Siesta

- No encuentro la posición…
- Yo puse las manos arriba de la panza.

Plaza Armenia está siempre llena de chicos, aunque sea jueves. De a ratos viene un olor a caca de perrito con tierra, pero uno se acostumbra. Ya casi llega la primavera, o por lo menos eso anuncia el sol que pica un poco en la cara. Aún así, el clima no permite todavía sacarse el suéter, aunque se llene de pasto. Todavía siento el helado de chocolate con almendras en los labios. Hay un desnivel en el suelo hacia mi derecha. Unas rejas y más allá, demasiado cerca, Nicaragua y sus taxistas que se saludan.

- Yo también puse las manos arriba de la panza, pero la panza me creció tanto este año que los brazos se me caen a los costados. A ver. Quedáte así. Sí. ¡No! ¿Qué te movés? ¿No ves que me agarra la neurosis? Ahí va…

No me es difícil dormirme al sol. Es más, el naranja de los párpados cerrados me induce al sueño. Decido que es más cómodo ceder y mover la cabeza hacia mi derecha, aunque anule la posibilidad de que la piel pierda algo de su blancura invernal.

- Che, despertáte.

La odio un rato, después comentará que dormí más de media hora. Sin abrir los ojos, escucho voces cercanas de chicos jugando. Quiero preguntarle por qué me despertó, y en cambio digo “Se fue el sol. Matá al nene”.
Sin mover la cabeza pero esta vez abriendo los ojos, veo al nene mirándome con la cara más seria que alguien de 5 años puede poner. En verdad, tal vez tenga 3 o 7, nunca fui buena con las edades.
El nene estaba demasiado cerca, y ahora implora que retire la orden que impartí a mi amiga. Me da lástima haberlo asustado y quiero sonreírle, pero me paralizo cuando veo que los padres están todavía más cerca que los chicos.


- ¿Qué onda? ¿Nos vamos?
- Si, volvamos y hagamos unos mates.

Sincronizadamente miramos a los nenes, a los padres y nos miramos a nosotras mismas. La complicidad es grande. Las dos nos reímos, es bastante desagradable para los padres ver a dos chicas cirujas llenas de pasto y de ojos hinchados pidiéndose mutuamente matar al nene. Al mismo tiempo algo me dice que esos cuarentones extrañan estar tirados en esta alfombra verdosa y se avergüenzan de habernos despertado.
Nos levantamos de a poco. Yo me vuelvo a tirar dos veces, remoloneando como si estuviera en la cama.


- Mirá como se besuquean esos dos. Ésa, la del uniforme. Que están acostados. Ahí.

No me quiero levantar, apuntando a la pareja busco una distracción para mi amiga. Miro a la colegiala una y otra vez. Él parece contarse los nudillos de la mano derecha señalándolos uno por uno, probablemente acompañando el conteo con un relato estúpido, besos intermitentes y sonrisitas afeminadas.

- Estás envidiosa.

Prefiero cuando manejamos implícitos, pero sí, un poco. Ella me acompaña:

- Mirá, ahí hay otros besuqueándose.

Nos ponemos el tapado. Claramente no nos sienta bien el tapado después de una siesta linyera desmoronadas en la plaza.
De camino a casa, tenemos que pasar frente al banquito donde la segunda pareja avistada juguetea. Como escudo y como siempre, le pido un cigarrillo. Ella tarda mucho y, sin saber bien cómo, pasamos delante de la pareja sin crisparnos. De alguna manera encontramos algo más interesante de qué hablar.

Doce

Pronto no quedarán sino personas y cosas inofensivas,
lastimosas y desarmadas en torno a nuestro pasado,
tan sólo errores enmudecidos.*


Camino rápido, con el cigarrillo semiprendido en la boca, con un brazo rígido aferrada a mi mochila y con el otro extendido, agitándolo, mirando suplicante al conductor del 12. La mala predisposición para abrirme la puerta me es indiferente, sólo quiero sentarme y escuchar música. Deslizo las monedas obedientemente y, como una máquina tragamonedas, siento una gota de sudor que cae por mis lumbares. Imagino como la gota diligente se disuelve, rozando la cadera, entre las fibras de mi jean.

Sé, porque es rutina (y de las rutinas se aprende poco, pero se aprende) que en una de las tantas cuadras que haré saltando en mi asiento amortiguado de cuero identificable, te voy a recordar. Como siempre será una sola policromática imagen que se repite una y otra vez, yuxtaponiéndose, como un dibujo animado inmóvil. Hace tiempo que la animación dejó de tener sentido, que tus caras se superponen con un sonido de ametralladora continuo y seco que me indica que el tiempo en el cuadro transcurre, pero las figuras estáticas, aunque vivas, siguen interrumpidas. Si intento detener el movimiento del papel el efecto es devastador: tus rasgos comienzan a hacerse borrosos, y se me escapan. A veces a esto le sigue un baldazo de alivio, alivio de no verte; pero la imagen obstinada vuelve a emerger y con ella sus multiplicadas facsímiles infinitas, una sobre otra, a velocidades cinematográficas.

Comencé hace unas semanas el segundo experimento de extirparte de mi vida, por lo menos de mi vida cortada como un bife, es decir, de mi vida cotidiana. Esta vez, a diferencia de la anterior, opté por no informártelo. Tal vez así si fracaso no tendré que verte verme fracasar.

