Lo que sé.

Y yo quisiera ser como el niño aquel,
como el hombre aquel que es feliz.

Y quisiera dar lo que hay en mí,
todo a cambio de una ilusión.
Y cantar y reír y olvidar mi dolor.

“Pero ella… ¿va a volver?” me pregunta agarrándose la cabeza, reclinado en mi mesa, como si la bombilla del mate fuera un micrófono para que yo lo escuche mejor. “Me siento muy mal”.

Yo le convido otro mate y hacemos diagramas estratégicos, posibles salidas que la enamoren nuevamente, caemos en fatalismos, planeamos su vida solo, volvemos a los diagramas de sonrisas encantadoras que la podrían cautivar.

Salimos. Tomamos aire. Nos sentamos en la plaza. Caminamos al botánico. Nos desviamos. Jugamos a la Quiniela: nos reímos de la desgracia, de la mujer. A veces vemos películas, armo la camita del living y mi amigo se pone un pijama inventado por mí. Yo me armo la de abajo con una sola sábana y miramos mi monitor nuevo. A veces leemos poemas viejos, míos, de él, de otros, poemas malos, los primeros, los últimos, los patéticos, los que defendemos. A veces leemos viejos mails, ensayamos respuestas, escuchamos a los Rolling, usamos Internet para acosar amores perdidos y espiar. Hace poco, aunque nos divertimos, los dos aceptamos que nos gustaría que esta situación no exista, y nadie se murió aceptándolo. Así que aprovechamos para ganarle al tiempo perdido este año y ponernos al día, contarnos historias, fumar mil puchos, leernos viejos trabajos sin terminar. Como si nada. Como si el tiempo estuviera interrumpido para que nos sentemos a charlar de verdad.

-Estoy barbudo.
-Estás bien, está prolija.
-Mirá qué fachero era de pendejo.
-¡Pero si sos una tormenta de facha!


No sé. Parece que ahora somos un poco familia. Aunque ya éramos. Aunque no querramos este bajón y qué bueno hubiera sido que… pero no, y yo por mi lado tampoco ando muy bien con esos asuntos afectivos. Así que entonces últimamente en lo único que pienso es en cosas lindas. Como eso de que somos familia. Y en la primavera.

-No comimos.
-No tengo nada… unas facturas… ¿querés café?
-Dale
-Está rota la cafetera. ¿mate otra vez?
-Dale
-Comelas vos. Yo fumo.
-¿Te leo?


Este fin de semana voy a ir a su casa en la provincia, a tomar mates en el patio, salir a la noche, dormir en la camita de invitada y al otro día comer un chori con un vino. Ojala. Porque yo también tengo ganas, me viene bien irme de la capital un poco. Dormir. Comer. Tomar una cerveza. Jugar al ping-pong. Sentarme en el pasto. Estar con mi amigo. “¿Va a volver?”
Ya no lo sé. Yo de lo único que sé es de estas cosas que escribo.

Dato curioso

De repente miré mi cuenta de blogger y encontré "estadísticas". Chusmeando de qué se trataba eso, me causó mucha gracia ver que la entrada "Cascadas chinas y chupadas callejeras" es la más vista (por lejos, pero LEJOS). Intenté explicármelo, pero la tecnología siempre es más inteligente y me lo explicó sola: cuando vi cómo la gente accedía a esta entrada, me percaté de que la respuesta a mi pregunta había estado todo el tiempo ahí. Mucha gente habrá googleado "chupadas callejeras" "chupadas chinas" "chupadas de concha" (la entrada incluía esta palabra también) y así suscesivamente ("chupadas de concha chinas"). Lamento mucho molestar diariamente a tanto desesperado por dichas chupadas, imagino que debe ser exasperante dar con mi mierda de blog cada vez que quieren una china.

República de Buriatia

Me enamoré de un buriato.
Mientras caminaba, voluntad peregrina, apurada al sol mi cocacola en la mano.
En la mano mi cocacola caliente y él con una remera roja y una gorra roja,
como de cocacola. Y mis pies bautizados por Oriente.

Lo acompañaba su amigo, canchero,
de anteojos negros con marco amarillo.
Cantaba una canción italiana, pero en buriato.

