Cuba electrolítica

La mujercita. Cómoda goleadora de la noche, cuba-libre es su DT. Los ojos color granadina y la sonrisa chueca. Un bretel que se desmorona a propósito, el jean manchado de vereda y de pasto -de pasto, no césped, pasto-. Mueca de publicidad de jabón en polvo, la mujercita ríe.
Yo, como un estúpido, me pierdo en su bebida marrón, translúcida de hielo derretido, atravesada por sus dedos y su cigarrillo mal apagado. Me pierdo en su hombro que baila empujando al bretel, en los ojos de la mujercita que esperan el momento en que el bretel caiga. Me pierdo en la palabra bretel – bretel bretel bretel, ya perdió sentido ¿Viste Mario?- .
La mujercita se aburre, y cuando es así, no desliza los dedos por la punta de su pelo como las chicas de Alto Palermo, no se rasca la cabeza mientras fuma como las chicas de Caballito. Ella cuando se aburre sencillamente se dedica a hundir la mirada en los demás –no, Mario, literalmente no-. Le entretiene acobardar, dedicarle puntualmente 5 minutos y treinta segundos a cada individuo y después entorpecer el cruce de córneas, para siempre.
Y yo, bueno, me siento un pelotudo. Espero calentando la cerveza con las manos, a ver si hoy, me dedica un aburrimiento de cuba libre. Y la mujercita sigue siendo, para mí, inaccesible –no, Mario, no pienso en ella todo el tiempo. Más bien me envuelve, como un poncho pampa, cuando ya tiene el rimmel arruinado y puedo imaginar el olor a alcohol de su aura y las pequitas de sudor en su piel-.

Hoy entré al bar con María: nos presentaron hace unos meses en la casa de Mario. Después de un tiempo de intentar una reunión visual con la mujercita, María invadió mi almohada. La mujercita sigue igual, esperando que alguien logre alimentarle la mirada. La miro y me vibra la mandíbula: pensar que habría rematado mis brazos por ella y hoy, me punzaría comprarle una cerveza.