Madrugadas I


(Nada de otro mundo)


La única razón para tener nuevas experiencias es para catalogarlas, intentar agruparlas en no más de diez títulos y decirnos a nosotros mismos algo al respecto de nosotros mismos, algo con justificación empírica (las experiencias), estadística (suficientes) y teórica (relevo de información). Por momentos hasta lamentamos que nuestro campo de acción se limite a diez movimientos.

A la madrugada, cuando el cigarrillo apremia y no tenemos a quién llenar de invenciones, damos con esa experiencia que se desprendió del análisis minucioso y escapó de las estadísticas.

La angustiantemente indefinible.
La emperatriz del non-sense autorreferencial.

Y nos permitimos titubear. Porque es la vacilación el no-lugar donde nos sentimos un poco más vivos.




Bis

¿Estaré despierta
cuando las hojas
en esta calle desierta
se pierdan?
Cuando las piedras
comiencen a comentar
cosas que yo entienda
¿estaré despierta?

Lo primordial de un viaje
es volver ¿estaré despierta
cuando vuelva?
¿Estaré a la espera,
de alguna manera,
de vuelta?
Cuando el daño huela bien,
las hojas se acaben
y no tenga estribo.
Nada de lo que escribo
es radical.

Es esencial
una mirada,
al regresar.
¿Estaré en vela
cuando el humo se muera
y él se duerma?
Cuando los vecinos se asomen,
y le acaricie el abdomen
buscando respuestas.
¿Estaré en vela?

¿Dormiré tranquila
mientras los de la calle en ayuno
esperen el tren?
Ahí, cuando la luna vacila
y no sabe volver…
¿Sabré llegar a casa?