Fascinada, dejé mi cocacola en la vereda
y me senté a escucharlo.
Sentí incontrolables ansias
de acercarme.
El único pretexto que encontré
fue prostituirlo comprándole
la balada que me enamoró
con unas monedas rusas.

Con el corazón en la mano (o al revés)
caminé lenta,
pero magnetizada:
hasta dudé en dejarle en lugar de las monedas
mi corazón occidental.

Nada de eso. Sencillamente dije:
“cantas muy lindo”,
torpe, preocupada
por no interrumpir su canción.
Dejó de cantar y entre un acorde y otro
dijo algo en su lengua gutural y sombría,
como si tuviera en la garganta
una serpiente gruesa asida.

Mi español, tan vocálico y agudo,
tan descolorido.
Su buriato, tan insólito y templado.
Sus ojos de arriba abajo los míos.
Sus ojos insistentes combinaron
mi piel con su gorra,
roja de cocacola.

Me volví a sentar, aún más embrujada que antes,
sintiendo poco a poco la inminente despedida.
Me prometí al menos
terminar de escuchar esa canción,
y cometí el error
de querer robarle un pedazo de su alma con mi cámara,
que funcionaba mal: pude apenas guardarme
veinte segundos de su voz.

Feroz pasa el tiempo.
Pero cada vez que regreso
esos segundos de mi cámara,
estoy una vez más derrumbada
en la vereda de Ulan-Ude
y siento el juramento
de su mirada y su sonrisa.
La ausencia de sus significados buriatos
y sus ojos desvergonzados,
obligándome al amor a única vista.

La imposibilidad de la palabra,
la imposibilidad del tiempo,
la imposibilidad de los cuerpos,
que es la imposibilidad toda.
O su revés: la posibilidad del vacío.





Madrugadas I


(Nada de otro mundo)


La única razón para tener nuevas experiencias es para catalogarlas, intentar agruparlas en no más de diez títulos y decirnos a nosotros mismos algo al respecto de nosotros mismos, algo con justificación empírica (las experiencias), estadística (suficientes) y teórica (relevo de información). Por momentos hasta lamentamos que nuestro campo de acción se limite a diez movimientos.

A la madrugada, cuando el cigarrillo apremia y no tenemos a quién llenar de invenciones, damos con esa experiencia que se desprendió del análisis minucioso y escapó de las estadísticas.

La angustiantemente indefinible.
La emperatriz del non-sense autorreferencial.

Y nos permitimos titubear. Porque es la vacilación el no-lugar donde nos sentimos un poco más vivos.




Bis

¿Estaré despierta
cuando las hojas
en esta calle desierta
se pierdan?
Cuando las piedras
comiencen a comentar
cosas que yo entienda
¿estaré despierta?

Lo primordial de un viaje
es volver ¿estaré despierta
cuando vuelva?
¿Estaré a la espera,
de alguna manera,
de vuelta?
Cuando el daño huela bien,
las hojas se acaben
y no tenga estribo.
Nada de lo que escribo
es radical.

Es esencial
una mirada,
al regresar.
¿Estaré en vela
cuando el humo se muera
y él se duerma?
Cuando los vecinos se asomen,
y le acaricie el abdomen
buscando respuestas.
¿Estaré en vela?

¿Dormiré tranquila
mientras los de la calle en ayuno
esperen el tren?
Ahí, cuando la luna vacila
y no sabe volver…
¿Sabré llegar a casa?

Al pasar

Estos pensamientos escuché que pensaba un chico, que pensaba para adentro, el otro día en la plaza, mientras se miraba con una chica. Como lo que el chico pensaba era tan ordenado se me ocurrió grabármelo y desgrabarlo, así si algún día casualmente lo lee sabe que a mí me entretuvo un rato



"Venís...[INAUDIBLE]... miráte, tan despreocupada, con ese libro en la mano. Y yo, que llegué temprano, con este aliento a empanada. Me gustás, aunque te espere haciendo anillos de vapor en esta esquina, que es la de mi casa de cuento.

Un chico me dijo “ojala tu cuerpo esté metido
en el cuerpo de un preso”
y ojala, pensé, ojala mi cuerpo
esté metido en tu bombacha
de voladitos. Ojala el chico,
en su cárcel de cuento
esté metido en el cuerpo
de una fuga de gas.

