Otoño porque me gusta.

Me duele el Otoño.
Me gusta.
Me siento mal. Igual
de aburrida. Igual
de cansada. Igual
de escéptica. Igual
de conchuda.
Y mi panza se ve más abultada.
Y sin embargo me gusta.

Como si mi año nuevo comenzara en Otoño, y tuviera miles de deseos estúpidos como dejar de fumar. Y creyera más en los otros, en el amor, en la política, en la pasión infinita, en Jane Austen. 

En Otoño siento que los perros son nobles. Que mi hermano es increíble. Que Bowie va a tocar en Buenos Aires. Que la ciudad está hermosa, y los árboles, y el viento fresco, y los cigarrillos se terminan más lento.
En Otoño siento que estoy drogada, que todo me fascina, que me duele mucho, pero el cuerpo responde bien a ese dolor vivo, materia primitiva, electricidad, hielo. Y siento que me duele y me gusta, y el cuerpo responde bien a los placeres, al sol tibio en la cara apoyada contra el cristal del 92 camino a Flores, la piel nueva haciendo de mi piel vieja piel nueva también, nuevas caricias, nuevas carcajadas. Y aunque no creo que el amor tenga planes para mí, en Otoño tengo la sensación de que algo parecido anda cerca, escondiéndose tras la cara de un vecino, un amigo, un amante, un taxista, o el carnicero que tanto me gusta.

En Otoño creo que escribo mal, pero no me importa, y a veces me encuentro sintiendo empatía por los bebés que en la calle van mirando todo por primera vez, y me asaltan incontenibles ganas de abrazar a las mujeres que se suben al colectivo con ojeras y mucho olor a lavandina. Y en Otoño quiero meterme al mar en pelotas, y caminar por la ciudad a las siete de la tarde, sin cenar hasta que las librerías de Corrientes cierren.

Y me siento mal. Igual de cansada. Igual de aburrida y abultada.
Pero lo que pasa en Otoño es que vuelvo a tener ganas.

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