Gipsy Punk

Mientras caminamos por el Clú Ciudá, on the way al escenario(s), hay gente extraña que regala mate taraguí o que itinera entre el stand top de Phillip Morris acolchonado (donde podés tomar en tus manos una guitarra eléctrica y sacarte una foto que después suben a una página para que te busques a vos mismo entre mil fotos y desde esa página se la mandes a tus amigos y después phillip morris tenga una gran base de datos para rompernos las pelotas) y otros stands similares (rock&pop, mega, etc).


Los Tipitos hacen lo suyo, Los Auténticos igual. Todo está dispuesto para que este sea un festival como tantos otros, hasta que podamos poner los ojos en aquello que vinimos a contemplar: los bíceps del cantante de Calle 13. Llegado el momento, será evidente que perrear es imposible: la fiebre de estrógenos adolescente mojará mi camiseta y ls cabelleras rubias Sedal por primera vez sudadas me taparán la mitad de los abdominales de nuestro tótem boricua.


A esa altura mis amigas habrán desistido, pero mi ímpetu punk y mi terquedad violenta (siempre impulsada por estupefacientes o recitales) me harán luchar, utilizando todas mis destrezas pogueras en contraposición a la temeraria imposición de las fans con el día de mi cumpleaños en las mejillas, hombro con hombro con las malditas niñas hasta llegar a traspasar con un brazo la valla. Claramente Calle 13 no era para tanto, es tan sólo ganar.


Pero antes, mucho antes, vi el mejor reci del año: Gogol Bordello. Contra los argumentos de mi amigo Ido, quién vapulea la actitud, algo en este cantante ucraniano pirata le ponía espíritu punk a la noche, mientras insistentemente un violín se hacía presente y, como un balde de cerveza en la cabeza, segundos después de esa intro la primer canción se rompía en mil pedazos de colores astillándose el los oídos del público sorprendido.


Una mezcla de Kusturica y The Clash nos hizo saltar sin descanso, al ritmo de una tailandesa y una china que apretaban las piernas mientras hacían estallar un bombo y unos platillos, el toque mágico e inolvidable de un violinista salido de la segunda guerra mundial y un acordeón imparable rociado de aceite. Contra toda la cultura de letra argenta, la mitad de las canciones en lenguas del este mezcladas nos hacían, por fin, olvidar su importancia, para abandonarnos a la pura voz de tinto del cantante y su bigote que se movía con un tic de fonos incomprensibles bien piratas. INOLVIDABLE. Así fue Gogol Bordello. Así se la dejó picando a Los Fabulosos después de un gol que nadie vió venir pero que levantó un Pepsi que pintaba como cualquier otro.


Para los curiosos: www.myspace.com/gogolbordello

http://grupomuu.com.ar/2009/11/09/gogol-at-the-pecsi/

Tip: Hay una buena versión de "mala vida" en un CD que se llama Eastern Infection, pero recomiendo bajar antes que nada Super Taranta!

















1 comentario:

Lorenza Murió dijo...

ey! que buena crónica!, me gustó, voy a recomendarte en mi blog para que te llamen de la rollin' y de la mano, o lo que sea..