esos minutos humanos en el camino. Este rebobinar liberador me acarició la espalda y, de manera inversamente proporcional, cada imagen que me abandonaba tras mis pasos me acercaba más a ese día de pub barato, gusano primitivo que hoy me queda, recuerdo suelto en el bolsillo, dispuesto a que lo consuma en tres pitadas.

Tengo que confesar que ya no me acuerdo de las últimas lágrimas de otoño en un banco de la plaza mientras los chicos aspiraban pegamento y los perros cagaban desechos calientes sobre el pavimento. No podría decirte con qué ansiedad en otro tiempo bajaba en el ascensor para encontrarte. Ese día de calor, con la camisa en la mano y, con el sudor centelleante, pegado a tu instrumento; la verdad es que olvidé, como olvidé lo que quería decirte cuando nos alejamos, esa palabra mágica que te haría extrañar mis chistes rancios y mis desayunos miserables. Esa palabra irreal.

Hoy solamente está la mueca de nuestro amigo yéndose del Bar inaugural, mirando nuestro primer beso, un poco atónito, un poco aburrido. Sólo me queda ese Bar de Corrientes (ya sé que está en otra calle, ya sé que nunca más lo vi, que ese bar es un enigma; pero decidí llamarlo así). Estamos nosotros, desconocidos, dándonos la mano como quien no quiere la cosa, pateando las 6 de la mañana de ese invierno lamentable lleno de candelas urbanas que nos guiaron en silencio a despedazarnos un rato.

Ese es el último cuadro, el que me queda. Y un día de estos, sé que voy a perderlo también, entre los rebotes de mi asiento de cuero del 12, entre el tabaco suelto en mi bolsillo. Sé que distraída tal vez meta este recuerdo con las monedas en la máquina de mi 12 rutinario, y convertido en boleto no te vea nunca más. Aunque me de pena. Aunque lo sienta como un delito. Voy a verme desde arriba, como si fuera otra, besándote en el Bar de Corrientes. Incendiando el casino, invitándote a dormir. Hasta podría eventualmente sonreír.

Quién dice, tal vez uno de estos días me bajo del 12 después de ver tu nombre escrito en el último asiento, preguntándome quién carajo eras.

* Si está mal citado, es culpa de Iacobus Tarqui. (AL)

29/07/09

Tristes ocupaciones

(Hoy: Nada de literaturnost. "The surreal real life")

He pasado los últimos días bastante ocupada, cosa sorprendente ya que fehacientemente he descubierto que la trascendencia de cualquiera de las ocupaciones que he tenido en mi vida no ha pasado de ser una trascendencia de unos meses, récord. La materia que tengo colgada hace un año y medio dejará de trascender cuando la rinda, eso es claro, por lo que no cuenta. Es por eso que estar ocupada es algo que encuentro generalmente bastante estúpido, con todo lo que implica el término, por lo que prefiero reformular mi primera frase (al mejor estilo Masliah) por la siguiente: He pasado los últimos días bastante entretenida y alejada de mis divagues masturbatorios espirituales/mentales, no siempre escindibles.

En fin. Hoy, después de estos días que en un lapso ya determinado de antemano olvidaré, prendí la televisión. Mi voluntad de cambiar de canal se vió afectada por la medida inabarcable de la distancia a la que estaba el control remoto, y mi voluntad de ver televisión por la voluntad de la televisión misma. O por la que tuve la última vez que la prendí, donde sorpresivamente decidí ver un canal de aire.

Ví entonces, con la boca llena de comida china (chun-za-mien-feng-shui), una entrevista a dos españoles que visitaban la argentina. Un título que no pude retener bien, me introducía en el tema: era algo así como “turismo sexual”. El entrevistador pregunta cómo han conseguido nuestros dos visitantes hachís, a lo que ellos responden que lo han hecho trayéndolo. Mientras uno fuma un “peta” el otro sin mucha delicadeza arma dos imperfectas paralelas líneas blancas de cocaína sobre una edición de Emecé de “El Aleph”. El entrevistador pregunta si saben lo que Borges representa para los argentinos (yo sonriendo también me pregunto "qué representa Borges...") y el español de camisa negra contesta algo como “pues un punto en el mundo”, mientras jala la primera con mucho arte, y con un cartón enrollado. Seguidamente invita a su amigo, el gordito que fuma hash.

