Caputxes. O de cómo Osvaldo se hizo Ser.

Como cada día hábil, Osvaldo camina a su casa desde el trabajo. Toma passeig de Gràcia (a esa hora la avenida está libre de turistas) y con las manos en los bolsillos mira hacia el estanco: Jaume, su colega de la universidad, opera como vendedor de “paper” y tabaco hace algunos meses, producto de la incipiente crisis económica y mental que atraviesa el país. A las 12:09 la mirada de Osvaldo busca encontrar a Jaume antes que este último lo haga, ya que si no lo ve detrás del mostrador no entrará a buscarlo (jamás lo ha hecho).

Afortunadamente hoy Jaume está ahí, ordenando cromáticamente los mecheros bajo la vitrina. Osvaldo le sostiene la mirada un segundo desde la vereda, mueve la cabeza hacia abajo sin sacar las manos de los bolsillos, como acostumbra a saludar a través de los vidrios, y prosigue su camino.

Llegando a la esquina enciende su cigarrillo, sincronizado con los dos semáforos que cruzará y las cuatro calles que quedan por recorrer después de eso. Terminará, como lo hace de lunes a viernes, el cigarro en la puerta de su casa; con la misma mano con la que Osvaldo siempre se deshace de los blancos filtros, tomará las llaves del bolsillo derecho del pantalón y abrirá la puerta saludando, ya con la nariz en alto, al portero del edificio.

Osvaldo obedientemente sube uno a uno los escalones que lo separan de la puerta del piso que comparte con su mujer y su perro, Garufa. Escucha desde el primer escalón (que sube con el pie izquierdo sin dudarlo un momento) a Garufa ladrar; la nobleza de los perros siempre le dio a Osvaldo una mezcla de falsa culpa e irritación; nunca logra decidir si la nobleza canina es fruto de la bondad cristiana o la estupidez.

Decide, por hoy, alterar los patrones habituales y sacar al pobre diablo ladrante a pasear antes del almuerzo. Al abrir la puerta un ruido seco que proviene de la habitación lo sobresalta (igualmente Osvaldo nunca está pensando en nada que no pueda ser interrumpido, por lo que el sobresalto es mínimo). Probablemente, al abrir la puerta la corriente de aire empujó alguna otra hacia el estruendo haciéndola estallar en chasquidos individualmente imperceptibles.

Su mujer (que no está en la cocina, ya que Osvaldo ha tomado la correa de Garufa que siempre deja sobre la heladera y no la ha saludado) debe estar en la habitación, secuestrada por la pereza de abrir la puerta culpable del sobresalto hasta finalizar la tarea que no podemos determinar ahora (ya que, como dijimos, la puerta se encuentra cerrada).
Osvaldo saluda, avisa sobre el paseo imprevisto, y recibe de su mujer una respuesta entrecortada, por los autos que transitan Travessera de Gràcia y los ladridos de Garufa que mueve la cola, el culo y la cadera acompasadamente (por momentos también sus patas, al tensarlas, se deslizan a ritmo en el piso prolijamente encerado; hasta cabría pensar que las gotas entre ellas son ansiedad materializada).

Comienza a bajar las escaleras con el pie derecho y toma la correa con la mano izquierda; atrapa al perro ya casi en la puerta del edificio; aprovechándose de su imbecilidad habitual le coloca la correa y abre la puerta de calle parándose unos segundos en el umbral que lo separa del ruido de las motos.

Irritado y sorprendido de sí, palpa su bolsillo izquierdo y descubre que le faltan los cigarrillos. Indignado aunque un poco más tranquilo (sería algo así como una indignación privada) se toca el derecho: tampoco están allí. La ira se apodera de Osvaldo, que repite una y otra vez: “No me lo puedo creer. No me lo puedo creer”.

