Todavía te extraño, aunque siempre esté
rodeada de locos, en los pasillos
de la facultad, me pregunto tal vez
qué estás haciendo, qué vicios
tenés ahora, que no estás conmigo.
Y me peleo con las viejas y me ven
como a una loca los colectiveros
y los amigos, de mis amigos,
y los compañeros.
Pero te extraño y es
como una patada el domingo
en que no tengo resaca
y no salgo, y no leo libros.
Y me pregunto a veces
por qué no estás al lado mío
si igualmente no te dejás querer por nadie
y yo te quería aunque y por ese motivo.
Y duelen los colectiveros,
y los amigos de mis amigos,
y los compañeros.
Duelen más que cuando pienso
que en realidad no me querías
y no podías ponerlo
sobre esa mesa de ese café horrible.
Pero a eso lo prefiero.
Prefiero el dolor rápido e inasible
que me deja sin aliento
a esta mierda de extrañarte y saber
que no tengo la más puta idea de qué carajo estás haciendo.
Y ojalá estés cogiendo. Comiendo bien.
Y durmiendo para el orto.
Ojalá te arrepientas como un loco,
y yo no disfrute de tu arrepentimiento.
Ojalá cuando te arrepientas yo esté chupandome un coco
en Costa Rica y ni me acuerde de estos poemas del culito.
Porque dicen que en este estado no se puede escribir,
¿O no ves que ya arruiné todo?
Cuando te extraño
no me salen ni los malos poemas.
Por suerte te extraño poco,
por suerte no soy de esas
que se olvidan de los otros
tantos pelotudos sueltos
que también están medio locos
por culpa del cuerpo.
Soy de las otras
que desea que estés pasándola como el orto
y se te muera el gato.


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