Hoy

Hoy me sentí muy lejos de casa. Eché una postal al buzón y mi pecho se hinchó de vértigo, sentí como si hubiera echado una botella al mar.

Andalucía alucinógena. (Abrazo al pensamiento atropellado, mañana cuidamos las formas).

Quién hubiera creído paisanita del rock que hoy te encontraría tiritando, sentada en una sillita de mimbre, en una terraza, en un café bajo la Alhambra, pensando en cualquier cosa lejos del Califato y Carlos V que no es Carlos IV, pensando hacia adentro:

…aún tanto camino interior por recorrer, que llegar hasta aquí desde allí no fue difícil y, sin embargo, algo del miedo a un porvenir igual de incierto que esta suerte de España espontánea queda en el centro del alma. Intermitencias de un pensamiento libre y un accionar coherente con él llegan hasta mí, y no hay porqué estropearlos, aún intermitentes, ya que esa libertad es la que me tiene hoy escribiendo en Granada con un billete de ida a Sevilla, y nada más. Aún así, no hay más por ahora que unas, repito, intermitencias subrayadas, algo me falta para liarlas, y es ese escurridizo amor propio, la seguridad de andar por el camino que yo misma siento trazarse dentro y la intensidad emocional para seguirlo pase lo que pase. Todavía necesito que alguien con certificados y credenciales me diga que tengo razón, que todo va bien, que me quieren, y a no malentender, que quiero el amor y la aprobación de los demás, pero no quiero necesitarlos, que necesitar lleva al alma a perderse hacia adentro pero por caminos estúpidos e innecesarios.

Quiero entonces romper con esta intermitencia, sentir la libertad de pensamiento y la apertura emocional para realizarlos como una realidad interior plena y constante, como un modo de vida asimilado, no anhelado. Que no, no tiro todo a la mierda en un ataque de ira contra mi misma, bien soy consciente que esto es una escalera y que mi cuota de libertad conseguida en mi canasta fue imaginada y luego concebida con ardor y ha llegado a costar cara en ciertas ocasiones ¡Vamos! Que tengo claro que esto es un camino, que lo elijo, que me siento bien cuando me encuentro en él, y que me encuentro a tiempo de subir mucho más. Pero a su vez, la visión clara de mi objetivo, de eso que está arriba de la escalera esperándome con saliva en la boca él, o yo, o los dos, ese escalón último del grado de evolución de esta práctica al que puede llegar uno, descompone mi estómago de ansiedad y hace que acelere a veces mis pasos, equivocándome de cuando en cuando, cuando es casi todos los cuandos a veces.

Y me enrollo las ideas y pienso…Si tan solo pudiera por momentos deshacerme de esta claridad en mi visión y disfrutar, lejos de mi saber, de una caricia vacía de la intensidad de esa conexión plena que anhelo pero aún así bienintencionada, del beso automático pero beso al fin. Parece que no puedo alejarme de esta búsqueda, que es persistente: por momentos duerme pero no desaparece, no logro abandonar esta toma de conciencia. Y cierro los ojos y lloro charcos por dentro y pataleo con la melena en las manos por sentirme diferente, y actúo y sigo los pasos de otros, y de esos otros más me alejo entonces.

Persigo el misterio de las pequeñas cosas, del abrazo ese, el bienintencionado y aún desconectado, pero no sé disfrutarlo. Día a día mi entrenamiento para develar su misterio mejora: trago la fruta antes de posar mi lengua en su piel, y el misterio se vuelve como una buena introducción a una canción de rock que no hace más que perder intensidad, decae, es efímero. Cuando el misterio dura más de lo pactado con mi ansiedad, y aunque no llego a saborear la fruta sí logro retenerla en mi boca con los dientes bien apretados, viene la desesperación. No puedo soltarla, y aprieto los dientes fuerte, y no, no puedo soltarla, aún cuando se escapa de mí como todas las cosas, me retuerzo sin poder soltar. Y siempre en el mismo lugar, día y noche esperando, con la lengua de la punta humedecida.

¿Cómo se hace? ¡Hey! ¡Solicito un abrazo! ¿Qué planilla se llena? Porque no me gusta patalear, aún cuando acepto, comprendo y hasta abrazo las patadas de los demás. No quiero pedir nada... "quiero que salga de vos". Estoy desconforme.
¿No aceptar esta actitud de disconformidad histérica que siento y castigarla, mientras no pretendo lo mismo de los demás, es síntoma de egolatría? ¿Por qué lo pregunto si en mi mente hace ruidos de afirmación? Siempre exigí mucho más de mí que de los demás, ¿Creo ser mejor? Y aún cuando pataleo porque ya se hace inevitable esta pelea interna con la realidad, no culpo a nadie. Que frustrante saber que en el punto más profundo de una realidad situacional X y de uno mismo, es este último el que se lastima, siempre más allá de los demás. Herir es, en los otros, parte de su camino, como parte del mío fue provocar situaciones en otros que desencadenaron su dolor. No lamento ser una persona de cambios, pero sí comprendo siempre que para cambiar hay que romper con ciertos hilos que a veces nos atan a otras conciencias. Pero yo siempre soy responsable de mi ruta, y no de esa lanita cortada con el otro cuando me moví, y cambié. Una vez que entiendo esto, ahí si que me quedo sin alguien a quien ponerle el mameluco a rayas de gran culpable. Sé que pueden herirme, pero soy yo a quien le duele. Sé que pueden rodearme de calor y hacer mi escalera más acolchonada, pero soy yo la que sanará al fin, el alivio será mío. Que duele el dolor de aquellos a los que sentimos parte de uno, es verdad, pero hasta ese dolor es de uno mismo, aún cuando sane al mismo tiempo que el otro.Que sí aunque me digas que no. Que sí.

Me doy cuenta de repente que se hace de noche. Que esto es viajar, porque me siento bajo la Alhambra, como tantos otros, pero yo veo una ventana rota en una casa bajo la torre primera, con el sol en el párpado izquierdo y el sabor acre del café en la boca, todavía. Y no puedo revelarles esto, no puedo, y veo la ventana rota y sé que los otros en sus tantos otros viajes siempre se sentarán, como yo, una y otra vez en el mismo lugar, y verán algo asimétrico.



La Alhambra, Granada, Andalucía, octubre 2008.