Medias y sombreros 5. Tema: El ridículo




En el último Medias y Sombreros, se me ocurrió compartir esto. Acá va, con el flyer del sábado, para los perdidos.

Hace tiempo y mucho muy lejos, como a dos mil kilómetros y diez años, estaban arreglando el baño en la casa de X.

Casualmente, como en esa publicidad de hace algunos años, X tenía un vecino y gran amigo llamado Carlitos, y decidió que ese día iría a “hacer caca a lo de Carlitos”. Una vez ahí, se encontró con su amigo y con I, presencia también considerada un gran afecto, pero que incomodó un poco a X. Aún así, no lo suficiente como para contrarrestar el ímpetu que recorría su tracto digestivo, aumentado en la caminata de una cuadra hecha hasta ahí.

X pidió prestado el baño, explicando la complicada situación plomeril vivida en su casa, a lo que Carlitos respondió: “negra no taponiés”.
Si alguien vio la película El Secreto, entenderá por qué ese pensamiento de Carlitos expresado a viva voz, aún siendo una expresión de “deseo-que-no-pase”, finalmente aconteció. El secreto más bien diría algo así, como que no hay que pensar “no te tapes” cuando defecás, porque igualmente estás atrayendo eso a tu realidad. Más bien habría que, como el papá de otra amiga que conozco, ir de cuerpo jugando tetris, como quien no piensa mucho en el acto.

Seguramente el comentario de Carlitos fue, a su vez, impulsado por la mente de X que, apretando el botón, ya hacia sus adentros repetía “andáte por favor andáte”. Como no podía ser de otra manera, la imponente presencia material, decidida a cumplir con su mandato físico cuántico, se aferraba a las níveas paredes del inodoro de Carlitos.

Con X en actitud meditativa, se produjeron los tres intentos reglamentarios de despedida del elemento no deseado. Para mayor entendimiento, procederé a darle, debido a mi obsesión con las nomenclaturas, un nombre al elemento. Podríamos llamarlo “remanente ocre” pero por incluir algo de lenguaje popular que tan de moda está ahora infiltrarlo en los recitales de poesía, y para que no se crea que acá la omisión es un recurso retórico, utilizaremos el término “sorete”.

Lamento mucho no haber avisado que trataría el tema sorete. Sé que la sensibilidad de muchos aquí presentes, aún cuando tienen, como todo ser humano, pleno contacto con soretes día a día, (y semana a semana algunas personas con tránsito lento), puede verse afectada en lo más profundo de su centro. Me gustaría que intenten, al menos por hoy, reconciliarse con su materia fecal, y más aún, con la de los demás, cosa tan necesaria cuando de interacción humana se trata. Y si ven que esto les resulta de más complicado, al menos intenten reconciliarse con la de X, para no perderse esta mierda de historia.

Entonces decíamos que, el señor sorete, intentaba desesperadamente no quebrar su voluntad ante el torbellino de agua que pretendía doblegarlo. Su rigidez implacable e insolente hacía que por la frente de X se deslizaran inexorables gotas de sudor. Por momentos cedía y enloquecía, girando velozmente en círculos y perdiendo porciones de su empiria ocre, las cuales, a su vez, creaban pequeños remolinos a su alrededor, cual mariposas minúsculas.

Por su parte X, enfurecida, sentía que el sorete jugaba con sus expectativas, y en vano apretaba el botón una y otra vez. Poco a poco, fue abandonando la técnica de la respiración oral y el burlón y penetrante gas enemigo comenzó a penetrar las aletas de su nariz.

Un poco cansada de este juego al que se veía sometida, decidió cortar por lo sano, abandonar la batalla unilateral y pedir refuerzos. Tímidamente llamó a sus amigos, que para entonces ya estaban al otro lado del baño riendo y burlándose de X.

Mantuvieron los tres una tensa conversación a través de la puerta en la cual X rogaba casi arrodillándose que le facilitaran un balde, mientras Carlitos y principalmente I (un ser cruel y sin escrúpulos) la sobornaban pidiéndole detallada información sobre el sorete. Descripciones que incluyeron los adjetivos “duro”, “marmolado” y “de dos colores”, provocaron en los aliados un rapto de piedad. Los jóvenes curiosos trajeron el balde, y X abrió diez centímetros la puerta, esforzándose por pasar el recipiente rápidamente sin tener que siquiera ver las caras de sus amigos.

