Mentiría si dijera que anoche soñé algo para empezar a escribir.

para Dios

Últimamente no pasa nada.
Y todo es nada.
Y nada es todo.
Viéndolo de otro modo
simplemente estoy cansada.
Y la pluma como la espada.
La espada inerte de un cagón.
Porque uso pluma y borrador
para inventarme encrucijadas.
Y las aplasto, las meto en un cajón.
No es inútil librarse de la nada,
es preciso a veces arrojarla
para que esa nada sea todo
lo que puedo tener.
Y el vacío sea todo
lo que puedo tener.

Y cuando ya no haya nada,
tu presencia sea todo
y yo me hunda en el lodo
de tus manos imaginadas
que son mis manos en la nada
de mi cuerpo
que sin el papel es todo
que para vos es nada,
sólo ahí lo tendré todo.
Y cuando mis manos dejen
de moverse apuradas
para llegar
al goce en la nada
a la nada de la nada,
a que mi cuerpo sea nada
será tan sólo un también.

Otoño porque me gusta.

Me duele el Otoño.
Me gusta.
Me siento mal. Igual
de aburrida. Igual
de cansada. Igual
de escéptica. Igual
de conchuda.
Y mi panza se ve más abultada.
Y sin embargo me gusta.

Como si mi año nuevo comenzara en Otoño, y tuviera miles de deseos estúpidos como dejar de fumar. Y creyera más en los otros, en el amor, en la política, en la pasión infinita, en Jane Austen. 

En Otoño siento que los perros son nobles. Que mi hermano es increíble. Que Bowie va a tocar en Buenos Aires. Que la ciudad está hermosa, y los árboles, y el viento fresco, y los cigarrillos se terminan más lento.
En Otoño siento que estoy drogada, que todo me fascina, que me duele mucho, pero el cuerpo responde bien a ese dolor vivo, materia primitiva, electricidad, hielo. Y siento que me duele y me gusta, y el cuerpo responde bien a los placeres, al sol tibio en la cara apoyada contra el cristal del 92 camino a Flores, la piel nueva haciendo de mi piel vieja piel nueva también, nuevas caricias, nuevas carcajadas. Y aunque no creo que el amor tenga planes para mí, en Otoño tengo la sensación de que algo parecido anda cerca, escondiéndose tras la cara de un vecino, un amigo, un amante, un taxista, o el carnicero que tanto me gusta.

En Otoño creo que escribo mal, pero no me importa, y a veces me encuentro sintiendo empatía por los bebés que en la calle van mirando todo por primera vez, y me asaltan incontenibles ganas de abrazar a las mujeres que se suben al colectivo con ojeras y mucho olor a lavandina. Y en Otoño quiero meterme al mar en pelotas, y caminar por la ciudad a las siete de la tarde, sin cenar hasta que las librerías de Corrientes cierren.

Y me siento mal. Igual de cansada. Igual de aburrida y abultada.
Pero lo que pasa en Otoño es que vuelvo a tener ganas.

El señor de los Patos



A Guadi

Colgué y descolgué la foto que sacaste, cortaste y pegaste, amiga.
La colgué después de un mes y monedas de haberla conseguido a fuerza de trueques en esa subasta tan graciosa en la que espero te hayas llenado de plata y abrazos.

La colgué a las siete de la tarde, mientras barría. Pensé que, aunque la idea original era colgarla en el nuevo departamento, falta casi un año para que me mude y vale la pena tenerla a la vista. Le puse cinta, poca, lo sabía mientras la ponía.

Terminé de barrer. Comí sopa y miré el final de una mala película con sangre. Fumaba mientras leía blogs como el tuyo, blogs de los que ya no escriben en blogs. Fumaba cuando escuché un ruido.

Tuve miedo de que haya alguien en mi casa.
Después tuve miedo de que hubiera algo en mi casa.
En seguida, mientras vi como terminaba de despegarse la última cinta que sostenía el enorme papel en la pared, tuve miedo de que hubiera algo en la foto.

Espero que lo entiendas, pero la volví a poner atrás de la mesita del teléfono. 




el señor de los patos by guadi arriesgue