Cíclope.




"ellos mueren /no quieren morir
morirán igual/ lo digo yo
quién soy yo"
Luis Luchi.

Escucho subir a  un cíclope al 95 Ramal 1.  Con toda su familia. Barderos, se gritan, se empujan, se sientan y levantan y sientan. La hija del cíclope tendrá unos dos años, se va para atrás, cerca de donde conseguí ventanilla yo, y juega a sentarse y dejarse resbalar de a poco en el asiento, una y otra vez se deja caer;  cuando apenas sus zapatillas tocan el suelo saltito vuelve a posición inicial. BIP. Es metódica, se hace el robotito. Mientras tanto los otros se ríen a carcajadas, toscos, chistes malos, pero la hija del cíclope parece no escuchar nada agarrada del asiento se resbala BIP vuelve a enderezarse. Me entretengo mirándola, los mocos colgando, su conjunto de jogging y remera de Violetta los dos igual de sucios de comida de cíclope y tierra y mugre indefinida de ciudad. Se bardean, son varios. Yo sólo escucho la voz del cíclope, y sólo veo al cíclope: sus zapatillas relucientes y sus carnes que se asoman desde un jogging con el tiro muy bajo, su cabeza mitad rapada. Si no fuera por las tetas y los aros de fantasía pensaría que el cíclope es un patovica del Mbreté. Pero no. Esa mole sin muelas con brazos de mortadela no tiene nada entre las piernas. Y yo la odio. La odio desde que se subió. Mi espada se pone azul cuando aparece un cíclope.Cada tanto aparece la hermana de la mocosa a molestarla. Yo sigo entretenida en la sincronicidad que tiene para dar saltitos y con su altura de maceta volver al asiento.

El hijo de puta del 95 da un coletazo y la nena pierde el equilibrio. Sin que yo pueda protegernos con mi escudo anti-cíclopes, el monstruo carnoso agarra a la mocosa del brazo y le da dos golpes con la mano de pegar. Llora y grita un poco, trata de agarrarse de la supuesta mano de acariciar pero el cíclope la tiene ocupada en el asiento. Empujón “Salí de acá”. La nena vuelve a su posición inicial de resbale sincronizado, pero se aburre y empieza a caminar por el colectivo. “Pegále” le dice el cíclope a la de ocho, señalando con la mano de acariciar a la mocosa que pasea. La hermana obedece, no vaya a ser cosa que el cíclope cambie de mano; el que no da, cobra. Y soplamoco a mi amiga robot.

Acá hay llantos, algunos gritos, pero nunca silencio: entre unos y otros chistes malos seguidos de risas atronadoras. Estos hijos de puta son como un escape de gas gigante que inunda el colectivo, te miran de tanto en tanto, no vayas a decir algo, no vayas a callarlos, no vayas a decir “nolepegues”, acá en el 95 ramal uno la gente nunca estuvo tan piola un domingo. La de ocho ahora le agarra el pelo a la mamá, ni suave ni fuerte, tal vez el único modo de agarrar al cíclope. El colectivo, inoportuno, frena después de pasar la cárcel de Caseros, y la de 8 no llega a soltar el mechón. Y tira. La mano de pegar se levanta, tengo miedo, empuja fuerte “Te voy a romper la boca, la concha de tu hermana” la de ocho terror. Yo terror. Yo piola.
El cíclope me mira, yo ya tengo los ojos llenos de bronca.

Porque ahí estoy che, que llegando a la plaza del Muñiz, ya me levanté cinco veces con mi 45 cromada y le metí bala al cíclope. Las cinco veces dije frases distintas “bajáte la concha de tu madre que te lleno de plomo” y mientras se baja le doy por la espalda, “a ver si sos tan pilla ahora la puta que te parió”, y la lleno de sesos a la estudiante que va asustadísima en el asiento de la ventanilla. En todas me arrepentí de reventar al cíclope en el bondi, en todas terminé pegándole un tiro en el pie, en la mano, más de Rorschach onda “te voy a estar vigilando, gorda y concha de tu madre”.

Y de cada tiro que yo le metí en el viaje me despertó con ese golpe de cíclope que mueve todo el 95. Ramal 1. Que da tumbos. La gorda golpes. Con el pie POM POM POM. Tiembla todo. Yo igual me levanto, le meto plomo, pero un golpe seco de zapatilla y vuelvo atrás, y del asiento  a levantarme y meterle plomo, a despabilarme con otro POM. No aguanto más. Cinco veces. Yo no llego a cruzar el puente.  Y ya llegando a la confi que abre 24 horas me doy vuelta y ya estoy llorando. “Yo me quiero bajar”. Nahuel me mira desde ese asiento, más alto que el mío y antes de que yo termine la frase él sí. Él “sí yo también”. Es que no llego ni a Constitución.


Tomemos el 134,ya va a venir. El 134 que pasa por Salta y la gente está contenta porque va al baile. No me importa esperar. A mí tampoco. Te quiero mucho. Yo la cagaba a tiros, lo llené de bala al cíclope, Nahuel, la dejé sin mamá a la nena. Yo me imaginaba su casa. ¿de verdad? ¿su casa? No te entiendo. Yo solamente le reventaba la mano con una 45 cromada. Yo también te quiero mucho. ¿Qué arma usa la policía? Ya veo que usé la misma, y yo soy Anto, yo nunca seré policía de provincia ni de Capital. Pero pienso que era robada. Si era de la policía, si los policías usan 45, era robada, ya fue, no me voy a comer la cabeza. Yo no soy policía. Yo no soy tumbera tampoco. Yo nada más quiero reventarle las manos a los cíclopes, para que no puedan usar la mano de pegar nunca más.      

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