Mirando con recelo y de reojo al sorete, X llenó el balde no sólo de agua hirviendo de la ducha, sino también de lavandina y cuanto producto químico encontró en ese baño. El sorete parecía guiñarle un ojo mientras en vez de girar alocadamente, esta vez consiguió trabarse de modo definitivo en las paredes níveas del inodoro.
La frustración se apoderó de X que, con el arma cóncava y plástica en su mano izquierda, abrió la puerta hacia la vergüenza.

I. entró, ansioso como un periodista de la farándula, con una remera puesta en la cara estilo quebracho, blandiendo un desodorante preventivo. Carlitos miró a X parándose frente a ella, sonrió, e igualmente traicionero, entró tras su amigo. Pasadas las risas, los tres miraron al sorete a los ojos. I analizó detalladamente su composición, resaltando la magnitud de las trazas que conformaban la armadura del sorete. “¿Choclo?” preguntó serio mientras cambiaba de posición para mejorar el ángulo de su perspectiva. Tiró un poco de agua con el balde, y el sorete amable se ladeó para exponerle a I su lado oscuro.

“Para esto hay una sola solución” dijo Carlitos, y acto seguido salió del baño. Se escucharon la puerta de entrada de la casa, la del quincho, y algunos ladridos de Atos, el perro.
I. seguía riéndose, y se lamentaba por no tener una cámara de fotos a mano. Un silencio se instaló en el baño, mientras se escuchaban crujidos en el patio, golpes y luego pasos que volvían hacia la casa.

Recortada por la luz del living, la silueta de Carlitos se dibujó en el marco de la puerta, dándole un golpe de esperanza a X, ya para entonces desplomada sobre el bidet.
Carlitos alzó su espada de madera de cajón de manzanas y sonrió, entregándosela a X, quien recibió el pedazo de pino podrido que versaba “moño azul” como si este fuera un cetro bañado en oro.

“Esto tengo que hacerlo yo chicos. Déjenme sola por favor” dijo X. La puerta se cerró tras las quejas de I. y X se dispuso a matar al ser testarudo y amarronado. De más está decir que la diferencia de porte entre los combatientes hizo que la muerte del sorete sea rápida y sin dolor. Aún mutilado, giró en círculos como recordando su corta pero intensa vida, y se despidió sin pausas, dejando tras él sólo dibujos en las paredes de ese inodoro que fue su fugaz residencia. Como todo vencedor, X borró las huellas pictóricas del sorete, aniquilando toda manifestación cultural del vencido.

Cansada, con el arma homicida en la mano, X se preguntó si arreglarían su baño esa semana. Abrió sin pensarlo la puerta del baño, pero al llegar a la cocina, donde la pava del mate silbaba tranquila y los chicos esperaban impacientes, se percató de la situación. La espada de madera, maculada, aún con restos del crimen minutos antes cometido, esperaba un destino incierto.
Felizmente, el barrio estaba lleno de baldíos, y la solución se presentó pronta. X salió triunfal a la vereda, y aún sin cruzar la calle, tiró con todas sus fuerzas la madera con kriptonita marrón hacia el otro lado. El movimiento les recordó a los amigos a Willam Wallace, cuando tira su espada vengadora del pueblo escocés en la pradera y esta se clava triunfal en el pasto.

Sincronizadamente, los padres de Carlitos estacionaron el auto, cortando el recuerdo de Corazón Valiente.
“¿Qué tiraron?” dijo Alicia.
“Nada, un palo”.
Lamentablemente, en esa época pasaban los chicos mucho tiempo jugando con Atos. Digo lamentablemente, porque mientras todos conversaban en la puerta de la casa, el perro volvió con la espada de madera y los restos de sorete en la boca.
Después de eso, la verdad es que no supe mucho más sobre esta historia, porque sin saludar me fui corriendo a mi casa y no volví por un tiempo a lo de Carlitos.

Tan Fugaz

Tan fugaz que si me abrazo a su cintura
se evapora, se sulfura.
Y mi miedo, mi estructura,
de su eco se satura.
Me involucro tan desnuda,
con su luz sin fines de lucro.

Y de estupro mi sonrisa
que agoniza, por su voz, tan a prisa
que me nutre de caricias.

Y mientras su piel se expande
justificando mis axiomas
con los axones suspendidos,
me dilato de canciones,
de hormonas y fallidos.

Soy consciente, pero
simplemente decido
que parta, mi corazón adherido
a su amor temporero.

M. Estevez Casado
A. Cordone