Paso siguiente: van a un boliche y gracias a las cámaras el gordito logra besuquear a dos o tres mujeres, que entre todas casi juntan la cantidad de piezas que exige una dentadura, y una buena cantidad de agua oxigenada en las melenas rubicundas, color franela. Aros en el ombligo, tantas veces salivado, con brillantes; pieles morenas en pleno invierno y transpiración en el bigote mal depilado son las delicias del gordito que mira a la cámara y exuda una que otra frase halagando la belleza argentina. Hay algo en mi arrogancia que me impide sentirme parte de ese halago.

Un hombre que se dedica al turismo habla intermitentemente de cómo los extranjeros le preguntan por “las chicas”. Se parece, más de lo que puedo soportar, a Caetano Veloso, y paradójicamente su apellido es Galoto, una especie de garoto en japonés. Su discurso es más cercano al del Excelentísimo que al de los dos españoles. Aún así, lo que me repele del conjunto es saber que el productor del programa crea que está mostrando algo único e irrepetible, como si cosa así pudiera hacerse. Me repito, a falta del productor para decírselo: Nada tiene más carga significativa que lavarse los dientes. De ahí en más, se vive.

Decido apagar la televisión y hacer un mínimo esfuerzo, maniobrando con el tenedor y las páginas, por volver a la lectura. No puedo decir que una cosa tenga más carga ficcional que la otra, pero prefiero imaginar que en el libro la fiesta no sigue mientras tanto yo no siga pasando las páginas. Tal vez por eso el mundo sea menos mierda cuando está escrito.

22/07/09

Capelletinis Verdes en el Trono

Los chicos verdes sí que sabemos de moho. En nuestra salsa.
Miércoles 22 de julio de 2009. Algo pasadas las 22.00. Chico Verde (Zql) y Ombligo Verde (OV) y la aventura cibernética de sus vidas. El mundo peligraba.


OV: ayuda!!!!
OV: tiré un plataso de capelletinis mohosos al inodoro y lo tapé!!!!!
OV: el moho los vuelve goma!!!!
OV: que hagoooooooo????
Zql: sopapa
Zql: por que hiciste eso?
OV: no me preguntes cosas que no nos van a llevar a ningun lado. praxis praxis praxis
OV: no tengo sopapa
OV: tirame otra chance
Zql: sopapa o un alambre destapacaño
OV: alambre destapacaño???? me estas cargando man??? que es eso???
Zql: algo que evidentemente tenemos los campesinos del conurbano solamente
OV: y, cagan duro en el sur, no?
OV: che que mierda, sabés?
Zql: en realidad se tpan los caños de la calle
OV: la vecindad me hace el poto si tapo las cañerías
Zql: tenes que buscar una vara flexible y dura
Zql: plastico sirve supongo

OV: no no eze, no se fueron por el inodoro (ahí claramente me chuparía una teta). la cosa es que si ahora hago pupu, la termino de embarrar....
OV: este... literalmente....
OV: entendes? esta ta-pe-te
OV: tapado
OV: una vara...
OV: a ver…
Zql: o sea, no se terminaron de ir por el inodoro
OV: claro claro
OV: se ven un poco
Zql: algunos entraron, se apelotonaron y te lo taparon
OV: no sabes el humo que larga el moho! lo sabias?
Zql: si los reducis con una vara y tiras algun quimico destapacaños deberias estar bien
OV: de repente plim cuando lo tiré por el hueco empezo a salir un humito verdoso!!!
Zql: casa de articulos de limpieza
Zql: jajja, hacia cuanto que los cocinaste?
OV: si... le echo una lavandina superpotente
Zql: liquido destapacaños
OV: estaban ahi hace mucho... estaban de mucho antes de que comieramos nosotros capelletinis
Zql: no es 100% efectivo y es re toxico, pero vale
Zql: jajajaa
OV: ¿? pero no tengo eso che, vos te me hacés el mr músculo y yo lo unico que tengo para echarle es fernet vittone (lo más toxico que hay en casa)
OV: ahi vengo
OV: voy a intentar algo delicado como desconectar una bomba de protones
OV: mission accomplished: los extraje con mis pequeñas manos introduciendome a los tenebrosos recovecos del inodoro
OV: oh yeah.
Zql: jajajjajajajaa
OV: no more capelletinis in my shit
OV: jajaja me voy a comer
OV: volveré
OV: (me voy a comer los capelletinis)
Zql: seguro que esta actividad te abrio el apetito
OV: si, claramente. faltaba un gusanito....

