Y nosotros somos la lealtad... así que qué me vienen a hablar de la lealtad

La ética de la moral es mantenerla en secreto. 
La libertad es un secreto.
C.L.

Me dijo que un día se despertó sin hambre de leer. Empezó, como era lógico, por abandonar la carrera de Letras. Cerró sus cuentas de mail, de redes sociales, su blog. Estrelló su ceular contra la pared y regaló a una biblioteca sus libros y su pc. Habló con la amiga sonidista de una amiga para que tomara sus más de 10.000 canciones, las grabara en cds sin nombre y les quitara las letras, para no recordar las tantas veces que las leyó, insomne.

Comenzó a viajar en transportes públicos por intuición, y procuró comprar con el mismo mecanismo en supermercados, esforzándose por distinguir los billetes por color. Aunque nunca le gustaron las películas dobladas, se resignó a las voces neutras de la televisión de la mañana, a escuchar más radio y ver menos titulares. A que le cuenten sus ex compañeros de facultad lo que habían leído. Pagó las cuentas llevando siempre dinero de más, calculando con arte la inflación.  

No duró mucho esto.

Lo que una vez se vió puede borrarse en la cotidianeidad de los cuerpos, pero el esfuerzo por el olvido sólo trae comprobaciones irrevocables de la existencia de eso que se vió. De la poesía que vuelve una y otra vez a manifestarse en cada vidrio roto de una cárcel abandonada, en los dedos arrugados de quien se masturba hasta dormirse, en las risas desdentadas de los molestos vendedores ambulantes, en el humo de las bocas de invierno y cigarrillo en las plazas, y también, sí también, en los libros. La literatura que se esfuerza por contener algo de todo esto, en el medio entre el esfuerzo y el vidrio que se masturba desdentado en las plazas, está la lectura. Ese movimiento previo que queda suspendido, como quien toma aliento antes, justo antes, de tirarse de un séptimo piso, antes, justo antes, de que la película se trabe y no nos deje apreciar el final. Porque no hay final posible para lo que no puede contenerse en el libro, allí hay sólo voluntad.

Alguna vez se dijo que los monos son aquellos seres que empíricamente comprueban la distancia entre los animales y los humanos, su perturbador parecido con las personas aumenta sus diferencias. Su voluntad de lenguaje aumeta sus imposibilidades. Los monos son, en este sentido, como la literatura: una voluntad de contener algo de poesía, poesía que excede el lenguaje, inaprehensible. Leemos entonces, no la poesía, sino la voluntad de poesía. Contraponemos a esa literatura otra literatura, mejor, peor, todos sabemos que no hay poesía indiscutible, aceptamos que la literatura indiscutible es simplemente una construcción cultural que consumimos para tener un lugar desde donde tomar medidas. Pero todo allí, todo es voluntad. El lenguaje dice lo que no aprendió a decir, lo que no alcanzó a decir. Dice tan sólo lo que es, y lo que es no le basta. La literatura necesita de la poesía para seguir, existe porque desea. En tanto la poesía siga muriéndose en las manos de los lectores cansados, y la literatura-voluntad se apague como las luces del cine se prenden, no nos quedará de ella más que un vago recuerdo en el fondo de un vaso imperfecto, el último fondo de vaso imperfecto que uno ve antes de la muerte.  

No duró mucho esto, volvió a leer. No porque creyera en la literatura, había aprendido, había visto y ya no podía volver atrás. Había visto y lo que vió alteró su ánimo, quebrantó su voluntad, manchó la inocencia lectora de antaño. Volvió a leer porque no sabía ser otra cosa, y porque simulando podría tal vez, con suerte, convencer a un chico mágico de que si la deseaba con ardor, la poesía podía volver.

No duró mucho.

Una promesa de victoria,
un éxodo de placer.

Tan sólo un palo,
un palo con una zanahoria.


1 comentario:

S. dijo...

me en can tó
literalmente