05/11/09

El Exámen

Primer parcial de Teoría Literaria III, Noviembre 2009.
Escrito en 28 horas con interrupciones (ninguna para dormir) y mucho mate.
Mucha fiaca arreglarle las citas... lo siento.


De Metáforas Motores y Spleen

O.

Grado Cero: La primera persona: Releo, una y otra vez: “En la Atenas de hoy en día, los transportes colectivos se llaman metaphorai: Para ir al trabajo o regresar a la casa, se toma una “metáfora”, un autobús o un tren”[1]. Algo de un recuerdo involuntario aún latente zumba insistente, y súbitamente, como morder una torta frita húmeda de mate cocido. Entonces: Un libro verde en la biblioteca blanca se lleva toda la atención. Primeras Invenciones. Felisberto Hernández. Página noventa y ocho. “El taxi”:

“He tomado una metáfora de alquiler y me dirijo a “la oficina”. La metáfora es un vehículo burgués, cómodo, confortable, va a muchos lados; pero antes tenemos que decirle al conductor dónde vamos a concretar el sitio: si le digo que quiero ir a lo incognoscible sabe dónde llevarme: el manicomio”[2].

1.

Pulsión: ¿Qué figura podría llegar a concentrar suficientes elementos como para ser considerada una característica de la experiencia de la ciudad moderna?
Disparamos una bengala. Figura elegida: El shock. El shock de la multitud, el shock de la misma configuración urbana. La crisis táctil, la crisis perceptiva.

2.

La circulación. Es la circulación un principio que hasta hoy prima en la planificación urbana de las ciudades modernas, a pesar de la proliferación de esos tan venerados por la burguesía “espacios verdes”: las plazas. “El espacio se ha convertido en un medio para el fin del movimiento puro –ahora clasificamos los espacios urbanos en función de lo fácil que sea atravesarlos o salir de ellos”[3]. Aún las plazas (uno de los pocos lugares generalmente construidos, en teoría, con un fin no comercial) son víctimas del mandato urbano de la constante circulación peatonal: se trazan en sus superficies cuadradas, diagonales que nos permiten cruzarlas “más rápido”; a veces sus planos arquitectónicos se anticipan a este mandato, otras, el caminar apurado de los transeúntes es el que dibuja sobre el espacio verde perfectas transversales marrones uniendo sus vértices. La circulación se impone en la ciudad, hasta, a veces, más allá de su propia materialidad inicial.

Ahora bien, esta circulación es maquínica y rítmica, cual caja musical (de melodías que aturden); posee un tempo particular, debido a la constante atención que el caminante debe poner al peligro que lo acecha y el apuro con el que traza su itinerario. Dentro de la búsqueda incesante de Le Corbusier de una planificación urbana donde pudiera garantizarse la ausencia de este constante sobresalto, expone:

“El problema queda planteado por la imposibilidad de conciliar las velocidades naturales, la del peatón o la del caballo, con las velocidades mecánicas de los automóviles, tranvías, camiones o autobuses. La mezcla de ambas velocidades es fuente de mil conflictos. El peatón circula en perpetua inseguridad, mientras que los vehículos mecánicos, obligados a frenar constantemente, quedan paralizados, lo cual no les impide ser ocasión de un peligro de muerte permanente”[4].

Por otra parte, Walter Benjamin introduce la idea de un entrenamiento para sumergirse en la multitud. Con respecto al tráfico escribe “Moverse en éste condiciona a cada uno con una serie de shocks y de colisiones. En los cruces peligrosos le contraen, iguales a golpes de batería, rápidos nerviosismos (…). La técnica ha sometido al sensorio humano a un entrenamiento de índole muy compleja”[5].

El tempo de la circulación es el que marca los límites de la libertad que brinda la ciudad; la libertad de uno comienza donde termina la del otro. El pasajero de la metáfora percibe: “si vamos más lentamente que los demás, nos rompen los oídos con alaridos artificiales los que vienen detrás; si vamos más ligero podemos chocar (…)”[6].