Tener que atar a Garufa, o pedirle al portero que se encargue de él unos minutos, es un exceso que jamás se permitiría. Se reprocha haber decidido, contra su inercia habitual, dar el paseo antes del almuerzo. Pero nuestro hombre es astuto y no pierde el tiempo enredado en historias contrafácticas. Castigándose por el error, decide entrar con el perro al edificio y subir con él también hasta el piso (sabe que a Garufa le costará soportar el imprevisto y se volverá intolerable. Entonces, el arrebato del paseo adelantado junto a la punición del fastidio que le producirá a Osvaldo el can, equilibrarán las cosas de modo que todo volverá a su neutralidad elemental).

Abre la puerta de casa y suspira repetitivamente, sabe que tendrá que explicarle a su mujer que se ha olvidado los cigarrillos; que no puede pasear al perro sin ellos, que no cree que dejar de fumar sea sano en un caso como el suyo, que no estaba pensando en otra mujer en el momento del olvido, que ha tomado la medicación esta mañana.
Para completar el castigo, Garufa gira en torno a él y da saltitos hacia la cocina. Osvaldo ya fuera de sus cabales se agacha para tomarlo por el pescuezo y sacarle la correa, pero un mal movimiento hace que pise una media azul recostada sobre el mosaico encerado y, con un estruendo al nivel auditivo del portazo de hace un rato, cae con un grito, de espaldas.

Olvida por un momento al perro, y mira la media inocente, dormida como una tripa vacía y azulada sobre el mármol blanco de su hall de entrada. Se odia a sí mismo por segunda vez en el día, ya que se da cuenta que antes de salir también vio a esa media, insolente. Para colmo, algo en ella lo detiene: una etiqueta que versa “hecho en Argentina”. Él, aún siendo nacido y criado en San Telmo-Buenos Aires, no tiene medias argentinas. Su mujer, asturiana sin viajes en su haber, tampoco.

En vez de levantar la cabeza del suelo mira hacia atrás y ve, patas arriba, a su esposa que lo mira desde el marco de la puerta recién abierta. Si no estuviera viendo de revés, y desde abajo, el semblante de ella explicaría toda la media azul sobre el mármol blanco. Pero sólo llega con esfuerzo a hacerse una idea de la mirada femenina que lo escruta y la atribuye a lo sorpresivo de su paseo adelantado con Garufa, la vuelta inesperada a buscar los cigarrillos y su nefasta caída en el hall.

No logra abarcar el rostro de su mujer, pero algo detrás de ella explica finalmente todo. De izquierda a derecha (y esta vez sí favorecido por el ángulo de perspectiva que permitió su caída) ve pasar por la puerta, a dos metros de su esposa, un pene con piernas y camiseta. El semierecto y furtivo péndulo duda en el umbral una micronésima de segundo al, probablemente, percibir que ha sido interceptado por el campo visual de Osvaldo (aún así el miembro viril prosigue su camino, tal vez confiado en un golpe de suerte por el cual el cuerpo en el mármol no se haya percatado de su presencia, tal vez porque ante otra posible realidad lo más importante es esconderse en unos pantalones que no revelen su paradero).

De su laringe, el español argentinizado de Osvaldo grita “Puta. Me has cagado. Me has cagado. Te voy a recagar a trompadas”. Como un completo idiota repite exactamente la frase dos veces más, mientras se incorpora tirando la correa (que pudo, ahora sí, sacarle al perro) por la ventana de ese piso de 1910 que alquilaron con tanto esmero hace algunos años. La mujer se acomoda sutilmente la babeada ropa interior, apoyada contra el marco verde de la puerta, sosteniendo en la mano izquierda un preservativo lleno pero sin nudo aún, tal vez todavía tibio. Lo mira ahora a Osvaldo de frente, se para derecha y bajando la vista acaricia la cabeza de Garufa que percibiendo el ambiente tenso decide irse a la habitación. Parece sonreír, pero es sólo una alucinación, las situaciones en la vida a veces rebalsan, mas no tanto.