Me gustás, como me gusta mi planta de palta y no me da para ensalada [INAUDIBLE]. Llegás, tan con tu cadencia, tan sofisticada con tu libro de Bataille que seguro entendés, tan con aliento a cardamomo. Y yo, que llegué temprano con mi tufito a empanada y con mi Página 12, para hacerme el banana.
Contáme qué hiciste con tu mañana, porque yo me la pasé pensando en postres de manzana, de esos que te gustan tanto. Y en qué perfume ponerme, y en cómo verte, misterioso o indolente. Pensé también en preguntarte si te gustan los Stones, sólo porque tu amiga me dijo que sí. Te pregunto para que tengamos algo para sonreír y tapar el hueco que hacés cuando llegás, tan despreocupada, y yo aburrido y con aliento a empanada.
Me arrepiento de mis Topper sucias, vos con tu bufanda tan canchera. Seguro la tejiste vos, o alguna de esas amigas que tenés que hacen cosas grandes y copadas. Te reís de mi dobladillo casero, eso porque sos más alta que yo, y porque tenés un moño en tu tapado, que no sirve para nada, un moño que está de facha, y porque escuchás a otras bandas, que no son los Stones, que no conozco, y que no me dicen nada.
Te distraés, y yo no ayudo. No sé para qué vine, si sos más alta, y tal vez tenés esa bombacha de voladitos, porque ya pasaron muchos días desde que la vi de yapa, así que la habrás lavado, tirándole a chorros tu aliento que me gusta tanto. Ojala mi cuerpo esté metido en una palta sin carozo, para no verte distraerte. Ya sé que yo no ayudo, pero es que tengo aliento a empanada, y pensé mucho en qué perfume ponerme. Te invitaría un postre de manzana, pero es que no tengo plata. Vos seguro tenés, seguro trabajás, y también te va bien en la facultad, y seguro esperás el colectivo pensando en los Stones sin ver que los taxistas bajan la velocidad un poquito, para ver tu bombacha,
esa de voladitos,
la que vi cuando subías al 36 con ese que es adscripto a la materia que nos da miedo.
Ese que, de una, / tiene aliento a alguna
bebida de nombre raro, / o a café recién tomado.

No sé para qué vine, porque en realidad me gustás. Y a mí, cuando empiezo a pensar en el perfume y la mirada que voy a poner, me sale todo torcido. De onda te lo digo, creo que te aburrís, por eso te distraés y jugás con tu bufanda canchera que tejió tu amiga que seguro estudia en otro país. Mejor me callo, total, te quedaste mirando desde ahí arriba mis Topper sucias. Qué bueno que digas que te vas al bar, a leer, a estudiar. A ver al adscripto con aliento a anís. Yo te digo que me voy a quedar, así, parado ahí.
Te vas, así despreocupada con tu Bataille en la mano. Tu celular está sonando [INTERFERENCIA] y tu pelo está medio despeinado.

Veo al ras del piso,
que con tus zapatillas limpias
se va pegado un pedazo de papel higiénico, y me río.
Ojala tenga mocos. Y me río.
Ojala tu cuerpo este metido
en el cuerpo de una bailarina
de cardamomo,
y se te vea la bombacha
de voladitos sin lavar,
y no puedas parar nunca de bailar,
hasta que te enredes con la bufanda
y te pegues un palo fatal" (1).



(1) La versificación es mía, pero me pareció que por momentos el chico pensaba en verso y traté de ser lo más fiel posible a lo poco que escuché de sus pensamientos.

Medias y sombreros 5. Tema: El ridículo




En el último Medias y Sombreros, se me ocurrió compartir esto. Acá va, con el flyer del sábado, para los perdidos.

Hace tiempo y mucho muy lejos, como a dos mil kilómetros y diez años, estaban arreglando el baño en la casa de X.