Este moverse con libertad que propone la ciudad “disminuye la percepción sensorial, el interés por los lugares o la gente. Toda conexión visceral profunda con el entorno amenaza con atar al individuo (…) para moverse con libertad, no se pueden tener muchos sentimientos (…) el individuo móvil contemporáneo ha sufrido una especie de crisis táctil, el movimiento ha contribuido a privar al cuerpo de sensibilidad”[7].

3.

El embotamiento de los sentidos. Una regla de tres. Simple. A mayor libertad, más desafilados los sentidos. ¿Qué hacer, qué hacer? El taxi, la metáfora. El taxi se presenta como un refugio, pero también como un encierro, el mismo que mantiene al hombre del café de Poe ( en “El hombre de la multitud”[8]) detrás del cristal del lugar, sentado, mirando a la multitud pasar[9].

En el taxi se da un movimiento inverso, pero el efecto es similar: “La metáfora pasa por lugares parecidos a los que yo he recorrido a pie y sin atenderlos mucho, pues en esos momentos atendía a tipos determinados. (…) la metáfora tiene la ventaja de la síntesis del tiempo, y de la provocación de recuerdos”; los recuerdos en el relato se configuran como “sombras”. “Las sombras que veo ahora no son iguales, pero me hacen acordar a aquéllas y misteriosamente (…) me despiertan sombras que he visto y me hacen ver otras nuevas”[10]. La metáfora facilita la percepción, el recuerdo involuntario, -motor de la experiencia- al mismo tiempo que refugia, encierra, protege al hombre del café del embotamiento de los sentidos.

El recuerdo involuntario es posible dentro del taxi, a través del cristal del bar, en el refugio de la metáfora (pensando en Baudelaire), en el tranvía en el caso de Benjamín, o, pensándolo mejor, en Baudelaire en el caso de Benjamin. Es ese pasado con el que eventualmente tropezamos, “y es cosa del azar que tropecemos con él antes de morir o que no nos lo encontremos jamás”[11]. Este recuerdo involuntario que posibilita la experiencia puede sostenerse tanto dentro del refugio de la metáfora, como a través del cristal del spleen[12], uno de los pocos casi perpetuos productos de la modernidad, acogido con (sí, un oxímoron) entusiasmo en la actualidad (especialmente el spleen sexual y spleen artístico).

4.

To spleen or not to spleen.

“Ahora, miro las calles, y veo que por otro lado, la metáfora, en su velocidad, en su síntesis de tiempo en el espacio, en esta ilusión de achicar el espacio, tiene también, algo de provisorio que me exaspera; atropella demasiado al cruzar las calles: tendría que pensar y sentir con otro ritmo y con otra cualidad de pensamiento; el misterio de las sombras se transforma demasiado bruscamente en el misterio de lo fugaz”[13].

La velocidad es excesiva en relación al “afuera”, las sombras se cruzan con una rapidez que es difícil de soportar. El encierro exaspera, la experiencia parece acontecer allí afuera, a otro ritmo: la velocidad de la multitud, no la del chofer de la metáfora. “Claro que hay muchas clases de metáforas. ¡Caramba! parezco un paisano que nunca hubiera andado en metáfora. Y eso que he subido en metáforas que andan por el aire y que me han empequeñecido las cosas mostrándomelas desde una altura inconveniente, y eso que he andado en subterráneos de gran profundidad donde no se ve nada para los costados”[14]. No sería arriesgado pensar en la diferencia entre ésta y las otras metáforas en las que ha viajado el pasajero; la mirada puede posarse lo suficientemente cerca como para captar la presencia de las sombras, cosa que difícilmente sucede desde las alturas y mucho menos desde una metáfora subterránea. Lograr mantener esta mirada contemplativa y la potencialidad de la aparición de recuerdos involuntarios tiene un precio si no se quiere contagiar uno de spleen, y es el de vivir a un ritmo diferente al de la multitud.

5.