Algo me dice que todo funciona “de pelos”, porque hace dos semanas que, al subirme al 12, el recuerdo-cuadro yuxtapuesto una y otra vez es el mismo: no varía, no me toma por sorpresa. Supongo que sería natural decirte que no es ninguno de los repugnantemente tristes y, si lo pienso en el conjunto, es de los menos significativos: Es (como creo no podría ser de otra manera) el primer día que decidimos, por arte de tu inercia y mi escepticismo, dormir juntos. Nos veo, mientras el 12 toma Gallo y dobla en Güemes, buscando a pie un Bar, a esa hora de la madrugada en que los bares cierran, y mirando de refilón a nuestro amigo en común que se va después de las primeras tres cervezas, semidespidiéndose, extrañado un poco de las circunstancias. Una y otra vez pienso en tu cara esa noche, cuando tu risa de dibujo animado no significaba nada; pienso en mis gestos aturdidos cuando todavía no significabas nada y en las ganas de que duermas en mi cama sin que signifique nada. Como verás, en estos días fui reviviéndonos rebobinativamente, siempre hacia atrás, siempre al primer gusano, primitivo y superficial.

Esa madrugada es mi último recuerdo recurrente, al que algunos días me abrazo como el último tablón de este barco que se hunde. Lo que pasa es que, a veces, dejar de extrañarte se siente como un delito, y la angustia que se robó tu forma cuando dejé de verte pasó a ser un refugio, escudándome de otras nuevas y amenazantes tristezas.
Mejor malo conocido que siento volando.

Te escribo para contarte que ya me olvidé del resto. Que no me acuerdo siquiera qué tenías puesto. Ni sé más de ese día en que quisiste exhibirme a tus amigos y olvidé sus nombres. (No olvidé así sus caras. A decir verdad logré saludar a una parejita hace poco en una plaza).
No me queda ni siquiera la imagen que me acosó en los días más fríos, imagen cruda, escarchada de julio, tiritante de palabras huecas. Sigue siendo gélida, sí, pero inaccesible. Me gustaría explicarme mejor: es que ya no siento palpitante mi desnudez de arterias verdes pegada a vos y vos pegado a tu instrumento; ahora solamente nos veo a los tres desde la ventana descomunal de tu casa, como una película que de tantas veces narrada olvidé. En estas últimas semanas llegué a dudar si alguna vez hubo un lapsus en que nos besamos cada día realmente; si es verdad que a la tarde nos invadían rayos de luz de la plaza, cacheteándonos el sueño; si es verdad que me gustabas tanto.

Solamente subo al 12 y me veo una y otra vez jugando en ese primer Bar, con mis dedos en las órbitas de tu oreja, fisurando la posible amistad, presentando mi orden de allanamiento para registrarte, a ver si de una buena vez querías besarme. Invitándote a dormir, sin jugar todas mis fichas; más bien incendiando el casino. Jugando con fuego, le dicen. Uno nunca se da cuenta de los desgarros irreparables que puede provocar el fuego en la cabeza.

Después del Bar, en el 12 no hay nada. Fue otra mina la que en estos meses respiraba entrecortado cada vez que sonaba el teléfono sabiendo que no eras vos; no estoy segura tampoco de haberte llamado, ni quiera sé el número de tu casa y mucho menos en qué piso vivís. No recuerdo el color exacto de tu pelo, ni qué tono de rosa tenía mi cara cada mañana en tu espejo. Me cuesta pensar que fue mi cuerpo el que lloró varias veces al ritmo de tu respiración dormida, contemplándome, patética, patrullando mis próximos movimientos heroicos. Si no es autodesctructivo, man, no es amor.

En este tiempo tan íntimo como reciente, deambulé avanzando de espaldas día tras día, volviendo de a poco al Bar, recreando uno a uno todos esos minutos humanos en el camino. Este rebobinar liberador me acarició la espalda y, de manera inversamente proporcional, cada imagen que me abandonaba tras mis pasos me acercaba más a ese día de pub barato, gusano primitivo que hoy me queda, recuerdo suelto en el bolsillo, dispuesto a que lo consuma en tres pitadas.

Tengo que confesar que ya no me acuerdo de las últimas lágrimas de otoño en un banco de la plaza mientras los chicos aspiraban pegamento y los perros cagaban desechos calientes sobre el pavimento. No podría decirte con qué ansiedad en otro tiempo bajaba en el ascensor para encontrarte. Ese día de calor, con la camisa en la mano y, con el sudor centelleante, pegado a tu instrumento; la verdad es que olvidé, como olvidé lo que quería decirte cuando nos alejamos, esa palabra mágica que te haría extrañar mis chistes rancios y mis desayunos miserables. Esa palabra irreal.

Hoy solamente está la mueca de nuestro amigo yéndose del Bar inaugural, mirando nuestro primer beso, un poco atónito, un poco aburrido. Sólo me queda ese Bar de Corrientes (ya sé que está en otra calle, ya sé que nunca más lo vi, que ese bar es un enigma; pero decidí llamarlo así). Estamos nosotros, desconocidos, dándonos la mano como quien no quiere la cosa, pateando las 6 de la mañana de ese invierno lamentable lleno de candelas urbanas que nos guiaron en silencio a despedazarnos un rato.

Ese es el último cuadro, el que me queda. Y un día de estos, sé que voy a perderlo también, entre los rebotes de mi asiento de cuero del 12, entre el tabaco suelto en mi bolsillo. Sé que distraída tal vez meta este recuerdo con las monedas en la máquina de mi 12 rutinario, y convertido en boleto no te vea nunca más. Aunque me de pena. Aunque lo sienta como un delito. Voy a verme desde arriba, como si fuera otra, besándote en el Bar de Corrientes. Incendiando el casino, invitándote a dormir. Hasta podría eventualmente sonreír.

Quién dice, tal vez uno de estos días me bajo del 12 después de ver tu nombre escrito en el último asiento, preguntándome quién carajo eras.

* Si está mal citado, es culpa de Iacobus Tarqui. (AL)