Vos que te creías el rey de la milonga. Y hoy…
Todo lo que alguna vez te hizo libre, ahora te ata. Te sofoca.
Tus creencias, tu casa.
Tu modo de condimentar, tu moral liberal.
Tus amigos, sus excesos posmodernos.
El sexo, el amor enfermo, el amor sano,
el amor intermedio.
Esa maldita costumbre de luchar por algo, tan célula primera, ella también te ata. Batallar. Comerciar. Tocar.
La potencia de tus explicaciones te consume. La felicidad, la zanahoria en el palo de la lucha.
Haces una casa para defenderla, porque defendiéndola te entretenés, luchando por laburar, por hacerte un nombre, por amor, por un ideal (¿no ves que la palabra ideal ya te avisa que mejor quedate en casa leyendo a Marsé?).
Si no peleamos por algo el hombre se negaría a sí (negaría su carne y negaría su voz).
Se caería así. FplaF.
Y cuando te das cuenta del palo, la zanahoria y todo eso… empezás otra vez, sin querer, a luchar. Para que todos se enteren de tu nueva verdad. No podés parar.
Te aviso: "En esta vida, Oscar, si no te salva tener pibes, no te salva nada".


1 masturbaciones ególatras:
Hay zanahorias, sí.
Gracias che!
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