Sobre cómo tener una experiencia de la metrópolis. Itinerar. Moverse por la ciudad, hacer en contraposición a ver; o hacer para mirar, itinerar para “cartografiar”, circular para recién ahí erigir un espacio.
Para moverse por la ciudad hay que generar este entrenamiento que introdujo Benjamin. Él mismo desarrolla en su viaje a Moscú diversas destrezas que le permiten “levantar la mirada” hacia la ciudad: caminatas sobre el hielo, intentos fallidos de orientación, reconocimiento de la grafía rusa, viajes urbanos en diversos medios de transporte. No sólo eso, también debe familiarizarse con la ciudad, crear pequeños hábitos: la visita reiterada a un café hasta convertirlo en “el café de siempre”[15].

Una vez dado el proceso de apropiación de la ciudad, la mínima comodidad necesaria, lo nuevo se deja ver: aparece lo antes inadvertido por haber tenido que caminar adquiriendo el ritmo del gentío, sin poder levantar la mirada hacia la metrópolis. Esta mínima comodidad siempre se encuentra en tensión con la incomodidad que produce la multitud y las velocidades encontradas en la ciudad. Las destrezas servirán entonces para esto último: girar a tiempo sin dar “ninguna señal de impaciencia”[16].

El itinerario se mantendrá entonces en esta tensión entre el reconocimiento producto de una conciencia despierta y el dejarse llevar por la ciudad y sus señales (que difiere de dejarse arrastrar por la multitud). Cancelar las intenciones, pero no desoírlas. “(…) quería aprovechar el viaje en metáfora; y cuando el hombre se pone a intencionar los hechos, es terrible, es peor que Dios, acaso él es el mismo Dios. Sin embargo, hay que intencionar. Si no intencionas, te intencionan”[17]. Si uno no itinera, lo itinera la amenazante multitud.

6.

Sobre las amenazas de la multitud a las que deberá enfrentarse si decide itinerar. El deseo del pasajero de la metáfora por “liberar el cuerpo de resistencias, lleva aparejado el temor al roce”. Preservar el orden, y el orden significa “falta de contacto. En la multitud moderna la presencia física de los otros seres humanos es sentida como algo amenazante”[18]. El hombre del café de Poe transforma su contemplación distraída en una minuciosidad alejada del realismo –más bien deformante-, sumergida en lo fantástico, que logra materializar la amenaza que siente el sujeto de parte de los transeúntes de gestos indiferenciables que recorren el ventanal.

“Mientras más uniforme se vuelve el espacio exterior en la ciudad contemporánea, y apremiante debido a la longitud de los trayectos cotidianos, con su señalización terminante, sus molestias, sus miedos reales o fantasmagóricos, más se reduce el espacio propio y se valora como lugar donde uno se encuentra finalmente a salvo (…)”[19].

A salvo en el taxi, a precio de mirar desde adentro de una metáfora, desde afuera de la multitud: encarcelado en una constante contemplación que ni siquiera conlleva las privaciones de libertad que padece el conductor del vehículo que, según Horkheimer, son regulaciones externas con las cuales paga la velocidad de su desplazamiento. Tan sólo mirar por la ventana, intentando captar las sombras de cuando en cuando, es “exasperante”.

7.

De gestos y uniformidades. “Los gestos son los verdaderos archivos de la ciudad, si se entiende por archivos el pasado seleccionado y reutilizado en función de los usos presentes. Cada día rehacen el paisaje urbano”[20]. El hombre detrás del cristal del bar no distingue gestos, sólo ve “uniformidades en la expresión” de los rostros[21]. Por su parte, el pasajero de la metáfora se hizo víctima de la velocidad y la homogeneización de las sombras (imaginemos un conductor de metáfora que conquista ahora uno a uno los semáforos de una “onda verde” en Av. Paseo Colón).

Un rostro (que finalmente será lo mismo que cualquier rostro) hace que el hombre del café se intencione y decida introducirse en el afuera, al acecho del misterio del rostro avistado a través del cristal. Se pierde en la ciudad del mismo modo que Baudelaire lo hizo, girando entre la multitud, odiándola; “Baudelaire ha colocado la experiencia del shock en el corazón mismo de su trabajo artístico”[22] para culminar como “un hombre fatigado cuyos ojos no ven más hacia atrás”[23]. Pum spleen.

