Semáforo en Verde (Parte II)


Más de mi versión imaginada                  
de lo que (no) veo en la tele a la tarde.  



Semáforo en Verde

Corre las cortinas como aquella vez, pero no. Hace un tiempo que al abrirlas ya no la asalta la ventana del vecino haciéndose café, con su perturbadora contigüidad. Mudanzas. Una nueva ventana, una nueva vida superpuesta a la anterior. La proximidad de los vecinos ya no aturde, cada veinte segundos los separa el zumbido de un auto. No hay por qué vestirse, jamás se cruzarán y lo sabe. Es por eso que ahora abre las cortinas y deja que la luz incontrolable la vista por completo. Con los ojos cerrados permite que el calor de los párpados se estire a las rodillas desnudas (flaquean) sabiendo que hoy también, como siempre, cada segundo establece existencia.

La miel se resbala por la yerba lavando un poco el mate, endulzando la mañana mientras se pone un suéter. Play.

(Un semáforo en verde. El hombro de él la devuelve a la realidad. Se lo hizo a propósito, claro)
-         Disculpame
-         ¡No te la puedo creer!
(Risas de los dos. Un abrazo torpe. El hombrecito impaciente empieza a titilar al final del arco iris blanco y negro. Por supuesto deciden moverse hacia donde él iba, siempre fue así).
-         Es tremendo esto. Encontrarte acá.
-         Volviste Lu, volviste. ¿Hace cuánto llegaste?
-         Sí… hace un par de meses.
(La ciudad se detiene unos segundos, pero ellos no se dan cuenta. La frente de él se endurece)
-         No me llamaste boluda, ¿qué onda?
-         Te pido mil disculpas, yo sabía que esto iba a pasar, es karma pura… intenté llamarte varias veces, te lo juro, marcaba y no podía con ese botón verde…
-         ¿Pero qué pasó? Yo te esperaba… entendí todo lo que me dijiste en tu mail, sé que necesitabas alejarte de mí a pesar de estar a mares, entendí que no quieras escribirme, pero no sé, te juro que te seguía esperando…
-         Ya lo sé, te juro que lo sé. ¿Podemos tomar un café?
-         Lo daba por sentado, perdoná mi ansiedad, ¿estabas ocupada? ¿a dónde ibas?
-         No importa, médico, una boludez.
(Se sientan. él se retuerce los dedos, pide una lágrima, igual que ella. Nadie toca la medialuna mientras tienen una charla convencional sobre el viaje de ella a México).
-         Te juro que te quería llamar. Pero me encontré con Marcos en el Abasto el otro día.
-         Ah mirá…
(Ella espera que él se de cuenta de lo que eso significa, pero él sigue concentrado en sus dedos y el café).
-         Me encontré con Marcos te digo. Me dijo que volviste con tu novia.  
-        
-         No te la puedo creer. No lo puedo creer, boludo. A vos no te puedo creer ¿Qué querías? ¿Que te abrace? ¿Qué querías hacer ahora?
(Ella es otra. Él lo ve en su mano que golpea la mesa con fuerza, con el puño cerrado. Jamás pensó que ella podía cerrar el puño).
-         Sos un imbécil. No un hijo de puta sos. Pensé que era una confusión de Marcos, no sé que mierda pensé.  
-         ¿Me estás jodiendo Luciana? Te fuiste chabona, te fuiste. Te fuiste por tres meses y tardaste otros tres en volver y otros dos en llamarme. ¿Me estás cargando?
-         Es increíble. Yo soy una imbécil. Años esperándote, ¿me entendés? Esperándote nada más. Años despertándome todos los días en la misma ciudad que vos, para que un día me cruces en un puto semáforo y pretendas que por eso yo vuelva a vos, que no me vaya a México. Y yo volví a vos, claro, pero me fui igual de viaje. Lo necesitaba. Necesitaba saber que podía hacerlo. Necesitaba saber que podía no escribirte durante un tiempo. Y volver, como volvés vos, tan fresco como un perejil.
-         No te entiendo. Te juro que no te entiendo, yo tardé mucho, fui un estúpido. Pero volví. Te extrañaba. Te encontré tan linda ese día, y te vi, y supe. Pero te fuiste. Y después te fuiste más lejos sin contestarme nunca más durante meses. Y Renata me volvió a llamar, muchas veces, y yo estaba mal. Yo no entendía nada, Luciana.  
-         Necesitaba que me esperes. Necesitaba saber que sos capaz de esperarme. Te odio. Te odio como nunca odié a nadie.  
(Ella agarra la medialuna y la tira al piso. Empieza a pisarla. Da patadas contra el suelo. Contra la medialuna).
-         Parecemos dos pelotudos de una novela de mierda de telefé. Mirá lo que me hacés. Sos un idiota. ¿qué hiciste conmigo? ¿ves esa medialuna? Cométela. (Señala al piso con violencia) Cométela porque yo me voy a la mierda.
-         No tengo plata, Luciana.