09/07/09

Polifonía II

I.
(Laura)
“Con los labios entreabiertos, fascinada, me descubrí mirándome al espejo y comprometiéndome a llorar. Hace mucho que no lloro. La necesidad de lágrimas me supera, y tengo la habilidad de saciarme. Sólo enfocando mis ojos, y mi imaginación, hacia mi propia mirada (no las pupilas, no las pestañas; la mirada), descubro algo ahí, un espacio neutro que me angustia. Nunca se va, siempre está ahí esperando anhelante a que, cada una estipulada cantidad de espacio-tiempo, la contemple, le de forma de pera y llore. Es una mirada que me dedico a mí misma, pocas veces descubierta por terceros –o segundos, en el más racional de los casos-. En el encuentro mis facciones anticipan una mueca de derrumbe, un abismo de sinsentido que amenaza con hacerme perder entre las sábanas algunas semanas, sin ver nada más que las líneas imperfectamente paralelas de la persiana, sin sentir más que mi mano rozando rítmicamente mi entrepierna, en posición fetal, confundiéndome con las montañas de ropa linda abandonada en la cama. Lo que me hace llorar no es ese estado de resaca emocional, sino la pelea contra ese abismo de frazadas: la caída al vacío no significa más que un alivio, una renuncia: la entrega total al derrumbe. Lo que me hace llorar tal vez sea el sinsentido de la pelea contra el vacío, contra lo neutro de consentir a la vida. Ese secreto neutro es un caudal de lágrimas”.

II.
(Carolina y Agustín)
- ¿Qué vale más que una despedida? Es lo único que puede acercarse a una mínima noción de futuro. Es un efecto, una sensación de reencuentro. La imposibilidad del futuro, la sensación de imposibilidad del reencuentro momentánea es efecto de futuro.
- ¡La inminencia del beso! Eso sí que tiene futuro en sí misma, es intrínsecamente una promesa de contacto, aunque dure poco. Es la única promesa entre dos personas que puede sostenerse.
- Es que no existe, el beso no es futuro. Y ahora que lo pienso la despedida tampoco. Muchas veces cuando me despierto tengo una sensación de que reacciono con tres segundos de retraso a los movimientos de mi cuerpo, y me doy cuenta que eso es lo más futuro que tengo, el cuerpo que se traslada por inercia. La inercia es futuro. Y el futuro en la inercia no es más que un presente diseccionado.
- ¿Y el pensamiento? ¿No es futuro? Es potencia. Me mareo.
- La muerte. La muerte es el futuro. Pero seguro ya lo dijeron muchos pelotudos antes que yo. ¿Vamos a casa? Me está dando frío.

III.
(María)
Estiro las piernas, muevo el brazo dormido y sonámbulo. Vibrante, empieza a despertarme desde el codo con sus cosquillas. “Brazo de mierda”, pienso con los ojos cosidos. Giro y me reinstalo boca abajo en la cama, ahora más fría, por mis movimientos violentos. Pongo la almohada en mi cabeza –las manos sobre la almohada y la manta hasta cubrir las manos-.

Seguidamente recuerdo, y siento la náusea de abismo en el pecho. Tuerzo la cabeza hacia la izquierda para cerciorarme de mi realidad maldita y lo veo, haciéndose el dormido, con cara de llorar. La puta que lo parió.

Hago el esfuerzo, le sonrío, simulo quedarme otra vez dormida. Los dos siempre consentimos en actuarnos, más por su integridad emocional que por la mía: en nuestra obra no asumo emoción alguna. Esto claramente no podía acontecer de otra manera, para eso vivo. Primer acto: estoy soñando ya, y él probablemente tenga esa mueca de resignación que lo caracteriza. Se siente más hombre así. Duro y rendido.
Angustia. Me doy cuenta que, aprovechando el simulacro, una mano decidió pararse en mis lumbares; no lo consiento. Quiero pegarle con cien años de soledad en la cabeza, pero me levanto precipitada y torpemente, y me voy al baño: diplomática, acabo de señalizar la dirección de la situación.
Andáte de casa, que yo me quiero matar.