Casualmente, como en esa publicidad de hace algunos años, X tenía un vecino y gran amigo llamado Carlitos, y decidió que ese día iría a “hacer caca a lo de Carlitos”. Una vez ahí, se encontró con su amigo y con I, presencia también considerada un gran afecto, pero que incomodó un poco a X. Aún así, no lo suficiente como para contrarrestar el ímpetu que recorría su tracto digestivo, aumentado en la caminata de una cuadra hecha hasta ahí.

X pidió prestado el baño, explicando la complicada situación plomeril vivida en su casa, a lo que Carlitos respondió: “negra no taponiés”.
Si alguien vio la película El Secreto, entenderá por qué ese pensamiento de Carlitos expresado a viva voz, aún siendo una expresión de “deseo-que-no-pase”, finalmente aconteció. El secreto más bien diría algo así, como que no hay que pensar “no te tapes” cuando defecás, porque igualmente estás atrayendo eso a tu realidad. Más bien habría que, como el papá de otra amiga que conozco, ir de cuerpo jugando tetris, como quien no piensa mucho en el acto.

Seguramente el comentario de Carlitos fue, a su vez, impulsado por la mente de X que, apretando el botón, ya hacia sus adentros repetía “andáte por favor andáte”. Como no podía ser de otra manera, la imponente presencia material, decidida a cumplir con su mandato físico cuántico, se aferraba a las níveas paredes del inodoro de Carlitos.

Con X en actitud meditativa, se produjeron los tres intentos reglamentarios de despedida del elemento no deseado. Para mayor entendimiento, procederé a darle, debido a mi obsesión con las nomenclaturas, un nombre al elemento. Podríamos llamarlo “remanente ocre” pero por incluir algo de lenguaje popular que tan de moda está ahora infiltrarlo en los recitales de poesía, y para que no se crea que acá la omisión es un recurso retórico, utilizaremos el término “sorete”.

Lamento mucho no haber avisado que trataría el tema sorete. Sé que la sensibilidad de muchos aquí presentes, aún cuando tienen, como todo ser humano, pleno contacto con soretes día a día, (y semana a semana algunas personas con tránsito lento), puede verse afectada en lo más profundo de su centro. Me gustaría que intenten, al menos por hoy, reconciliarse con su materia fecal, y más aún, con la de los demás, cosa tan necesaria cuando de interacción humana se trata. Y si ven que esto les resulta de más complicado, al menos intenten reconciliarse con la de X, para no perderse esta mierda de historia.

Entonces decíamos que, el señor sorete, intentaba desesperadamente no quebrar su voluntad ante el torbellino de agua que pretendía doblegarlo. Su rigidez implacable e insolente hacía que por la frente de X se deslizaran inexorables gotas de sudor. Por momentos cedía y enloquecía, girando velozmente en círculos y perdiendo porciones de su empiria ocre, las cuales, a su vez, creaban pequeños remolinos a su alrededor, cual mariposas minúsculas.

Por su parte X, enfurecida, sentía que el sorete jugaba con sus expectativas, y en vano apretaba el botón una y otra vez. Poco a poco, fue abandonando la técnica de la respiración oral y el burlón y penetrante gas enemigo comenzó a penetrar las aletas de su nariz.

Un poco cansada de este juego al que se veía sometida, decidió cortar por lo sano, abandonar la batalla unilateral y pedir refuerzos. Tímidamente llamó a sus amigos, que para entonces ya estaban al otro lado del baño riendo y burlándose de X.

Mantuvieron los tres una tensa conversación a través de la puerta en la cual X rogaba casi arrodillándose que le facilitaran un balde, mientras Carlitos y principalmente I (un ser cruel y sin escrúpulos) la sobornaban pidiéndole detallada información sobre el sorete. Descripciones que incluyeron los adjetivos “duro”, “marmolado” y “de dos colores”, provocaron en los aliados un rapto de piedad. Los jóvenes curiosos trajeron el balde, y X abrió diez centímetros la puerta, esforzándose por pasar el recipiente rápidamente sin tener que siquiera ver las caras de sus amigos.

Mirando con recelo y de reojo al sorete, X llenó el balde no sólo de agua hirviendo de la ducha, sino también de lavandina y cuanto producto químico encontró en ese baño. El sorete parecía guiñarle un ojo mientras en vez de girar alocadamente, esta vez consiguió trabarse de modo definitivo en las paredes níveas del inodoro.
La frustración se apoderó de X que, con el arma cóncava y plástica en su mano izquierda, abrió la puerta hacia la vergüenza.