8.

“El precio de la metáfora ha aumentado demasiado para mi bolsillo. Aprovecho las circunstancias de que el “varita” hace señal de que los vehículos se detengan; pero mis ideas siguen: ellas han comprendido que ya han estado demasiado tiempo adentro y que si no quiero que me encierren, deben trabajar para afuera. Entonces, he abierto de pronto la portezuela del taxi y me he perdido entre la multitud”[24]. Mejor itinerar, que ser itinerado; más aún, mejor arriesgarse al spleen, como Baudelaire, y tal vez hallar esa velocidad de exactitud matemática que le permita recordar involuntariamente, perdido en la multitud. Al fin y al cabo, la experiencia no se configura como figura retórica y la literatura no es un metalenguaje de la ciudad, sería estúpido para el pasajero seguir intentando transitarla subido a una metáfora (más aún cuando hay poco dinero para pagarla).





[1] Michel De Certeau, “Relatos de espacio” en La Invención de lo Cotidiano vol I., Universidad Iberoamericana,
[2] Felisberto Hernández, “El taxi” en Primeras Invenciones, Siglo XXI, México, 2007. Pág. 99.
[3] Es mucho lo que puede decirse en torno a la circulación y la relación entre cuerpo saludable-ciudad saludable –en torno a los, en esa época, pensamientos higienistas-. Sennet realiza una genealogía de la ciudad que no parece necesario reproducir en este texto pero que de alguna manera se infiere.
Richard Sennet, Carne y Piedra, Madrid, Alianza, 2003. Pág. 20.
[4] Le Corbusier, Principios de urbanismo (La Carta de Atenas), Planeta, Buenos Aires, 1993. Pág. 92
[5] W. Benjamin, Sobre algunos temas en Baudelaire, Pág. 147
[6] Felisberto Hernández ob cit 99
[7] Richard Sennet, ob. cit, Pág. 274
[8] Edgar Allan Poe, “El hombre en la multitud” en Cuentos I, Alianza, Buenos Aires, 1970.
[10] Felisberto Hernández, ob. cit, Pág. 100
[11] Marcel Proust en W. Benjamin, Sobre algunos temas en Baudelaire.

[12] spleen como un híbrido de melancolía y hastío, tedio. Spleen clásico: Marcel Proust. Spleen siglo XX: Michel Houellecebq, (alto contenido de spleen sexual, entre otros, en Plataforma) con la pretensión de vida del autómata; la cancelación total de la experiencia. El spleen del poeta guarda estrecha relación con la conservación de su conciencia además de la frustración que le produjo la experiencia.
[13] Felisberto Hernández, ob. cit, Pág. 100-101.
[14] Felisberto Hernández, ob. cit, Pág. 101.
[15] “Tan solo en la medida en que se consigue esta clase de reconocimiento pueden hacerse descubrimientos en la ciudad; mientras no se reconoce nada, tampoco se descubre nada”.
Martín Kohan, Zona Urbana. Ensayo de lectura sobre Walter Benjamin, Buenos Aires, Norma, 2004. Pág. 158
[16] Edgar Allan Poe, “El hombre de la multitud” en Cuentos I, Madrid, Alianza, 1970. Pág. 247.
[17] Felisberto Hernández, ob. cit, Pág. 102.
[18] Richard Sennet, ob. cit, Pág. 23-24.
[19] Michel de Certeau, “Espacios privados” en La invención de lo cotidiano vol. II, Universidad Iberoamericana, Pág. 149.
[20] Michel de Certeau, “Los aparecidos de la ciudad” en La invención de lo cotidiano vol. II, Universidad Iberoamericana, Pág. 149.
[21] W. Benjamin, ob. cit., Pág. 148,
[22] W. Benjamin, ob. cit. Pág. 132
[23] W. Benjamin, ob cit., Pág. 169
[24] Felisberto Hernández, ob. cit, Pág. 102,

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