23/06/09

Uno viejito... (de a dos también)

Situación: a punto de rendir el final de literatura argentina II (alguna mañana de julio del 2008), J la gata y el Ombligo deciden no repasar ni un poquito y jugar un jueguito... "yo digo una palabra, vos agregás otra y así, a ver quien recuerda más". Despues nadie quiso ganar y nos recordábamos como venía la cosa cada vez que alguno metía la pata. Todo porque nos estaba gustando lo que hacíamos.

Hace poco encontré el papelito, que prometía hacerlo escapar del olvido, perdido entre mis cosas. Y creo que para no perderlo otra vez nada mejor que hacerlo vox populi.

Untitled

"Casa tomada por extraterrestres imberbes ¡Váyanse! ¡Consíganse cultura! ¡Rompan todo! Caminen sobre cuerpos olvidados en aquella guerra.
No lastimen mi cuerpo desnudo con marcas intelectuales.
No latiguen mis ojos maltrechos, católicos, argentinos con rubicundas melenas.
No laceren esta barbilla puntiaguda con saña carpintera.

Aquí me pongo serio y comienza la revancha. ¿Recuerdan mi intervención afilada sobre la masacre azul?
Bueno, así como las sardinas escapan solas, acompañado de latas regresé flotando, sumergido, incoherente: vacío".

21/06/09

Estrella fugaz

Corriendo con un titán, detrás.
Sobre manchas de alquitrán “y resbalar”.
Sentir de un soplo en la oreja.
En el tímpano de mi fragilidad.
Pero no, no puedo engañar.
Soy la roca volcánica.
Y más.
Soy equilibrista, de los demás.
Sostén, de algo trascendental.
“Una fisura, y…” -me engaño-
“el mundo puede estallar”.

Mañana
voy a querer perpetuar
momentos de debilidad
para forzarme a llorar.
Putita.

Estrella fugaz. De mí, fugaz.
De otros, estela verde que se va.
Un segundo: y reventar. Un segundo.
No más. No pido más.
Por un fugaz, dejar de implotar.
Vomitar. Comida no. Inmundo mundo.
Por un segundo, o un poco más.

Última pantomima, cabaret
“¿que decís? ¡Bailá!”
Dejar de pensar,
Labios flotando de Fernet.
Mueca de angustia fugaz,
¡el artificio! ¿se notó?
Me caigo de espaldas
Me aburro. Me auspicio.
Ya no importa nada, nada más.
“Te voto, Mauricio”.
La reina del ballet,
la que trae un talladet.
La que le atuza el bigote al cafisho.

Me escondo del titán.
Roca del volcán, a cara lavada,
me acuesto con el capitán.
Mi sangre, cuajada. Soy “tan”.
Me acuesto con el sultán.
Y vomito, negra, mi vida pasada.

A cara lavada. ¿me querés?
¿Me querés a cara limada?
¿También? No te creo nada.

Ahí viene el titán, ahí entra:
Me pide que le rinda cuentas.
Me pide que le rienda suelta.
Un segundo, se me suelta
el trapecio, a mí,
equilibrista de los demás.
Y me caí.

Así, tirada en tu subsuelo.

¿Qué mierda mirás? Vos, menta.
Vos, sonrisa de felpa:
tu boca
delta
de una tormenta.

¿No me querés querer, así fisura?
¿Te gusta verme caerme inerme?
La puerta dura, diez puntos de sutura.
Caracoles, un viaje, Finn y Verne.
El finnnn. Al fin verme. A cara lavada.
Caradura, sos un caradura.
Tenés dura la temperatura.
De cabaret, pero carne pura.

Enjuagada la calavera.
A cara desencajada.
A manos lavadas.
Me voy, con el titán, detrás
Me voy, a pagarle al capatáz.
Pero no puedo fugarme
sin armarme para preguntarte:

¿Seguro que no vas a poder
quererme, a cara lavada?