Osvaldo gruñe. Esquiva todo contacto visual con su mujer y de tres zancadas cubre la distancia de tres metros que lo separan de ella, la empuja hacia un costado y entra a la habitación. Como en una película, espera encontrar a la impertinente y ancha erección enemiga, exagerada en la cama esperando paciente una segunda (o, quién sabe, la tercera) embestida de la mujer. Más su suerte jamás permitiría escena semejante: lo único que encuentra es la ventana abierta y la cortina que, gracias a la corriente de aire que la acaricia, le indica el camino que tomó el fugitivo falo. Se inclina por la ventana con el ceño aún endurecido y ve, al otro lado de la calle, al pene impertinente y ancho ahora escondido tras un cierre relámpago, subido a una moto ya en marcha. Con dos bocinazos agudos y el acelerador apresado bajo una bota tejana, súbitamente se aleja doblando en la esquina.

Se vuelve hacia la habitación conyugal, testigo de recientes felaciones y la promesa amorosa de un cowboy afeminado. Está desierta. Su adúltera y puta mujer probablemente esté haciéndose un té marroquí, de ese que ella misma compró en Cádiz en unas vacaciones hace poco tiempo, en las cuales (todo se le hace a Osvaldo más evidente) no hubo habitación que atestigüe labios rojos sobre su pene, ahora humillado hasta la base.
Garufa lo mira con ojos engrasados, la tristeza del labrador lo contagia. Osvaldo repentinamente se da cuenta. Renueva las tres zancadas hacia la ventana del hall, y milagrosamente logra rescatar de entre unas plantas, que la adúltera escogió la semana pasada, la soga para pasear al perro. Vuelve a la habitación y una mirada burlona lo detiene. Es allí donde termina de decidirse: Con un movimiento veloz (ya muchas veces antes ensayado) pasa la soga por la parte delantera del pescuezo y lucha contra las patas que con su desesperación lo lastiman. Aprieta decidido la soga, no es mucho el esfuerzo físico que requiere que la trompa sorprendida y asustada empiece a despedir una espuma blancuzca y los ojos se hagan más redondos. La muerte es aburrida y una sola, tanto para los nobles como para los adúlteros.

Garufa, que presenció la escena con la solemnidad que caracteriza a los de su raza, ahora toma la soga ya abandonada en el parquet de la habitación y busca la mirada cómplice de Osvaldo. Éste, toma el cuerpo de la muy hija de puta y pacientemente lo cubre de papel film transparente, depositándolo tres horas después en la bañera del piso que tanto les costó encontrar en las páginas de avisos.
En una hora siete tiene que entrar a trabajar (cree que el horario partido es un invento insalubre) y decide tomar un café en la esquina con su amigo Jaume, que de vez en vez logra escaparse unos minutos del estanco colocando un cartel de “en seguida vuelvo” en la puerta de vidrio que Osvaldo nunca se atreve a franquear camino a casa. Toma las llaves y esta vez procura no olvidar los cigarrillos. Enojado con Garufa, cree que está en su derecho de negarle el paseo que inicialmente pensaba darle, aunque el perro con la soga en la boca comience a ladrar; lo deja entonces, encerrado en el baño con su mujer, tendida y envasada.

-nada relevante acontece en el café con Jaume-

Faltan diez minutos para el comienzo del segundo turno en el restaurante, Osvaldo no caminó al trabajo como todos los días: se encuentra aproximadamente en el medio del segundo vagón del subte de la línea verde, a veinte segundos de que el conductor invisible comience a aminorar la velocidad y anuncie la llegada a la estación Plaça Catalunya y sus respectivas posibles combinaciones. Lo que empieza desde sus dientes como un balbuceo se escucha en su última frase por todo el vagón, y tal vez un poco más allá: “(…)eo eo é. A trabajar Osvaldo. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Eo eo é.”.

A las 21:03, el cuerpo de su mujer imperceptiblemente comienza el lento pero inexorable proceso de descomposición natural. Mientras tanto, Osvaldo se posiciona detrás del cocinero contemplando las manos que con papel film, cubren un roast beef. El restaurante abre sus puertas al público más selecto de toda Barcelona (y sus alrededores).