Instrucciones para enamorar-se II*

Tomarse la calma con calma,
no olvidar: el tiempo es un truco.
Donde la mente
cuelga de un hilo de baba.

Y si había llegado la hora de los postres, y se nos fue el tiramisú por el inodoro,
a no desesperar-se:
acá están,
las instrucciones para enamorar y enamorar-se.


Embelesar-se pelando el torso de la víctima cual pelapapas con una naranja, para envolver-se en tiritas de su piel, y por una vez poner-se en su lugar. Pasar tres veces la lengua por su labio inferior repitiendo una y otra vez el verbo calor, tocar-se al mismo tiempo la punta de los dedos con la punta de los dedos por entre su pelo.
Dar-se vuelta los ojos como un conejo-cara-azul-de-decoro, pero enlazar las piernas a su cintura y apretar hasta deleitar-se con un gritito.
Guardar-se para sí una gota de jadeo como botín, y esconderla hasta que la muerte los separe-se señor.


Y si esto no funciona, conforme-se con agua hirviendo en los poros, acariciar-se la parte posterior de la pierna, ahí, bajo las nalgas y chupar-se el dedo antes de dormir.

Los de la Plaza

Cuando miró el reloj, pudo ver, desde el costadito del ojo sin rabillo, que se le habían desatado los cordones: se sacudió la comodidad y se agachó. Lo hizo gradualmente, para no despertar a los ovarios que hacía media hora no punzaban con su tic tac. Caminaba despacio, un poco por los ovarios, si, y también porque le gustaba disfrutar de esa angustia de hipo contenido que le producía Caballito: el iris que abrazaba su pupila, pardo encendido, proyectaba un cortometraje de adoquines: otra vez los ojos sobre la plaza.

A lo lejos. A una cuadra. Enrejada. La miraba. Plaza Irlanda.

Plaza Irlanda, que ahora estaba rodeada de hierro, quiso ser el principio del Todo. Si ella se impulsaba hacia atrás, podía imaginárselos: veintilargos años ayer, pelados, con la misma sangre, el mismo alcohol, la misma calle, el mismo rock transitándoles las venas.
Pero ella no quería largarse antes de tiempo a sentir, porque Plaza Irlanda por sí sola se le atragantaba una cuadra antes de llegar; se le atragantaba el barrio entero y todas las calles por donde alguna vez pudo haber pasado, ida, ida y vuelta.

Entonces pensaba en el tío, que estaría esperándola, allá, en Andrés Lamas, tres cuadras después de la plaza. Pensaba que mejor no pensar, que mejor pensar en la receta del pastel de batatas, que mejor dejarse llevar por la manía de no pisar las rayas que separan las baldosas, pero que juntan una mugrecita totalmente identificable para ella. Y así, neurótica, pasar la plaza rapidito, como si hubiera desaparecido la calesita que no deja de dar alaridos de Xuxa, esa canción que hoy suena en sus oídos, apretando con fuerza el pedal de distorsión que lleva en la mano, enterrado, por cualquier eventualidad.

En eso se concentraba. En eso y en que iba a prender un cigarrillo, ahora, a mitad de cuadra, para no tener que frenar en la plaza: lo prendía con todo el glamurr que podía, aún cuando estaba sola. Muy en las extremidades de sus alvéolos sabía que fumaba solamente por lo bien que le quedaba, ella tenía una cara hecha para fumar, las manos para fumar, la voz para fumar. Toda ella era humo, y con eso cortaba su dulzura involuntaria, esa mística que poco a poco se desvanecía en la nicotina.

Llegó casi al cordón de la vereda cuando, al fin, encontró el encendedor, mientras mordía el cigarrillo con una suavidad que sólo ella, que era toda humo, podía manejar, y bajaba un pie al adoquín: era admirable su mezcla de delicadeza y gracia para sostener con una sonrisa el Phillip Morris un poco arqueado, cigarrillo como perro descaderado. De pronto

CLAAAAAXON

Se le mete un susto por el oído derecho, estrella los dientes, quiebra el cigarrillo, se le humedecen las axilas, siente un frío de morder helado de limón en la frente y una bofetada de ellos… ¡ELLOS! Ellos que la miran desde la vereda de enfrente, esperándola en la plaza.

Sabe que algo se rompió, mira su muñeca y sabe que es el reloj. El reloj y no sólo el reloj. Sus manos ahora son minúsculas, se siente más cerca del adoquín y lo está. Algo se rompió, y ellos tienen la culpa. Ella se conoce, y los reconoce, más jóvenes, más eléctricos, más vivos. Se le termina de meter el miedo por el otro oído: ahora se da cuenta, tiene 4 años. Por tercera vez en su vida.

Desaparecieron las rejas de Plaza Irlanda.

Cruza corriendo, porque entre todos ellos está él. Él, que horas atrás le puso una curita de Kitty en la rodilla, que la hizo girar y girar bailando los Beatles en la casa de Nicasio Oroño. ¡Cómo le gustaba dar vueltas y vueltas! Y esos dos pares de ojos que se besan se oprimen en un baile de doble hélice. Esos ojos de ella, de él, iguales como todas las gotas de agua.

Pero el encuentro dura lo que dura un segundo de los transitorios, él no la reconoce, o hace como que no la reconoce. Indiferencia. Ella se olvidó del tío, del cigarrillo, de los adoquines, ni siquiera sabe qué son los adoquines, quiere llorar la vereda entera, quiere inundar la plaza y corre a la calesita que gira y gira: no va a frenar para ella, es algo que le enseñaron muy bien en Garabatos, y salta con el impulso de la carrera dándose la cabeza contra un anca blanca con herradura pintada, mejor así. Mareo.

Árbol, árbol, señor, árbol, papá, poste, ellos, árbol, árbol.

Se tira de la calesita y la curita de Kitty queda arrugada en la tierra naranja. Sigue corriendo sigue corriendo, siguecorriendo. Los escupe. Sabe que es la única oportunidad que tiene para escupirlos, es ahora o nunca: los escupe por la plaza, por el rock, por la droga, por Plaza Irlanda, por llenarle la sangre de mierda, por Caballito, por Nicasio Oroño, la guitarra regalada y cada puto grafitti. Los ahoga y se ahoga escupiendo la angustia. Y vomita los pies de su papá, vomita la curita de Kitty con tierra naranja, Mareo. ¿Y lo abraza?

Se acerca un carro a pedal de esos que alquilan en frente a toda velocidad, y

CLAAAAAXON

Escupe el pedazo de filtro que le quedó en la boca, el conductor del Escort verde terminó de proferir la antibiblia a los gritos: “¡que te vas a matar piba!”. Sus manos son otra vez las de uñas comidas, vuelven las rejas a la plaza, el encendedor en la izquierda y las curitas de Kitty... las curitas ya no existen.

El tío la espera con mates, la guitarra y un par de evocaciones por las cuales nunca va a poder resignificar ese vacío de cuatro calles. Todavía no caminó la plaza pero ya se prepara para ver el alquiler de carritos a pedal, que sigue ahí, aún cuando está concentrada en no pisar las rayas que separan las baldosas.

Y siempre la duda de si lo vomitó o lo abrazó, o tal vez las dos.