Petrarca, y ese jueguito de entrar y salir y entrar y salir y entrar y salir...


-Entonces, San Agustín le dice a Petrarca que se vaya de viaje, ¿viste? Para salir del mambo es necesario eso. Y el paso del tiempo. Algo así.

- Y ahí es cuando Petrarca se va al Monte Ventoso…

- Ponele. No sé la verdad, porque Petrarca era bastante mentiroso, le escribe la carta al chabón que lo inició en San Agustín diciéndole que acaba de bajar del monte, todo chivado y hecho pelota, pero que necesita contarle todo YA porque se va a olvidar de la sensación. En fin, la cosa es que este tal Dionisio al que le escribe estaba más muerto que nadie… y encima la carta no la escribió apenas bajó del monte, sino mucho después.

- Mirá vos, ahora que lo pienso tenés razón, pasáme el azúcar, Petrarca le escribió cartas también a Cicerón, a Tito Livio… que claramente estaban muertos hacía centenares.

- Tomá, ¿no preferís miel? Bueno, lo que te decía, no importa que sea medio vende humo Petrarca, la cosa es que San Agustín le recomienda, para olvidarse de Laura, irse de viaje por Italia. Y también claro que le nombra al tiempo, que el tiempo cura todo, que dejarlo pasar lo va a despegar de Laura un poco…

- Porque estaba como loco Petrarca, por Laura, ¿no?

- Y sí, puede ser, la verdad es que yo creo más en esa versión que dice que el chabón todas sus canciones –trescientasmilquinientasochentaydos- se las hizo a varias mujeres, y que para ponerle onda tiró que todas eran para Laura. Encima Laura y Laurel se escriben igual en latín, imagináte, Petrarca se hizo coronar con laureles a la antigua usanza, *risas*. Pero pensemos en la obra y sí, Laura era como el peso pesado.

- Nada que ver con el rock, los rockers hacen mil canciones para mil minas distintas, y darte cuenta que son todas para una sola es como un laburo chino.

- Posta, no lo había pensado. Bueno, la cosa es que el tema, el temón de Petrarca en sus libros, es salir de Laura. Escaparse, pero no quiere. Bueno, cualquiera que estuvo en esa situación lo sabe, olvidarse del otro también se siente un poco como abandónico, ¿no? Como si después de estar hecho mierda el hecho de dejar de estar hecho mierda fuera un poco una traición a todo ese amor, ponele, que sentías.

- Sí, también porque bueno, a nadie le gusta sentirse mediocre, y estar convaleciente por amor a uno lo hace sentirse importante. Me parece groso ese momento de dolor donde uno, no sé si se siente “más vivo” como dicen, pero tiene conciencia de que está viviendo uno de los momentos memorables de su existencia.

- Claro, eso. Perfecto. Pero yo estaba pensando…

- No podía ser de otra manera *risas*

- Sí bueno, la limé un poco, no te rias. Pero pienso que el hecho de haber dejado de concebir al amor como una enfermedad, un mal de ojo, o no sé, simplemente el peso de la historia… ¿no hizo que ahora en nuestra época sea más difícil entrar que salir?

- ¿A qué te referís? ¿A empezar una relación?

- Ni siquiera, porque Petrarca nunca tuvo ni siquiera una relación, ni una prendita de Laura… pensaba más en que ahora es más difícil asumir el amor (o enamoramiento, no sé, vos sos lo menos con la palabra “amor”), hacerse cargo de eso y cortejar, buscar al otro, decirle “yo quiero esto, y quiero tomarlo”, aunque no pase.

- Sí claro,  pero el desinterés actual, un poco fingido, entiendo a lo que vas, es parte del amor cortés del siglo XXI. Es un modo, creo que uno sabe, aunque se muestre desinterés, cuando lo hay.

- ¿No crees que eso genera una confusión constante en la que hay gente muy poco entrenada para deslindar información? O sea, una confusión construida, que habitamos y manejamos y comprendemos, pero de repente los excluidos del amor se ven doblemente desterrados…

- Sí, por supuesto. Si pensás en Houellebecq y todo lo que vino atrás de él, este es el siglo en el que asumimos que no todo lo que “lo conyugal del mundo” ofrece es para todos. Y todas *risas*.  Aparte pensá en que antes, los desterrados del amor tal vez podían acceder a los libros sobre el Buen Amor, aunque sean antiguos qué se yo, Ovidio, y aprendían algo…

- Tal cual, ahora a nadie se le ocurriría escribir una guía para el amor desinteresado de nuestro siglo.

- Lo bueno, creo yo, es que así como en la antigüedad, en el medioevo, en el renacimiento existían estos libros que ilustraban un poco el “cómo”, también existían esos campesinos analfabetos que se mandaban sin preguntar, que se abandonaban un poco “a lo que pasaba” y cortejaban “como venía”.

- Totalmente. Volvemos a nuestra eterna charla, lo simple. Yo a lo que iba era a esto, muy en el fondo, creo que es tan fácil entrar como salir en realidad, y que simplemente nos dejamos confundir por estas normas, reglas, juegos, caprichos.

- Ojo, no te ofusques con lo que toca, que ese dejarnos confundir es seductor, te atrapa. Tal vez la posta está en jugar a esos juegos sin creerles nunca del todo. Pero los discursos sobre lo que a uno le pasa complejizan lo simple, y de eso se tratan muchas cosas, entre ellas la literatura y esta charla. Vamos a arreglar el mate.
   

Metapráctica (o también "Una mínima reflexión vale más que mil poemas de mierda")


A veces las cosas no se dan como uno quiere, eso dicen los religiosos, los escépticos, Ashtar Sheran, las abuelas, los taxistas, las cartas de los novios que no fueron, los políticos. A veces las cosas pasan y uno tiene que mirar bien para encontrarle la onda, o mirar para otro lado. Las pasiones se reemplazan, las casas se abandonan, los amigos se suicidan, las madres envejecen. En muchos casos pasan los trenes por la ventana y los dejamos transitar, sin que choquen, sin que atropellen, sin que cambien de forma o color. Simplemente pasan y perdemos la cuenta de cuantos, de tantos trenes, de tantos cambios que no alteran nada y estremecen todo.

Pero hay otras veces. Hay noches en las que se resuelve nuestro destino, en las que se revelan fuerzas encubiertas en los más distraídos movimientos de un vaso de cerveza. Noches en las que tropas de amigos enteros intuyen los hilos invisibles que unen las palabras a las cosas. Y lo elemental se yuxtapone con lo nimio, la intrascendental muerte colisiona contra la vital seca a un pucho definitivo. La sonrisa definitiva. La mano sobre la mesa de ese bar definitivo.

Por todo esto, a la hora de contar algo, siempre me saco los zapatos y empiezo por escuchar el ruido del pasto cuando crece.