I. entró, ansioso como un periodista de la farándula, con una remera puesta en la cara estilo quebracho, blandiendo un desodorante preventivo. Carlitos miró a X parándose frente a ella, sonrió, e igualmente traicionero, entró tras su amigo. Pasadas las risas, los tres miraron al sorete a los ojos. I analizó detalladamente su composición, resaltando la magnitud de las trazas que conformaban la armadura del sorete. “¿Choclo?” preguntó serio mientras cambiaba de posición para mejorar el ángulo de su perspectiva. Tiró un poco de agua con el balde, y el sorete amable se ladeó para exponerle a I su lado oscuro.

“Para esto hay una sola solución” dijo Carlitos, y acto seguido salió del baño. Se escucharon la puerta de entrada de la casa, la del quincho, y algunos ladridos de Atos, el perro.
I. seguía riéndose, y se lamentaba por no tener una cámara de fotos a mano. Un silencio se instaló en el baño, mientras se escuchaban crujidos en el patio, golpes y luego pasos que volvían hacia la casa.

Recortada por la luz del living, la silueta de Carlitos se dibujó en el marco de la puerta, dándole un golpe de esperanza a X, ya para entonces desplomada sobre el bidet.
Carlitos alzó su espada de madera de cajón de manzanas y sonrió, entregándosela a X, quien recibió el pedazo de pino podrido que versaba “moño azul” como si este fuera un cetro bañado en oro.

“Esto tengo que hacerlo yo chicos. Déjenme sola por favor” dijo X. La puerta se cerró tras las quejas de I. y X se dispuso a matar al ser testarudo y amarronado. De más está decir que la diferencia de porte entre los combatientes hizo que la muerte del sorete sea rápida y sin dolor. Aún mutilado, giró en círculos como recordando su corta pero intensa vida, y se despidió sin pausas, dejando tras él sólo dibujos en las paredes de ese inodoro que fue su fugaz residencia. Como todo vencedor, X borró las huellas pictóricas del sorete, aniquilando toda manifestación cultural del vencido.

Cansada, con el arma homicida en la mano, X se preguntó si arreglarían su baño esa semana. Abrió sin pensarlo la puerta del baño, pero al llegar a la cocina, donde la pava del mate silbaba tranquila y los chicos esperaban impacientes, se percató de la situación. La espada de madera, maculada, aún con restos del crimen minutos antes cometido, esperaba un destino incierto.
Felizmente, el barrio estaba lleno de baldíos, y la solución se presentó pronta. X salió triunfal a la vereda, y aún sin cruzar la calle, tiró con todas sus fuerzas la madera con kriptonita marrón hacia el otro lado. El movimiento les recordó a los amigos a Willam Wallace, cuando tira su espada vengadora del pueblo escocés en la pradera y esta se clava triunfal en el pasto.

Sincronizadamente, los padres de Carlitos estacionaron el auto, cortando el recuerdo de Corazón Valiente.
“¿Qué tiraron?” dijo Alicia.
“Nada, un palo”.
Lamentablemente, en esa época pasaban los chicos mucho tiempo jugando con Atos. Digo lamentablemente, porque mientras todos conversaban en la puerta de la casa, el perro volvió con la espada de madera y los restos de sorete en la boca.
Después de eso, la verdad es que no supe mucho más sobre esta historia, porque sin saludar me fui corriendo a mi casa y no volví por un tiempo a lo de Carlitos.

Tan Fugaz

Tan fugaz que si me abrazo a su cintura
se evapora, se sulfura.
Y mi miedo, mi estructura,
de su eco se satura.
Me involucro tan desnuda,
con su luz sin fines de lucro.

Y de estupro mi sonrisa
que agoniza, por su voz, tan a prisa
que me nutre de caricias.

Y mientras su piel se expande
justificando mis axiomas
con los axones suspendidos,
me dilato de canciones,
de hormonas y fallidos.

Soy consciente, pero
simplemente decido
que parta, mi corazón adherido
a su amor temporero.

M. Estevez Casado
A. Cordone