Barcelona cuesta arriba

Una colometa se acerca, y para cuando recorro con mi lapiz la última A, vuela. Más bien salta, en un arrebato patético, al saberse escrita. Las palomas de CatalunYa son muy recelosas, y Barcelona es el lugar propicio para aparentar cierta autenticidad que no se deja tocar.
Semanas pasaron desde mi llegada, 5, cinco. Mitad lánguidas, mitad iluminadas y una mica revueltas. Hoy encontré mi Barcelona, que contra toda espera y ovillo de ansiedad, no es para mi la fiesta de la pluralidad de la que tanto me susurraron, no es tampoco sólo el túnel mágico de venecitas caprichosas de Gaudí, ni el germen de la revolució catalá y sus cortes de pelo sin cortes de ruta, no. No gótico misterioso, no.
Barcelona es mi cuesta arriba por Paseo Sant Joan, las campanas gritando la una de la madrugada, gotas de un chaparrón anunciado como crónicas mortales de la pubertad del otono. No hay Enie. Y mis ganas de saltarme los semáforos. Barcelona no tiene onda verde en sus avenidas, y eso a mi me molesta.
Es esta la ciudad de los balcones de hierro oxidado y agobiado de tanto rulo y flor, de lazos rígidos. Es un catalán que me pide "un tallat si us plau" con violencia maquiavélica, aguardando secretamente que yo no tenga un indicio de lo que me está pidiendo, porque así es la revolució catalá. Y yo pregunto a Nuria en la cocina, y preparo un cortado cargado de espuma y amor, y lo llevo a la mesa con una sonrisa: comento que estoy aprendiendo catalán y recibo a la media hora 50 centavos de propina. Así desbarato cada día su rebelión. CatalunYa independiente.
Barcelona es mi bicicleta barata, de los 15 ruidos y una bocina de lo más simpática. Es topless y africanos vendiendo carteras, corriendo de los leones y la policía. Esto es ruido de motos y clasificación de basura. Escaleras de mármol y primeros pisos que en realidad son segundos. Es la planta que compré con flores de la primavera que cruza nadando el atlántico, el sillón roto donde duermo la siesta de los últimos rayos de ayer, que había sol.
Es encontrar los muebles perfectos para tu cocina abandonados en Carrer del Sol y jamás llevar a la boca pan sin aceite de oliva. Tomar Estrella tirada hasta reventar en sudor, cuesta arriba, por Paseo Sant Joan, y las campanas que gritan la una de la madrugada.
Barcelona es el metro, donde somos uno de cada color, pero mejor blanco que paqui o indi, porque se llevan tu bicicleta sin permiso. Es esto un bar por habitante cuadrado y cada coche fúnebre de banderas rojas y amarillas que pasa por mi balcón.
Pero, ante todo, es cuesta arriba, por Paseo Sant Joan, a la una de la madrugada cuando las campanas me gritan que me salte los semáforos, la bicicleta de los 15 ruidos y su bocina simpática y sus libélulas dibujadas y mi sudor que se mezcla con las gotitas de un chaparrón anunciado, crónicas mortales de un verano que se fué y 5, cinco, semanas que se estiran con la pereza lánguida de aquel acordeón, cuesta arriba.